Lo que empezó como una batalla en una plaza hoy se transformó en un movimiento más que establecido. Trueno representa a una generación que entendió que el rap también puede ser identidad y futuro. Sus letras construyen una narrativa que no busca escapar del origen, sino expandirlo: de La Boca al mundo, con el micrófono en alto. Un año después de haber llenado Ferro con El último baile (2024), va a volver al estadio el 11 de diciembre con la edición deluxe: “El disco representa los primeros 50 años de la cultura hip-hip que pasaron y el deluxe marca los segundos 50 años que van a venir”, dice en conversación con Indie Hoy.
Hay una calma en su voz, una madurez que se mezcla con la energía de quien sigue encontrando sentido en la misma llama que lo encendió. Cuando habla del nuevo show, suena entusiasmado, pero también consciente del camino recorrido. “Qué bueno para los que hayan vivido el show anterior, porque siento que es muy parecido, pero también muy diferente en lo que me genera a mí, que es lo que después se le transmite a la gente. El primer Ferro, que fue mi primer estadio, tenía como esa energía de un show de rap argentino llenando un estadio, algo que no había pasado nunca. Fue un flash súper sarpado”.
La historia del rap argentino se sigue escribiendo y Trueno lo sabe. Desde el escenario de Ferro, la celebración se transforma en declaración de principios: seguir representando una cultura que no se detiene. “Después de un año con una vorágine re loca por lo que pasó con El último baile, con ‘Real Gangsta Love’, con lo que pasó afuera… fue hermoso. Este Ferro también va a tener ese concepto, pero ya desde otro lugar, le abre la puerta a los segundos 50 años que van a pasar”.
Trueno convirtió El último baile en una ceremonia de respeto y vanguardia. Los beats golpean como latidos y las rimas trazan un puente entre el Bronx y Buenos Aires. Cada tema celebra la génesis del hip hop y la empuja hacia un futuro latinoamericano. Hay groove, hay mensaje y hay memoria: un manifiesto hecho de ritmo y pertenencia.
“Siento que fue el disco que más gente acercó, con un concepto que fue demasiado íntimo. También fue hecho con el fin de hacer que la gente disfrute, con el fin de pasar algo un poco más positivo y más desde la celebración, después de un álbum [Bien o mal, 2022] de mucha protesta y mucho mensaje social. Quise hacer ese contraste adrede, para que la gente también sepa que este es un proyecto cambiante”.
Ese cambio que describe se siente también en su relación con la gente. Las canciones viajaron más lejos que nunca, pero lo hicieron sin perder su esencia. “Fue un disco que también impulsó mucho a los dos anteriores como para que entendieran y disfrutaran El último baile. Tenés que entender también por qué pasó Bien o mal. Entonces fue como... no te quiero decir como la copa más grande que ganamos, pero sí se sintió como esa energía de ‘¡Guau! Esto llegó a muchísima gente’. La bandera argentina llegó a un montón de lugares. El rap latino llegó a un montón de lugares y fue muy flashero”.

La edición deluxe se volvió una forma de cerrar el círculo y abrir otro. Las nuevas canciones habían quedado afuera de El último baile por una cuestión de tiempo, algunos de los cuales los fue haciendo en la gira de 2024. “Sentía que me había quedado con ganas de algunos géneros del hip hop, como el Drill y el West Coast en ‘Grandmaster’, o el Detroit en ‘Fresh’; o sumar a un DJ en el disco, como lo hicimos con Premiere en el último tema, ‘344’. Con el Deluxe se terminó de conformar todo, y encima me dio la oportunidad de dividir el concepto de El último baile en los primeros 50 años y en los segundos 50 que queremos plantear. Y quedó perfecto”.
Esa construcción conceptual es parte de lo que distingue a Trueno. Sus discos funcionan como capítulos de una misma historia: cada uno con su tono, su respiración, su estética. Y también con una mirada que vuelve al origen. “Viste cómo es: la reivindicación al guachín, al soñador”, dice con una sonrisa que se siente incluso a través de la pantalla.
El último baile se convirtió, en cierto modo, en un diálogo con ese chico que veía videos en MTV durante los 2000 y descubría artistas como Eminem, 50 Cent , Nelly o Dr. Dre. “Siento que El último baile también es el disco que ese guachín hubiese escuchado. Es literalmente lo que yo escuchaba de guachín, el estilo de rap que a mí me llega. Hay muchos estilos de rap: el más consciente, más oscuro, más rápido, más lento… y siempre a mí me representó el rap con arreglos de rap, que es mucho más para bailar, para disfrutar desde la diversión, desde la celebración”.

En su carrera, Atrevido ocupa un lugar especial. No solo porque fue su primer disco, sino porque marcó el momento en que todo lo que había vivido se transformó en obra. Fue una fotografía del inicio, un retrato de la identidad en construcción. “Siento que es un poco mi biografía”, dice. “El traspaso de todo lo que la gente ya un poco sabía de mí por el free, por lo que representaba mi viejo [MC Peligro], mi barrio, el mensaje de orgullo de La Boca… Atrevido fue como meterme en una cabina a vomitar todo eso”.
Lo dice con la tranquilidad de quien ya entendió su propio recorrido. “Después de sacar Atrevido me sentí medio en pelotas. Como decir: 'ya está, dije todo lo que me pasó en mi vida hasta ahora'”. A partir de ahí comenzó otra etapa: una búsqueda más amplia, guiada por la curiosidad y la gratitud. “Dio el pie para buscar nuevos horizontes, nuevas inspiraciones, entender que quiero homenajear cosas en la música, dedicárselas a momentos o cosas que me criaron”. Y con esa misma claridad agrega: “Siempre digo: cuando pasen los discos y los años, para entender qué es el Proyecto Trueno, quién soy yo, van a tener que volver a Atrevido para entender todo lo que pasó después”.
Ese “después” llegó con Bien o mal, un disco que abrió una nueva puerta estética y conceptual. “Ahí nos encontramos con Bryan Taylor, que tiene un concepto muy propio de la música. Él es ingeniero de grabación, toca la viola, y nos encontramos mucho más allá de lo digital que estábamos acostumbrados a hacer”. Taylor le propuso ese nuevo estilo anclado en el sonido latinoamericano y Trueno lo tomó con gusto. “Desde mi lado personal, empecé a viajar más, a conocer Latinoamérica, a sentirme más interiorizado en lo que es mi raza, en mostrar Argentina para el mundo. Se terminó dando este disco más nativo, con un fin de hacer algo urbano como lo que era Atrevido, pero mezclado con el folclore argentino. Y se generó esa mezcla loca”. Así, entre la calle y la raíz, Bien o mal amplió su espectro y confirmó algo esencial: que el rap también puede hablar en idioma argentino.
“Sentirme acompañado es lo más lindo”, dice Trueno, cuando el tema se vuelve hacia la argentinidad que atraviesa su obra. “Nunca me olvido que éramos re pocos, que era algo que se veía súper lejano. Ya el simple hecho de tocar, ver a uno que hacía canciones en un evento, era un flash. Y hoy cruzar el charco, representar, hacer una colaboración con Gorillaz o tocar en un estadio me hace sentir ese orgullo. Porque a donde vaya, va Argentina, va La Boca, va mi viejo, va todo lo que me formó. Yo vengo de ahí.”
Esa forma de representar no es pose, es gratitud. Trueno lo traduce en una especie de trilogía identitaria. “En mi primer disco representé mi barrio; en el segundo, mi país; y en el tercero, mi movimiento. Básicamente, agradecerle a lo que me formó en mi vida.”
Muchos recuerdan aquella edición del Quilmes Rock en la que Gorillaz invitó a Trueno a subir al escenario para improvisar un freestyle en pleno “Clint Eastwood”. Aquella aparición fue el inicio de un lazo artístico que más tarde se consolidaría con “The Manifesto”, la colaboración que formará parte del próximo álbum de la banda comandada por Damon Albarn. Una canción que habla sobre la muerte, la fe y el paso del tiempo, bajo un ritmo denso, casi ceremonial, donde los beats parecen respirar y cada instrumento suena como si viniera de un país distinto. Trueno le da cuerpo a lo etéreo, Albarn lo convierte en plegaria y Proof lo vuelve recuerdo: un viaje entre lo espiritual y lo terrenal que suena tan íntimo como universal.
Cuando habla de su tema con Gorillaz, la emoción se mezcla con la memoria colectiva. “Significa un montón para mí, también fue una banda que marcó a mi viejo, a mi vieja, a mi familia. Yo me crié poniendo la tele y viendo las animaciones de ellos, flasheando con esa locura de la primera banda que no se le veía la cara. Conceptualmente marcaron a toda una generación.” Y ahí, otra vez, el respeto. “Siempre recalco la humildad. Fijate, después de más de 30 años de carrera, ver a un pibe de Argentina que hace otro género, y darle ese espacio… me dejaron hacer lo que quería con la canción. Siete minutos de tema, verso, estribillo. Ese respeto es el premio más grande que puedo tener, me llena el alma.”
Hablando de respeto, hace poco se viralizó la foto de Trueno entregando su disco a Charly García, un gesto que condensa generaciones y estilos. “Fue muy emocionante. Verlo en persona es fuerte: alguien que nos marcó a todos, desde lo artístico hasta el nivel de conciencia. En su momento fue de los que más se plantó contra la dictadura. Es un poco nuestro Maradona de la música”. En ese encuentro, el intercambio se volvió símbolo. “Él me hizo llegar un vinilo personalmente de su disco. Traté de devolvérselo llevándole el mío para que estemos 1 a 1. Compartir, agradecerle, contarle las referencias que tomo de él”.
Su carrera sigue sumando capítulos insólitos, como el show sinfónico en el Teatro Coliseo, una propuesta que trajo Red Bull. Trueno lo cuenta con la sorpresa intacta: “Volver a Red Bull después de haber competido, de haber ganado, de que haya sido mi mayor meta como freestyler, y ahora volver con tres discos afuera… fue un círculo hermoso”. El show sinfónico requirió 53 personas, un director de orquesta y la propia banda de Trueno: “Fue zarpado. Es algo que abre una puerta para que otros artistas puedan ver eso y animarse a hacerlo”.

Para muchos pibes, Trueno no es solo un referente: es la prueba de que se puede. ”Yo simplemente le mandé para adelante, fui dedicado y le hice caso a mi pasión. No me tocó ninguna varita, ni hice ningún truco. Soy un pibe de un barrio que se la rebuscó desde lo underground. Llegamos hasta acá por el pulmón que le pusimos”, dice. Su historia, desde las plazas hasta los grandes escenarios, abraza a una generación que creció viendo al freestyle transformarse en parte de la cultura mainstream: “Los guachines de La Boca siempre vimos a Riquelme y queríamos agarrar la pelota y llenar la Bombonera. Ahora, que vean que se puede agarrar un micrófono, que hay otro camino, otro propósito”.
No se trata de haber llegado, sino de seguir empujando una historia que empezó en la esquina y hoy suena en todo el mundo. Trueno representa una generación que entendió que el hip hop también puede ser raíz, homenaje y comunidad. Y que cada canción, cada escenario, cada gesto, vuelve a ese mismo punto de partida: la fe inquebrantable en el poder del barrio y la palabra.











