Roger Waters no nació siendo compositor. Cuando asumió el liderazgo de Pink Floyd después de la salida de Syd Barrett, la distancia entre sus ambiciones y sus capacidades creativas era evidente. Fue un proceso largo el que lo llevó a encontrar la voz del grupo, la cual terminaría de cristalizar en piezas como Echoes o The Dark Side of The Moon.
En ese camino de formación, los Beatles ocuparon un lugar central. Como ocurrió con prácticamente toda una generación de músicos británicos, el cuarteto de Liverpool fue para Waters la demostración de que el rock and roll podía aspirar a algo mucho más grande y complejo. Discos como Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band lo demostraban.
Lo que Waters admiraba de los Beatles no era la técnica, sino la voluntad de ensanchar los límites del género. Sin embargo, a diferencia de bandas como King Crimson, Waters encontró en el trabajo de John Lennon y Paul McCartney un modelo diferente, el de una arquitectura casi emocional, visible en las texturas de Abbey Road o en la irregularidad de The White Album.

Lennon, el Beatle que más lo representaba
Con el tiempo, y pese a haber quedado decepcionado al conocerlo en persona durante las sesiones del primer álbum de Floyd en los estudios Abbey Road, Waters reconoció que era Lennon quien más se acercaba a lo que él mismo buscaba.
"Siempre sentí una afinidad con John Lennon en su atormentada búsqueda del significado de la vida, el amor y la verdad", declaró Waters en una entrevista con Word Magazine en octubre de 2005, añadiendo: "Todos tenemos a nuestro Beatle favorito, pero hicieran lo que hicieran, lo hicieron juntos".
Esa última frase resulta clave. Waters no reniega del espíritu colectivo de los Beatles ("Nunca sabremos quién hizo qué en The Beatles porque no estuvimos ahí", dijo), pero sí traza una línea de continuidad entre la trayectoria solista de Lennon y su propia evolución artística. Discos como Plastic Ono Band anticipan el carácter de obras como The Wall.









