ivan - pajaros

Iván Moiseeff, con su novela La naturaleza es la iglesia de Satanás (Eduvim), desarrolla una crítica acerca de la juventud en la era de la banalización. Lo hace tramando una historia humorística y melancólica, tan intelectual como bizarra. Es además un documento sobre la disolución de la identidad ante el fantasma del sexo. Escrito con una elegancia que borra la obviedad del guiño, La naturaleza es la iglesia de Satanás fue ganadora del Premio Azabache de Novela 2014. Moiseeff es también poeta y gestor cultural. Nació en Buenos Aires, estudió Letras en la UBA y es creador del sello de literatura Clase Turista.

-A.M: La brujería es un tema recurrente en tu producción. Al inicio de Las trillizas doradas, una de tus últimas publicaciones, recuerdo que ellas van a consultar a un brujo… en esta novela, un joven adolescente se cruza con una bruja en una disco… y es ella quien se encarga de iniciar el argumento del libro.
-I.M: La otra vez leía un post en Tumblr que explicaba que el mundo en que vivimos es, en realidad, una prisión para extraterrestres. Según esa teoría, todos nosotros seríamos delincuentes alienígenas que cometieron una aberración en alguna galaxia lejana y, como castigo, nos arrojaron a este planeta demencial, borraron nuestros recuerdos y tiraron la llave para que nos atormentemos entre nosotros. A mí me atraen mucho todas esas interpretaciones alternativas sobre nuestra existencia, desde las teorías de la conspiración más ligadas a la ciencia ficción –como esta– hasta líneas más clásicas como la hechicería. Por otro lado, me gusta el mecanismo de la aparición de brujas en la literatura y el cine como punto de fuga de la historia, como ocurre al comienzo de Macbeth de Shakespeare o en la escuela de danza de Suspiria, de Darío Argento. Por último, la escena inicial de la novela se inspira en parte en una chica que conocí hace mucho tiempo en la pista de un boliche llamado Nave Jungla, que me explicó que era una bruja y me hizo una profecía. Fue algo muy breve, luego nunca más la volví a ver.

-Cuando leía el libro tuve la sensación que aquellos dos adolescentes de 16 años, como pensaban y como llevaban acabo sus vidas, realmente correspondía a chicos de su edad. Más allá de lo obvio, ¿qué te sedujo escribir sobre esa etapa?
-Es una época alucinante. De repente, las puertas de la fortaleza de la adultez que estaban cerradas se abren de par en par a casi niños que vivieron imaginando ese momento y todo lo sagrado, todo lo intocable, ahora se puede tocar y probar. Me gustaba escribir sobre la intensidad de ese período de la vida, mezcla de epifanía y angustia.

-La historia está narrada en primera persona. ¿Lo hubieses escrito de otra forma?
-No. Me gustaba los límites de la percepción a la hora de contar una historia que tiene la primera persona.

-La novela tiene un título un tanto oscuro por tratarse de una historia de aventuras, y que no condice mucho con el estilo llano, limpio con que está escrito. ¿Se gana más al dar con un estilo despojado?
-Eugène Ionesco tiene una visión espantosa del mar. Él decía que mientras contemplaba la marea no podía dejar de pensar que, bajo las olas, sucedía una cacería interminable. De pronto, algo asociado a la ensoñación como es la contemplación del mar, queda para él reducido a una sucesión de matanzas, a un infierno de seres desesperados por devorar o evitar ser devorados. Werner Herzog también tiene una visión aberrante sobre la naturaleza. En una entrevista en la selva durante el rodaje de Fitzcarraldo él describe el crecimiento desaforado de la naturaleza como algo repulsivo. De alguna forma, estas visiones son la contracara de la percepción idealista de la naturaleza del romanticismo: la naturaleza como una catedral de la creación. Un poco eso me interesaba recuperar en el título, esa sensación que está tan bien expresada en ese gran principio de I Walked with a Zombie, el clásico de Jacques Tourner, donde ella mira el mar con fascinación desde la borda de una fragata y alguien le advierte que su encantamiento con todo lo que ve (las estrellas, los peces que saltan junto al casco del barco, el resplandor en el horizonte) es resultado de su ignorancia. Son signos de lo terrible. Como si observar los detalles reconfigurase las visiones. Algo de eso también tenía una marca de ropa que hacían en un neurosiquiatrico de Rosario, cuando estampaban en sus zapatillas la leyenda: “De cerca, nadie es normal”. Yo comparto esa idea de que estamos en un planeta aterrador. Pero donde también encontramos momentos de redención. La novela explora esa búsqueda.

-La historia en cierto modo muestra la droga y el sexo como canales de intensificación de la realidad. La narración gravita en torno a esos dos polos de conocimiento sensitivo. ¿Son herramientas imprescindibles para la experiencia?
-La novela fue pensada como un tren fantasma por la sexualidad adolescente. En ese sentido, la marihuana y el sexo funcionan para los protagonistas casi como las marquesinas de las atracciones de un parque de diversiones: paisajes que se proponen idílicos, empapados de aventura y luces parpadeantes pero, a la vez, ligeramente tenebrosos cuando no directamente siniestros al momento en que te acercás a ver sus detalles.

– También conectás un poco el sexo con la muerte. Algo que Georges Bataille se refirió a través de la idea del placer vinculado a la prohibición sexual. ¿Pensás que vivimos en una sociedad demasiado sexualizada?
-Yo creo que hay un bombardeo de un modelo de sexualidad y erotismo muy limitado, ese prototipo tan del triple X actual donde la rubia diminuta es destrozada por la bestia negra de clase baja con el entusiasmo de un marine durante una invasión en un país remoto del mundo. Son paradigmas pobres que están muy pensados para la mentalidad estadounidense (si traducís acá un Blacks on Whites te daría algo así como un Chica de colegio de zona norte con cartonero, es decir, una sexualidad motorizada por la economía). En ese sentido, me interesan más otras formas de erotismo, que van desde el siniestro maravilloso de Toshio Saeki a las reversiones de canciones de Nicole Dollanganger como “It Felt Like a Kiss”, pasando por el neoporno de Vex Ashley.

-Resulta interesante como el libro, muy sutilmente, hace una crítica lúcida sobre ciertos aspectos de la sociedad de consumo. La fama, por ejemplo, que vemos reflejada en los programas de televisión que mira la madre de Lucas, me refiero a la figura de Martha Sheen…
-Martha Sheen es una científica que va a contar un acontecimiento muy personal a un show televisivo de entrevistas. Me impresiona la maquinaría de banalización y bastardeo de cualquier experiencia humana que se monta en los medios y las redes sociales. Esta idea propia de los programas de chimentos que se extendió a toda la sociedad: cualquiera es un fiscal canchero de la vida ajena. Recuerdo que cuando Estados Unidos invadía Afganistán, yo estaba en el vestuario donde hago boxeo y un hombre le explicaba a otro cómo había que ganarle a los afganos. Ahí estábamos los tres, desnudos y agotados, escuchando unas delirantes estrategias bélicas de alguien que en su vida había agarrado un arma. En retórica, para desarticular eso, estaba la estrategia chicanera del argumento ad homine, que va por el lado de “¿y vos desde dónde hablás?”. Es lo mismo que Maradona cuando dice “Gordo, vos nunca pateaste una pelota en tu vida”. Esa especie de banalización relajada de todo, el juicio listo al instante para todo, me parece una forma del mal que tenemos muy incorporada.

-¿Cómo es escribir en tiempos de Tumblr y Facebook?, ¿de qué modo pensás impacta en tu escritura?
-Tumblr, al día de hoy al menos, me parece la red social más estimulante y durante la escritura de la novela pasé bastante tiempo ahí. Es como un portal de la inspiración y la maravilla: pequeños fragmentos de películas que alguien recorta y resignifica en un GIF infinito, ilustradores alucinantes de este y otros siglos que si no hubiese encontrado en otra parte, confesiones personales de desconocidos que te conmueven, safaris de nuevas estéticas, oraciones que te dan ganas de leer libros enteros, poemas como los de elcuartodelpasillo que te saltan a la emoción como un monstruo en una peli de terror y toda una corriente de erotismo no ortodoxa. Tumblr me parece como si alguien hubiese recortado el mundo con una tijerita y hubiese armado un santuario con cada fragmento, para que los apreciemos mejor. En lo personal, hay posteos de Tumblr que me inspiraron partes de la novela como por ejemplo ciertas atmósferas de diálogo post sexo que había visto en fotos o GIFs de películas. También la ambientación de las casas y los muebles. Mucho de eso está en xanaduofdarkness. Facebook no tiene mayor impacto en lo que escribo en tanto sus algoritmos están pensados para traducir las vidas de las personas en términos publicitarios. En una gran mayoría de los casos, leer un posteo de Facebook de cualquier persona sobre cualquier tema es también presenciar la imagen o fantasía de sí mismo que quieren trasmitir. No veo nada ligado a lo genuino ahí.

-¿Qué autores argentinos sentís que te interesan?
-De lo que leí este año, me gusta muchísimo lo que están escribiendo chicas como Malén Denis y Sofía Calvano. Hay algo ahí con el vértigo y la ansiedad del momento muy bien expresado. Es un placer que existan en esta época, y que uno pueda esperar sus próximos libros. También me atrae una línea más tenebrosa, como pueden ser los libros de poemas que sacaron este año Lorena Iglesias y Marina Gersberg, esa especie de lo cotidiano como una cámara oscura. Por otro lado, me gustó mucho Las constelaciones oscuras, de Pola Oloixarac, una ciencia ficción montada sobre las fábricas de la sensibilidad futura: el hacktivismo, la biotecnología y la sociedad del control. Y todo con ese lenguaje barroco y adictivo.

-Finalmente, ¿pensás que el libro sacraliza al amor adolescente?
-La verdad que no me lo sé. Pero diría que sí.

Moiseeff

La naturaleza es la iglesia de Satanás

Iván Moiseeff
Eduvim