Fotografía: Natalia Motorizada
Fotografía: Natalia Motorizada

“Todo lo que escribo me pasó o va a pasarme” es una de las citas, propiedad de la escritora estadounidense Carson McCullers, que antecede al acontecer de la poesía de Walter Lezcano. ¿Qué intuimos al toparnos con esta cita? Podemos estar seguros de que la relación poética entre lenguaje y vida que nos vaticina no puede estar provista más que del rasgo más característico de la poética del autor: crudeza total. Así como señalaba en 23 patadas en la cabeza –reeditado este año por la editorial Eloisa Cartonera-, lo que es importante para la vida y la poesía es “ser preciso”. Y no hay mayor precisión que la de la crudeza de La vida real.

La literatura de Lezcano podría correrse como una suerte de extrapolación vivencial simple como procedimiento literario, pero es mucho más complejo y visceral que ese facilismo: paradójicamente, aunque la poesía “no sirve para nada” la apuesta por ella es total, y eso es consecuente con la incidencia que tiene en todas las dimensiones de su obra: es la misma apuesta que lo lleva a ser uno de los autores más prolíficos de este 2015 que termina con la edición de 4 libros suyos –El condensador de flujo, Los Wachos, la reedición de 23 patadas en la cabeza, el presente La vida real y la novela Fractura expuesta, todos editados de manera independiente-; la misma apuesta que lo lleva a tener una polifacética dedicación total a la literatura como docente, editor, poeta, narrador y periodista .

Los 21 poemas que conforman este libro se estructuran en 2 amplias secciones, dos vidas contrastantes en pasado y presente respectivamente -cuyo escenario principal, Constitución, aparece como articulador y nexo de ambas-.

La vida del pasado, como señala la otra cita que antecede el poemario –de Carlos Battilana-, es una suerte de castillo inexpugnable, indestructible; una suerte de camino lleno de cráteres que mejor no volver a recorrer. Entramos en un campo en el que el dolor de estar vivo, universal e individual a la vez, se encarga de experimentar a gusto con nosotros. Hay sensibilidad propiamente arltiana, también deudora –aunque plenamente independiente- del “héroe de la multitud” bukowskiano, que se despliega en una sumersión constante en el anonimato de la ciudad nocturna, los bares y las birras con amigos que terminan “todo mal” porque eso simplemente sucede. Y lo que aparece en la poesía no es porque solamente sucede, sino que seduce. La voz de Walter Lezcano no puede ser catalogado como un oscuro costumbrismo que solo nos relata la desidia porque la voz poética se interpenetra plenamente con lo vivido. La vuelta de tuerca que se le encuentra mediante la escritura no deja de estar llena de cierta ironía, cierta construcción a la distancia que permite leer su obra como una entidad en sí misma, en movimiento, donde lo real y lo irreal se retroalimentan mediante la ficcionalización del relato, mediante la distancia que permite a la voz de los poemas ser desgarradora sin desgarrarse. Si bien lo poetizado de tantas situaciones llenas de tensión nos hace leerlas con naturalidad plena, es inevitable cierta distancia –que implica pericia- en la escritura para poder generar esa potencia característica del estilo de Lezcano y que genera el efecto catártico de sentirnos dentro de la obra.

El léxico, la construcción de los versos, la aliteración como principal procedimiento de un ritmo siempre flexible, son algunos de los elementos con los que los poemas se valen para dar a entender su flash; explayándose minuciosamente a veces, en mayor longitud y otras con tan solo unas breves líneas, que alcanzan para situarnos en ese infierno realista del cual Walter -como un atento observador- comprende y que retrata mediante lo vivo que hay en él, usando la mierda como un machete literario para abrirse paso en medio de la selva, a la manera de un observador baudelaireano. Es lo que le permite –y nos permite, haciendo su voz nuestra- mirar Montes de Oca desde la ventana de un bar, el darnos la dirección de la peluquería sin cartel de su madre, aunque no seamos “ancianas o travestis” que vayan a retocarse el pelo.

El Walter Lezcano de esta Vida Real sabe que el aprendizaje que subyace tanto a la vida como a la poesía –si es que se pueden separar estas dos dimensiones- siempre es un hecho violento a la vez que frágil, fugaz y vano. Estos poemas intentan capturar, con el oculto disimulo la experiencia , esa lucha que Walter Lezcano siempre está dispuesto a librar, con entrega pura y decisión: la de boxear lo peor de la realidad con lo mejor de su poesía. Ahí, La vida real y la poesía de Lezcano se inscriben de manera plena en la literatura imprescindible de nuestro presente, mediante una literalidad avasallante que va para adelante. A fuerza de crear, con pasión y crudeza pura.

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La vida real

2015 – Walter Lezcano
Editorial Viajero Insomne