Esta semana se celebran las tres décadas de Doolittle, un disco de vital importancia para toda la música alternativa y, para muchos, el mejor disco de la banda estadounidense. 30 años después de su primer vistazo a la luz, Doolittle sigue simbolizando el lado oscuro de los Pixies, en cuanto al misterio que emana su sonido crudo y embroncado, como si encriptara un mensaje difícil de comprender. Hasta el día de hoy y por mucho tiempo más, Doolittle seguirá siendo un enigma. Compuesto por un puñado de canciones ácidas, Doolittle es un viaje a toda velocidad contra una pared, un empujón destructor.

La banda ya había transitado el sendero de Surfer Rosa en 1988 y se posicionó como aquella extrañeza que, a un costado, iba a encender la mecha de algo que prometía estallar en su segunda entrega. Con la necesidad de desacomodarse del éxito del single «Where is My Mind?», Pixies fue por mucho más. Si su primer éxito pasaba por un aspecto reflexivo tras enfrentar el abismo, en Doolittle se dejaron caer al vacío sin importar las consecuencias. En esa misma época los Pixies se volverían poderosas influencias de mentes asombrosas. Thom Yorke dijo que cuando estaba en la universidad los Pixies cambiaron su vida. Los alaridos de la garganta poderosa de Black Francis también llegaron a los oídos de Kurt Cobain, quien aseguró estar imitando a los Pixies mientras grababa el himno generacional de «Smells Like Teen Spirit».

Pixies no era grunge, pero influenció al género que nació en Seattle, mientras que Pixies era de Boston. En cambio, a los Pixies se los mete en la caja del rock alternativo, y como su palabra lo define, deben ser distintos a algo e ir por otro camino. En Doolittle la banda se enfocará en estructurar sus canciones a partir de opuestos: sus canciones tienen picos y altibajos, subidas y bajadas estruendosas, la calma y el caos alternándose con permiso. Cuando están abajo se siente el vacío y sentimientos ajenos de positividad; pero cuando están arriba se siente la locura, la potencia de que algo se está por romper en mil pedacitos, extasiados por volver a juntarse y volver al ruedo, de subir y chocar con el suelo una vez más.

Si se habla de Doolittle como un disco con una fuerte carga de misterio, podemos encontrar una explicación en su primer tema, «Debaser». La imagen de la luna en la oscuridad de la noche es atravesada por la intromisión de las nubes; luego el ojo de una mujer es cortado por el filo de una navaja. Dos cosas que parecen no tener relación están en realidad mucho más cerca de lo que parece. El surrealismo trabajaba bajo esa premisa, y esa imagen evocada es la de Un perro andaluz, el film de Luis Buñuel y Salvador Dalí de 1929. Así empieza el disco, con una impresión a gritos de la película, sin entenderse si les gustó o no, pero lo que queda claro es que el rock necesitaba una actualización surrealista.

Doolittle se desarma en desesperanza y canciones oscuras con distintos tonos. Van desde el sentimiento apocalíptico de canciones como «Wave of Mutilation», al tema que hace referencia la imagen principal de la icónica portada, «Monkey Gone to Heaven». Los Pixies forzaron su camino gracias a un sonido muy individual: un bajo poderoso, una batería con presencia, guitarras que divagan riffs y dos voces en constante tensión, el grito de Black Francis y la respuesta, como voz de la conciencia, de Kim Deal. Deal toma el timón vocal en la extraña joya llamada «Silver», mientras suena una especie de western noise bajo una luna distorsionada.

Si Doolittle es alternativo es porque es bastante difícil de encasillar. Tiene sonidos que acarician el noise de Sonic Youth, pero también hay momentos de reggae-rockabilly como en «Mr. Grieves». Otras canciones tienen pinceladas más surfer y melódicas como «Here Comes Your Man», que fue otro de los temas que tuvo más repercusión del disco. Pero Pixies son tanto ese color melódico como la intransigencia de «Hey»; o la actitud rebelde de «Gouge Away»; o la confrontación de «I Bleed». Pixies apostó por una obra que sea fugaz a su tiempo, donde su estilo toma cada vez más fuerza al trazar con humor las líneas del absurdo de la autodestrucción.

Pasaron 30 años de Doolittle, un disco visionario, que sirvió como un puente que ayudó a saltar y dar el paso hacia los 90. Hoy es un disco que ayuda reflexionar sobre su marca en lo que vino después y en por qué los Pixies nunca tuvieron la consagración que sí adornaba a quienes en parte los admiraban.