A lo largo de su carrera, David Bowie se caracterizó por ser una suerte de camaleón musical, de esos artistas capaces de absorber influencias de los géneros más diversos para reinventar su propio sonido. Aunque sus raíces estaban en el rock, el británico siempre mantuvo sus oídos abiertos a lo que sucedía en la cultura contemporánea y a comienzos del nuevo milenio manifestó públicamente su gusto por el hip-hop.
En una entrevista, el Duque Blanco comentó: “Creo que la generación blanca maduró y ahora forma parte de la administración, quienes nos trajeron el rock and roll en su forma blanca. Creo que la calidad y la importancia del mensaje social se trasladaron fundamentalmente al mercado negro e hispano. Es de ahí que proviene la nueva fuerza de la música. La música negra tiene un fuerte mensaje social que transmitir. Hay una forma de descubrimiento y un propósito”.
Entre los tantos referentes del género que había a comienzos de los 2000, Bowie destacó a una: Missy Elliott, la cuatro veces ganadora del Grammy que logró convertirse en toda una referencia dentro del rap. Refiriéndose a su disco de 2003,This Is Not A Test!, Bowie dijo: "No se puede criticar el trabajo de Missy. Hay logros técnicos asombrosos en ese álbum y los ritmos son una locura. Ella es realmente fantástica”.
“Siento un gran respeto por lo que hace. Mi mundo es mucho más ambiental y un poco más verboso, pero de una manera diferente. Siempre hay una otredad en la música que me atrae", agregó la leyenda inglesa. Elliott no fue la única rapera que logró impresionar a Bowie, sino que Kendrick Lamar también hizo lo propio y fue una de las grandes influencias de David durante la concepción de su álbum final, Blackstar (2016). Según reveló Tony Visconti, su productor y colaborador histórico, el artista de Compton fue la chispa que ayudó a definir la dirección sonora de ese disco.









