El furor actual por los vinilos no se explica solamente por la nostalgia ni por el coleccionismo. Las ventas a nivel mundial se incrementaron considerablemente en los últimos años, y el formato sigue expandiéndose con nuevas variantes. Junto a eso, el placer de tener el objeto físico, con su peso, su textura e incluso su olor característico, forma parte central de la experiencia.
Algunos artistas decidieron ir más lejos, experimentando con los materiales mismos del disco. A lo largo de los años hubo vinilos de madera, de hielo y hasta de chocolate (estos últimos pensados para ser comidos después de la escucha), cada uno empujando los límites de lo que se espera del formato. En esa línea llegaron también los vinilos perfumados, aunque el camino hasta dar con uno que funcionara no fue inmediato.
En 1979, Stevie Wonder lanzó Journey Through The Secret Life of Plants con una leve fragancia floral que imitaba el olor a rosa. La experiencia tuvo que interrumpirse cuando se constató que el perfume afectaba negativamente la calidad del audio, demostrando que impregnar un disco con una fragancia requería algo más que buenas intenciones.

Madonna resolvió el problema
Diez años después, Madonna resolvió el problema. Las primeras ediciones de Like a Prayer (1989) salieron a la venta perfumadas con incienso y pachulí, una decisión tomada para reforzar los temas religiosos del disco: la cantante quería que el oyente sintiera que estaba dentro de una iglesia mientras lo escuchaba.
Al día de hoy, algunos ejemplares de aquella edición supuestamente conservan rastros de la fragancia original, aunque los testimonios varían. Hay quienes dicen que el olor se esfumó con el paso del tiempo y quienes aseguran que el disco todavía mantiene la fragancia.









