A fines de los años 70, Pink Floyd era una de las bandas más grandes del mundo. The Dark Side of the Moon seguía vendiéndose con cifras extraordinarias y el grupo había alcanzado esa dimensión de fenómeno cultural que pocas veces se repite con otras bandas. Paradójicamente, esa misma magnitud los incomodaba.
Roger Waters, el motor creativo del grupo, canalizó esa incomodidad en The Wall (1979), un disco conceptual que narra la historia de una estrella de rock que se va encerrando en sí misma, levantando un muro entre ella y el mundo. La obra tomaba elementos de su propia experiencia en la música y de la de Syd Barrett, el fundador de la banda que había perdido la razón y quedado afuera cuando el éxito llegó. La culpa por esa ausencia perseguía a Waters.
Llevar semejante propuesta al vivo no era cuestión de simplemente subir al escenario y tocar los temas. The Wall necesitaba una puesta en escena que pusiera en cuestión la naturaleza misma del espectáculo. La gira, una de las más costosas y elaboradas de la época, culminaba cada noche con la construcción (y posterior derrumbe) de un muro en el escenario.
La sorpresa del show
Una de las mayores sorpresas del show aparecía al principio. Cuando las luces bajaban y arrancaban los primeros acordes de "In the Flesh", el público descubría que los músicos en el escenario no eran los miembros de Pink Floyd. En su lugar, un grupo de sustitutos interpretaba el tema, vistiendo máscaras con los rostros de cada integrante de la banda. Eran réplicas grotescas, de Waters, David Gilmour, Nick Mason y Richard Wright.
Algunos de esos músicos sustitutos tuvieron luego vínculos con el universo Floyd. Snowy White, por ejemplo, fue reemplazado en algunos shows posteriores por el propio Gilmour. Y cuando Waters revivió The Wall en Berlín en 1990, convocó a los Scorpions para cumplir ese mismo rol de banda sustituta en la apertura, cerrando el círculo de manera casi programática.









