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    Mag: "La crisis me acompaña constantemente"

    Hablamos con la artista argentina sobre el universo sonoro y conceptual de 2001, su disco debut marcado por la convivencia de contrastes y una forma de pararse frente al desorden.
    De Juampa Barbero15/04/2026
    Mag
    Mag. Foto: Gentileza de prensa
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    Mag utiliza los escombros del rock y el metal para alimentar una maquinaria de hyperpop y techno profundamente humana. 2001, su disco debut, funciona como un ritual de pasaje en el que las guitarras viscerales y la síntesis digital convergen para darle forma a un sonido mutante, diseñado para habitar la tensión entre la nostalgia del origen y la aceleración del futuro.

    Desde el título, 2001 condensa una idea que la artista porteña viene arrastrando desde sus primeros pasos. No como un concepto cerrado, sino como una sensación persistente. “Hay algo de la crisis que me acompaña constantemente, porque siempre me siento internamente en crisis y también veo que a mi alrededor todo está en crisis”, cuenta en conversación con Indie Hoy. Esa percepción, atravesada tanto por lo personal como por el contexto argentino, se convierte en una marca identitaria: nacer en 2001 deja una huella, una forma de mirar y sentir el mundo.

    Lo particular es que esa idea no fue pensada desde el inicio como el eje del disco, más bien apareció en el camino. “Poder materializarlo en este disco pasó un poco sin querer”, dice. En lugar de construir un concepto previo, Mag fue encontrando sentido a medida que avanzaba el proceso. Esa lógica le permite al álbum moverse como un organismo vivo, donde las canciones no responden a una bajada predefinida sino a un recorrido emocional que se va revelando con el tiempo.

    En ese trayecto, 2001 empieza a acumular capas. Por un lado, lo generacional: crecer entre redes, ansiedad y una percepción constante de inestabilidad. Por otro, una dimensión más íntima, ligada a la necesidad de tomar una posición frente a ese estado. “En un principio era esto de sentirme en crisis, pero después también fue una manera de tomar las riendas de esa frustración, no estar en una posición pasiva y empezar a gritarle a eso. Como tener un ataque de histeria con eso”, explica. El disco funciona como una descarga, pero también como un punto de inflexión.

    Esa transformación se vuelve más evidente cuando Mag pone 2001 en relación con Verborragia, su EP antecesor. Si aquel trabajo operaba desde una catarsis más contenida y musicalmente más densa, 2001 desplaza la energía hacia otro lugar. “Los dos discos son catárticos, pero cambia la actitud con la que hacés esa catarsis. Verborragia yo lo veo mucho más solemne, y 2001 mucho más introspectivo que eso, incluso. Quería justamente tomar esa actitud de ‘me cansé de estar triste’”, señala. Y ahí aparece una clave del nuevo material: la decisión de apropiarse de esas emociones en lugar de quedar atrapada en ellas.

    Mag lo lleva a una imagen concreta: la del estallido social. “Es como algo que venía carburándose y de la nada explota todo”, explica, en un paralelo que conecta lo personal con lo histórico. La referencia al 2001 argentino no se queda en lo simbólico, sino que también recupera esa idea de ruptura colectiva, de un momento en el que todo se desborda y obliga a tomar una posición.

    Esa actitud atraviesa incluso la dimensión visual del disco. En la portada, la artista se ubica en medio del caos con una postura que mezcla distancia y desafío. “Es como un ‘yeah, whatever’, casi sin darle pelota”, dice. Más que indiferencia, lo que aparece es una forma de pararse frente al desorden: reconocerlo, habitarlo y, al mismo tiempo, decidir qué hacer con eso.

    Mag
    Mag. Foto: Gentileza de prensa

    El universo sonoro de 2001 nace de un proceso irregular, atravesado por búsquedas, fricciones y momentos de pausa. Después de Verborragia, Mag empezó a moverse con una inquietud concreta: ampliar el alcance de su música sin perder su forma de expresión. “Quería hacer algo más agradable y más fácil de mostrar, que llegue mejor, pero que siga siendo mío, porque a veces me escuchaba y pensaba que era muy de nicho”, cuenta. Esa tensión entre identidad y apertura termina funcionando como uno de los motores del disco.

    En el medio apareció un freno fuerte. La comparación con otros proyectos y ciertas expectativas externas la llevaron a un punto de desconexión con su propio material. “Veía figuras femeninas en lugares donde yo no me sentía cómoda y eso me bloqueó completamente. Quería algo más comercial, pero sabía que no iba por el lado de cantar con trajes de volados y lentejuelas”, dice. Durante ese tiempo, la música siguió presente a través de la producción para otros, pero su proyecto personal quedó suspendido en una especie de limbo emocional.

    El punto de quiebre llegó desde un lugar mínimo, casi casual. Una frase apareció mientras caminaba por la calle y activó algo que estaba latente. “Casi que me creí que vos te fuiste por un rato. Pensé que esta parte mala, que esta parte fea, que esta depresión se había ido. Qué ingenua por haber creído eso. Y, al mismo tiempo, llegué a mi casa y me imaginé la canción”, recuerda sobre el origen del tema homónimo del álbum.

    2001 se arma a partir de la convivencia de contrastes. Mag parte de una base que combina baterías digitales con una lógica de ejecución más orgánica, y a eso le suma capas de guitarras, bajo y texturas electrónicas. “De a poco fui encontrando la estética”, explica. El hilo que une a las canciones aparece menos en el género y más en las decisiones de producción: en cómo cada elemento dialoga dentro de un mismo lenguaje.

    Las referencias funcionan como un punto clave dentro de ese entramado. En el disco conviven guiños directos y climas más difusos que trazan un mapa personal de influencias. “‘Litigio’ es casi un tema de metal, tiene una interpolación de Megadeth, de ‘Dawn Patrol’”, cuenta. En paralelo, aparecen otros cruces: Slayyyter en el uso de sintetizadores, Rojuu en ciertas atmósferas, 100 Gecs en la textura digital de las guitarras, incluso una sensibilidad cercana al pop punk en canciones como “Cero es tres”, que ella misma asocia a “una Avril Lavigne más oscura”.

    Ese entramado de referencias no funciona como una cita decorativa, sino como parte de una identidad en construcción. Mag incorpora esos elementos de manera explícita, integrándolos a su propio lenguaje. “Me gusta asociar cosas que me marcaron y ponerlas directamente en el disco”, dice. En ese gesto aparece una forma de producción que se apoya tanto en la intuición como en la escucha.

    El resultado es un álbum que se mueve entre intensidades. Hay momentos que golpean de frente y otros que se sostienen en estructuras más reconocibles. “A veces lo escucho y siento que es una trompada, y otras digo que está bastante pop”, explica. Esa dualidad también se refleja en la forma: estribillos más marcados, la voz al frente en la mezcla, cierta búsqueda del hook sin perder filo. En ese equilibrio aparece una de las claves de 2001: una música que se expande sin ordenarse del todo, que convive con sus propias contradicciones y las convierte en lenguaje.

    El proceso creativo de Mag también está atravesado por una forma muy particular de trabajar las canciones: más intuitiva que estructural, más cercana a la urgencia que al cálculo. “Planteo una idea como me la imagino al cien por ciento y escupo toda la producción ahí”, cuenta. Ese primer impulso suele concentrar lo más potente del tema —a veces apenas cuarenta segundos— y después aparece el verdadero desafío: sostener esa intensidad en el desarrollo. Lo mismo sucede con la escritura: “Vomito una primera parte y después me cuesta avanzar”, dice, describiendo un método donde la emoción aparece primero y la construcción viene después.

    En ese recorrido, la voz implica otro territorio. Las canciones más cantadas, más cercanas a una sensibilidad pop, la enfrentan a un tipo distinto de exposición. “Me costó desarraigarme del cringe en esos temas”, reconoce. Hay algo en el grito que funciona como refugio, como una vía más directa para canalizar emociones, mientras que el canto abre un espacio más vulnerable, más íntimo. Esa tensión recorre buena parte del disco y termina definiendo su dinámica interna.

    Las colaboraciones terminan de expandir ese universo. Con Marttein, el cruce aparece desde una búsqueda compartida, casi en simultáneo. “Nos dimos cuenta de que estábamos yendo hacia algo parecido sin haberlo hablado antes”, cuenta sobre el proceso que derivó en “Bullicio”. Esa coincidencia —instrumentos orgánicos conviviendo con una lógica digital, una sensibilidad más abierta dentro de lo alternativo— termina consolidando una conexión que atraviesa el disco.

    En “Bullicio”, además, aparece uno de los núcleos más personales del álbum. La canción surge de una etapa marcada por el exceso y el desgaste emocional. “Me sentía súper agobiada y me daba cuenta de que no era amiga de nadie de las personas con las que hablaba”, dice Mag. El tema captura ese momento de saturación y distancia, cuando el vínculo con el entorno empieza a volverse difuso y la necesidad de correrse se vuelve inevitable.

    El encuentro con Juana Rozas, en cambio, se da desde otro lugar: una afinidad que aparece con el tiempo. Ambas venían de escenas distintas —una más soul y R&B— y terminan coincidiendo en una misma sensibilidad más visceral, menos rígida. “Nos encontramos en un lugar más libre, menos atado al virtuosismo”, explica. En ese cruce, la colaboración toma una dimensión conceptual: la voz de Juana encarna una especie de alter ego dentro del tema, una figura que tensiona y empuja el relato hacia un conflicto interno.

    Dentro del disco, algunas canciones funcionan como síntesis de todo ese recorrido. “Voy a reírrr”, por ejemplo, aparece como un cierre emocional. “Es el tema que para mí representa lo que quiero que te quede del disco”, dice Mag. Ahí el tono se vuelve más irónico, más liviano en apariencia, pero igual de filoso. La frase “gente con hambre y yo cantándole a mi ex” condensa ese gesto: una mirada que reconoce el drama y, al mismo tiempo, lo desarma.

    Mag
    Mag. Foto: Gentileza de prensa

    En ese proceso también aparecen nuevas referencias que reconfiguran su forma de pensar la música. La influencia de Amyl and the Sniffers, por ejemplo, fue clave en este disco. “La vi y me volvió loca, no me pasaba hace mucho sentir eso”, cuenta. Esa energía, esa actitud más directa y despojada, se vuelve un punto de identificación que impacta tanto en lo sonoro como en lo performático.

    A eso se suman otras figuras que empiezan a ocupar un lugar importante dentro de su imaginario: Bikini Kill, Blanco Teta, Dum Chica. “Me emociona ver chabonas rockeras, hay algo político en ver a una mujer gritando”, dice. Más que una referencia estética, se trata de una toma de posición: una forma de habitar la música desde otro cuerpo, otra energía, otra presencia.

    En paralelo, su rol como productora le abre otro tipo de libertad. Trabajar con otros artistas le permite correrse de sus propias exigencias y jugar desde otro lugar. “Cuando no estás pensando en tu proyecto es más fácil tirar ideas, no está el ego ni el cringe”, explica. Esa experiencia también impacta en su propio material, especialmente en la incorporación de elementos más ligados al pop, como en el álbum que realizó con Vera Frod, titulado La reina de la noche (2023).

    El costado visual del proyecto también forma parte de esa construcción. Los videoclips, dirigidos por su hermano Tebo, funcionan como una extensión directa del universo del disco. “Quería acción física, salir de esa cosa más pasiva”, dice sobre la búsqueda estética. Desde entrenamientos de boxeo para un videoclip hasta narrativas más oscuras y personales, la imagen aparece como otro espacio donde procesar lo que las canciones ya activan.

    En ese entramado, 2001 se erige como un espacio donde proceso, identidad y transformación conviven en un mismo pulso, con una intensidad que atraviesa tanto el sonido como todo lo que lo rodea. Mag hace que la fricción entre géneros funcione como una respuesta física al agotamiento de las etiquetas, dando forma a una obra que no busca encajar, sino desbordar. Es el registro de una artista que recupera la iniciativa frente al ruido externo, una muestra de que la vanguardia más incendiara hoy es aquella que se atreve a ser tan vulnerable como violenta.

    Escuchá 2001 en plataformas (Spotify, Tidal).

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