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14/09/2021

Lorde - Solar Power

En su tercer disco, la artista neozelandesa se inspira en el pop radial de principios de siglo para entregar su obra más desconcertante y carente de emoción.

Lorde alteró el curso del pop cuando, teniendo apenas 16 años, debutó una colección de himnos sobre apatía adolescente. Sus afirmaciones, tanto las líricas como las sonoras, estaban situadas en las antípodas estéticas de todo lo que entonces colonizaba la radio: la influencia de Guetta, la petulancia consumista, la deificación de la celebridad. Armada de un labial negro y una remera de Misfits, esta neozelandesa ofreció a las audiencias de 2013 un minimalismo que sirvió de analgésico frente a la fatiga que comenzaba a consensuarse alrededor de la EDM; y el hitazo global, “Royals”, terminó detonando su propia ola de imitaciones downtempo.

Esta teatralización de la indiferencia chic hizo que Melodrama (2017), el segundo disco de Lorde, fuese una obra tanto más inesperada. Proviniendo de alguien que ya había reiterado su aburrimiento en el verso inaugural de su ópera prima, Melodrama funcionó como una radiografía operática de desamor millennial. Fue una jugada riesgosa, pero tuvo éxito por la honestidad de sus intenciones, y aquí entró el segundo gran impacto de Lorde: de la mano de artistas como Frank Ocean, sentó las bases para una corriente de emocionalidad en el pop que, por un lado, hizo del mundo un lugar más receptivo a las ofensivas sensibles de Fiona Apple, Mitski y Taylor Swift; aunque por otro, consiguió que hasta el producto más neurotípico termine moralizando sobre salud mental en alguna de sus canciones.

Lorde en el video de "Solar Power" - Foto: YouTube

Por lo demás, la elocuencia sentimental de Melodrama logró que Lorde se convierta en receptáculo de una relación parasocial con su público. Un ejemplo menor pero ilustrativo de ese tratamiento mesiánico es la existencia de la cuenta twittera @didlorde, que desde 2019 se pregunta a diario si Ella Yelich-O’Connor sacó disco nuevo. Bueno, resulta que ahora sí publicó uno, un tercer álbum de estudio titulado Solar Power, y es desconcertante en múltiples niveles, empezando por su falta de materia emocional (“Forget all of the tears that you’ve cried, it’s over”, explicita) y extendiéndose hasta su forma, que es retromaníaca y absolutamente homogénea. Durante la mayor parte de Solar Power, la vaguedad de sus reverencias solares prevalece sobre lo verdaderamente sustancioso, y la voz que alguna vez se sintió generacional termina escuchándose genérica.

Promocionado como una incursión en el folk psicodélico de Topanga Canyon, la verdadera referencia de Solar Power está en el pop radial de principios de siglo (Jack Johnson, Nelly Furtado, Natasha Bedingfield), resultando en una primacía de guitarras muteadas sobre sus reconocibles sintetizadores e intervenciones electrónicas. Es un disco agresivamente sustractivo, ¿y cuáles son las implicancias de hacer uno así cuando tu mismo debut estuvo edificado íntegramente sobre teclados, percusión, voz y nada más? En este caso, variación escasa a lo largo de la secuencia; o bajo una óptica más optimista, una renuncia subversiva a su dinamismo característico.

Esto no quiere decir que la guitarra acústica sea hoy sinónimo de óxido (no hace falta ver más lejos que el éxito de las dos vocalistas invitadas, Phoebe Bridgers y Clairo, para constatar su eterna fiabilidad); pero sí que, ante la ausencia de pirotecnia de estudio, las canciones deben ser más contundentes en el frente de la composición para poder sostenerse solas. No es el caso, por ejemplo, en “The Man with the Axe”, quizás el tema más estéril que alguna vez apareció en un disco de Lorde: son cuatro versos y tres estribillos indistinguibles entre sí, hasta que el último decide arrastrarse y mutar un poco.

De todo esto no debe entenderse que Solar Power es un disco malo, porque no lo es en absoluto, pero sí es anodino para los parámetros imposibles de excelencia asociados a una artista que, con menos de veinte años, fue singularizada por David Bowie como “el futuro de la música”. Y que sea inofensivo no es atribuible a la co-producción de Jack Antonoff (sugerirlo sería negar la autoría de la mujer que escribió las canciones) ni tampoco a una conspiración masiva de querer ver a Lorde infeliz (el planeta entero decidió resucitar el hedonismo del disco en medio de una pandemia). Es una decisión creativa suya, de resultados alternantes.

Donde más resplandece Solar Power es en el trabajo armónico y vocal. Los fraseos melismáticos de “The Path”, una excelente canción a lo William Orbit, sacan provecho de la conocida sensibilidad melódica de Lorde. “Fallen Fruit”, otro punto alto, actualiza “Boys in the Trees” de Carly Simon con overdubs vocales y la inclusión de la única máquina de ritmos en todo el LP. Sin embargo, quizás los mejores momentos sean aquellos que portan emoción sincera: “Big Star”, una elegía a su perro donde Lorde, permitiéndose delicadeza, recupera su registro más grave; y “Stoned at the Nail Salon”, una balada a la manera de Lana Del Rey donde pondera sobre su lugar frente al avance de las nuevas estrellas precoces para la era TikTok (hasta hay una línea sobre superar los gustos de los dieciséis, Q.E.P.D. “Lover’s Spit”).

Contrariamente, los momentos de cinismo no aterrizan con el mismo impacto. “Mood Ring”, una presunta sátira a la cultura wellness, está enunciada de forma idéntica a, por ejemplo, su tributo literal a las playas neozelandesas en la canción homónima. Lorde promueve la idea de descentrarse, de correrse del yo para conectar con lo verdaderamente central, pero al presentarse elevada y juzgar a las rubias teñidas, termina posicionándose yoica desde otro lado. Hacer sátira requiere de compromiso, no se puede susurrar una broma; pero inclusive así, ¿vas a hacer sátira al tercer disco? ¿Alguien cree que “Shiny Happy People” sea la mejor canción de R.E.M.? A pesar de eso, hay que reconocer que la línea “let’s fly somewhere eastern, they’ll have what I need”, con su acompañamiento de sitar, no deja de ser graciosa; y las armonías panneadas son un gran detalle de producción.

Solar Power afirma ser, al mismo tiempo, una celebración del mundo natural, una oda al flower power pero que suena como los años 2000, también una sátira a la cultura influencer y además un comentario sobre el calentamiento global. Al igual que a Ícaro, acercarse mucho al sol terminó obnubilando un poco a Lorde.

Escuchá Solar Power de Lorde en plataformas de streaming (Spotify, Apple Music).