Glyn Johns es uno de los ingenieros de sonido más importantes en la historia del rock. Desde que comenzó su carrera, trabajó con The Rolling Stones en prácticamente toda su era clásica, desde December's Children (And Everybody's) hasta Exile on Main St., pasando por Beggars Banquet, Let It Bleed y Sticky Fingers, entre otros.
Sin embargo, en la autobiografía de Keith Richards, Life, el guitarrista apenas lo menciona dos veces en 600 páginas, y en ninguna de ellas con demasiado afecto. Por eso, Johns tuvo la oportunidad de dar su propia versión en Sound Man, su libro de memorias publicado en 2014.
Allí describió con bastante precisión cómo era trabajar codo a codo con ellos:
"Una sesión habitual con los Stones comenzaba a las ocho de la noche. Yo llegaba al estudio cerca de las 7:15 e, invariablemente, encontraba a Charlie [Watts] esperando pacientemente en la sala de control. Unos minutos después se unía Bill [Wyman], ambos puntuales como un reloj, siempre listos para tocar a la hora acordada. Mick [Jagger] y Brian [Jones] llegaban alrededor de las ocho, y después era cuestión de esperar a Keith. Este retraso podía ser de media hora o hasta las seis de la mañana. Nadie decía nada, sabiendo que era inútil y aceptando eso como el estado normal de las cosas".
El problema de Johns no era solo la impuntualidad de Richards. En una entrevista con Rick Beato, recordó que, una vez que finalmente aparecía en el estudio, tampoco compensaba el tiempo perdido; al contrario: podía quedarse horas, y hasta días, trabajando sobre la misma progresión de acordes sin avanzar, sin dar información sobre cuánto faltaba ni mostrar intención de apurarse. "Keith raramente me hablaba. La única vez que lo hacía era, probablemente, para criticar lo que yo estaba haciendo", comentó.









