Dave Grohl construyó su nombre en los años 90 tanto detrás como delante de la batería. Primero se encargó del instrumento en Nirvana, una de las bandas que definieron el grunge y cambiaron la música popular para siempre.
Después de la muerte de Kurt Cobain y de la disolución del trío, el artista fundó y se convirtió en el frontman de Foo Fighters, que llegó justo cuando el grunge empezaba a desvanecerse y el rock necesitaba encontrar un nuevo rumbo. Ese contexto explica por qué Grohl terminó teniendo una opinión muy formada sobre lo que vino después: el nu-metal.
El género, que dominó buena parte del rock de finales de los 90 y principios de los 2000 con bandas como Limp Bizkit, Papa Roach y Korn a la cabeza, era para Grohl una versión empobrecida de lo que el rock podía ser. De hecho, una vez hizo una crítica que no fue ni personal ni caprichosa, sino musical y concreta.
En una entrevista con Kerrang!, Grohl admitió:
”A finales de los 90, el nu-metal se había vuelto enorme con Korn y Limp Bizkit, ¡así que la dinámica del rock popular se había vuelto primitiva! Pensé: ‘Vamos a escribir algunas canciones. ¡Estoy harto de gritar y de mi pedal de distorsión!’. Así que ese álbum [There Is Nothing Left to Lose] es un disco muy limpio y se basa totalmente en la melodía. Las letras trataban sobre simplemente adaptarse a la siguiente etapa de la vida, ese lugar donde puedes relajarte después de tantas locuras en los últimos tres años”.
Para Grohl, que había crecido escuchando a Led Zeppelin y tocando punk antes de llegar al grunge, el nu-metal representaba una simplificación que iba en la dirección equivocada. El grunge también podía ser crudo y directo, pero tenía melodía y algo que decir, mientras que el nu-metal, en su versión más comercial, parecía haber descartado todo eso en favor del impacto inmediato.









