Hay un disco en la discografía de Foo Fighters que Dave Grohl preferiría no recordar. No porque haya pasado desapercibido —vendió cerca de cuatro millones de copias—, sino precisamente por todo lo que la banda tuvo que atravesar para darle vida: meses de grabaciones fallidas, un millón de dólares desperdiciados en el estudio, una profunda crisis creativa y una tragedia personal que estuvo a punto de desintegrar al grupo. Ese álbum es One by One, publicado en 2002.
Cuando Foo Fighters nació de las cenizas de Nirvana, ni siquiera era una banda en el sentido estricto; se trataba del proyecto personal de Grohl para procesar el duelo por la muerte de Kurt Cobain y demostrarse a sí mismo que podía componer canciones en solitario. Lo que siguió superó cualquier expectativa, y para comienzos de los años 2000, el proyecto ya parecía invencible. Pero el peso de esa expectativa terminó jugando en su contra: la producción de su cuarto álbum se extendió durante meses y consumió recursos enormes sin que el resultado convenciera a su propio autor.

Tres meses y un millón de dólares a la basura
Las sesiones comenzaron en octubre de 2001. Con el objetivo de registrar "el gran disco de rock", la banda se concentró tanto en los detalles de producción que terminó perdiendo su esencia. "Después de unos tres meses y medio, me di cuenta de que no sonaba a nosotros", reconoció Grohl en una entrevista con Billboard. "No sonaba como la banda en vivo. No se sentía bien. La espontaneidad y la energía tienen mucho que ver con el rock, y este tipo de álbumes no deberían tardar tanto en hacerse". Ante este panorama, Grohl decidió frenar las sesiones.
Aunque ya se había gastado un millón de dólares y el material acumulado no lo convencía, la presión comercial seguía latente: la banda era sumamente popular y el trabajo vendería de todas formas. Sin embargo, esa lógica puramente corporativa no era suficiente para él. Y así llegó el punto de inflexión: Josh Homme lo invitó a tocar la batería en Songs for the Deaf, el disco que Queens of the Stone Age publicaría ese mismo año. Esa experiencia funcionó como el reseteo creativo que Grohl tanto necesitaba.
Lo que hace aún más comprensible el estado anímico de Grohl durante ese período es lo que ocurrió en paralelo: Taylor Hawkins, baterista y uno de sus mejores amigos, había sufrido una sobredosis en Londres que lo mantuvo en coma durante dos semanas. Teniendo en cuenta el traumático pasado de Dave con Kurt Cobain, el aire dentro del grupo se enrareció por completo y los Foo Fighters quedaron en una pausa indefinida.

Una decisión drástica
Cuando Grohl finalmente se sintió listo para retomar el proyecto, tomó una decisión drástica: descartó todo el material grabado hasta el momento y prefirió empezar absolutamente de cero. Convocó a Hawkins a su estudio Studio 606 en Virginia para registrar las bases y, en apenas dos semanas, la banda completa terminó de dar forma a las nuevas versiones.
One by One llegó a las disquerías impulsado por los sencillos "All My Life" y "Times Like These", ambos convertidos en clásicos instantáneos del rock del nuevo milenio. Al final, la recepción crítica fue sumamente positiva y las ventas acompañaron el regreso.
Sin embargo, tres años después, Grohl se mostró sumamente crítico con el resultado en una entrevista con Rolling Stone: "Estaba muy enojado conmigo mismo por el último álbum. Cuatro canciones eran buenas, y las otras siete no las volví a tocar en mi vida. Nos apuramos para entrar al estudio y nos apuramos para salir", confesó. A pesar de esa época oscura, la banda logró recuperarse. En 2005 publicaron In Your Honor, considerado uno de sus mejores trabajos.









