Había pasado casi nada desde Cromañón, pero La Plata se las había arreglado para convertirse en un refugio joven casi ideal. En medio de políticas municipales siempre restrictivas, un kirchnerismo que atravesaba tiempos de economía favorable y la sobreinformación de una incipiente hiperconectividad, la ciudad universitaria era el foco de actividad musical más importante del interior del país, con cientos de bandas abriéndose espacio a la fuerza en casas, clubes, bares y centros culturales. Era 2008 y El Mató editaba Día de los muertos como fin de su trilogía de principios de siglo, pero, llamativamente, esa pieza que representaba el Apocalipsis y el fin de los tiempos, estaba iluminando una de las primaveras más importantes que haya experimentado la música de ese territorio con forma de cuadrado perfecto.

La banda que terminó representando todo ese movimiento de fines de la década pasada fue El Mató, por haber logrado proyección internacional con una traducción local del movimiento de rock independiente norteamericano de finales de los ’80 y principios de los ’90 -generando detrás de sí una larga fila de bandas que repetía sus recursos e inflexiones-, por haber llevado con éxito la independencia de los Redondos al siglo XXI, y por ser el núcleo de Laptra, un colectivo emblema para la música de esta era junto a bandas como 107 Faunos, Japón, Koyi y Javi Punga. Pero a su alrededor había toda una escena en expansión a través de un puñado de sellos que aglutinaban lo más atractivo del momento: desde el perfil más experimentado de Cala Discos, integrado por bandas de músicos con recorrido como normA, Mostruo! y Villelisa; pasando por Mandarinas Records, con La Patrulla Espacial, Sr. Tomate y Shaman Herrera; Concepto Cero, el nodo de operaciones del gestor y productor Nicolás Madoery; hasta Uf Caruf!, un colectivo de artistas que representaba a varios cantautores (Miro y su fabulosa orquesta de juguete, Pablo Matías Vidal, Lautaro Barceló, Laura Citarella, Sebastián Coronel). Además, bandas como Crema del cielo, The Falcons, Encías Sangrantes, La Flower Power, Camión, Pérez y Güacho circulaban de modo satelital, con varios de los mejores discos de la época.

El mató a un policía motorizado en Festi Laptra – Foto: Melanie Guil

En este periodo, la escena under de La Plata -como nunca antes en su historia- se convertía en autosuficiente: tenía sus propios medios periodísticos especializados, estudios de calidad, productores reputados, festivales. Pura Vida se posicionó como su centro emblema y símbolo de autonomía: un local que había cortado con el pagar para tocar, dándole impulso al circuito y sirviendo de plataforma de despegue para bandas jóvenes como Peces Raros, Un Planeta (la cabeza del sello Dice Discos, la última usina joven más movediza de la ciudad), Tototomás, Bautista Viajando y Fus Delei, entre tantas.

Shaman Herrera en Teatro Xirgu – Foto: Dana Ogar
The Hojas Secas en Pura Vida – Foto: Gody Mex

En medio de fuertes golpes para su cotidiano -las sucesivas clausuras de locales y centros culturales, la brutal inundación del 2 de abril de 2013 y las muertes de exponentes como Ciudadano Toto, Alorsa y Caio Armut-, la última década del rock de La Plata guarda el mayor caudal de obra de su historia y también varios de sus mejores discos. Para una ciudad que siempre se midió con su propio pasado (ahí están Virus y Los Redondos, pero también de emblemas under como Mister América o Las Canoplas), eso es mucho.

Pérez en El Emergente de Almagro – Foto: Abe Prieto

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