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Antón Pávlovich (Pixel Editora), del poeta platense Andrés Szychowski transgrede la mirada, como es habitual en su obra, para desacralizar el lenguaje poético a través de una voz íntima y resonante. Así, toma como homenaje a la figura del gran narrador ruso Antón Pávlovich Chéjov y lo atraviesa con un fino hilo de ironía. Pues, si hay algo notable en su dispositivo retórico, es su sutil sentido del humor que convierte cada poema en un ejercicio de indagación poética. Siempre mediante el humor, la fantasía, incluso el desamparo o la desolación, para recordarnos que la poesía también puede ser un juego venerable.

-Inicio la entrevista haciéndote la misma pregunta incluida en “Nota editorial” de tu poemario: ¿Cuántos mundos se le perderían a este mundo si no fuese por la poesía?
-El mundo está bastante roto. En todo caso, por eso, poesía. Porque todavía falta.

-Resulta algo paradójico que tu poemario lleve como título el nombre de unos de los narradores realistas más importantes del siglo XX. Sin abandonar nuestro plano poético, ¿qué significa para vos, Chéjov?
-El nombre es un homenaje, y un sonido, y una arbitrariedad. Lo cierto es que empecé a leer poesía en alguna prosa. No me asusta decir que ese realismo es poesía descomunal. Libro de poemas recomendable: su Cuaderno de notas.

-Me gustaría te refieras al modo en que estructuraste el poemario en tres partes, con citas de diferentes autores.
-Las citas hacen foco en los ánimos de cada capítulo: Ignorancia de sí, ilusión por lo desconocido y conciencia del absurdo como liberación. También puedo agregar que las tres citas mencionan un animal no doméstico. Alondra. Pescado. Oso.

-En la segunda parte de Antón Pávlovich, en sus páginas pares, desarrollás una serie interesante de poemas en cursiva. Versos donde la palabra “bagre” aparece reiteradas veces y siempre tachada por “poesía”. ¿Por qué?
-No sé si hay un por qué, simplemente se me ocurrió. A esa serie no la considero un poema, es más bien una intervención poética, por decirlo así. Trabajé con un instructivo oriental. Va de la mano a una especie de burla por el intento de aprehender el poema; viejo vicio de poeta.

-La voz de Antón Pávlovich, es un tono desengañado, pero que, a pesar de todo, apuesta por la poesía. Es un libro que problematiza su propia sustancia lírica. Progresa a través de una búsqueda sostenida.
-Sí, Augusto, el intento va por ahí. Igual, toda esa búsqueda, ese ropaje, viene por añadidura. No soy para nada profesional. Se trata más de una fascinación por sus vericuetos. Y de un respeto luminoso.

-En piezas como “Estado de arte”, Esquela”, “Estimada poesía”, y en especial “Gómez y la poesía”, se encuentra presente la ironía. A pesar de nuestra tradición poética (Lamborghini & compañía) y la discusión ya casi bizantina de exiliar la risa de la poesía, ¿pensás que aún hoy lo gracioso es anatema en la poesía?
-Todo recurso, entiendo, es válido. Siempre y cuando no mate al poema. Tampoco “el poema” es un cristal platónico. Podría decirlo así: hay poema / no tengo dudas / está debajo de este gran / piano / de cola destrozado / no veo ningún piano.

-¿Cómo definirías a tu poesía?
-Solo escribo algún que otro poema.

-¿Recordás cuál fue la historia detrás de tu poema “El alma”?
-Ahí el recurso que predomina es la exageración, de una manera casi exasperante. Más que una historia por detrás, ese poema lanza un pedido desesperado: yo no quiero nada porque sé que no hay nada pero por las dudas lo entrego todo por un poema nada más.

-En “Bulbo piloso” operás con un discurso más experimental. Desmontás el orden secuencial, lo invertís. ¿Qué te interesó buscar en ese efecto poético?
-Qué bueno que menciones ese poema porque es de los que más me gustan, y no gusta tanto, al menos tengo esa impresión por las devoluciones que recibí. Hay un rulo, sí. Fue suerte.

-¿Cómo llegaste a publicar en Pixel?
-Le debo agradecer al poeta Carlos Aprea, integrante de Pixel, que se entusiasmó de entrada con Antón P.. Luego lo laburamos bastante. Es gracioso que por una coma se te vaya la vida. Un libro de poemas no es joda.

-Es notable el número de poemas dedicados a poetas platenses. Además de la amistad, ¿la proximidad geográfica tiende a consolidar temáticas en común?
-No. Los poetas que menciono – Horacio Fiebelkorn, Silvia Montenegro, César Cantoni, Eduardo Rezzano, Leandro Alva, Gustavo Caso Rosendi, el mismo Carlos – son de lo más diversos. Eso sí, todos amigos. Algunos, un poco maestros además de muy amigos. Ah, Leandro es de Temperley.

-¿Para ser poeta hay que desconfiar de nuestra propia lengua?, ¿por qué?
-No lo había pensado pero habrá que ser un poco paranoico: esa hoja de árbol que tiembla, la miseria humana diaria, el estómago y su nudo nuevo, dicen algo, me llaman y, a la vez, están gritando: “no, por favor, dejá”.

-Tu “Tropos”, es como una declaración de principios…
-Un buen ejemplo de poema-chiste. Flojito.

-¿Cómo ves el uso de las redes sociales como forma de exposición para la poesía?
-Encontrarse con algún poema cada tanto es un respiro, en cualquier lugar.

-¿Podrías recomendarnos un poema de otro autor que te haya gustado mucho?
-“Perros atados”, de Néstor Mux. “Juan del aserradero”, de Manuel J. Castilla.

-¿Te encontrás trabajando en un nuevo libro?
-Cada tanto inicio un Proyecto al que renuncio por asfixia. Si viene algún poema, y se relaciona con otro, y con otro, habrá libro. Digamos que se van olfateando.

-Por último Andrés, y sin caer en las definiciones categóricas: ¿la poesía es la infancia de la prosa o más bien viceversa?, ¿por qué?
-La prosa es la cuñada.

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Andrés Szychowski (La Plata, 1976). Libros publicados: 17 discos de música africana (2009), La redundancia (2011) y Poezja (2015).