Aunque Joni Mitchell es ampliamente considerada una de las cantautoras más influyentes de la historia reciente de la música, su gusto siempre fue muy personal y se basó más en la profundidad del arte que en el virtuosismo de quienes interpretan las canciones. Desde sus inicios en la escena folk de los años 60 hasta la fecha, la canadiense no solo se encargó de reinventar su propio sonido en diversas oportunidades, sino que también estableció sus criterios con respecto a aquello que la emociona y lo que, por el contrario, le resulta difícil de apreciar.
Si bien Joni admiró profundamente a muchos músicos a lo largo de los años, especialmente a aquellos que lograron la amalgama perfecta entre emoción e innovación, su evaluación final no siempre fue favorable hacia todas las leyendas. Tal fue la suerte que le tocó a John Coltrane, uno de los máximos referentes del jazz de todos los tiempos. En una entrevista con Mojo allá por 1998, Mitchell, quien también se dedica a la pintura, habló sobre sus influencias en el arte y aseguró: “Es curioso, como pintora tengo tantos ídolos. Pero como música me gustan uno o dos de cada grupo y luego no me gustan los demás”.
“Por ejemplo, no me gusta John Coltrane. Mucha gente piensa que es el mejor. Coltrane me parece como si estuviera bajo los efectos del Valium. De Charlie Parker, veo su grandeza. También está Wayne Shorter, que es un genio. Es un descendiente de Trane, pero tiene mucha más amplitud, misticismo, ingenio, pasión y todo. Así que, para mí, Coltrane es una especie de punto de partida para Wayne”, dijo sin pelos en la lengua.
Al soltar esas palabras, Mitchell admitió que tiene “opiniones firmes y peculiares sobre temas que resultan bastante controvertidos”. “Como pintora, admiro mucho. Y fue difícil, como con la música, sintetizar los muchos estilos que me gustan. En la escuela de arte me criticaron por pintar en dos o tres escuelas a la vez. La música se integra mejor que la pintura de inmediato. Terminé como sin país, ¡musicalmente hablando!”, sentenció.









