Categorías: Libros
| Publicado
12/02/2014

Libros con arena

Algunas deudas literarias que logré saldar durante unas pequeñas vacaciones en la costa.

Los santos varones, de Luciano Lutereau

Somos la pata boba de nuestros padres hasta que demostramos lo contrario. Es en esa búsqueda donde nos encontramos revisando o cuestionando lo que fuimos, en tanto nos hace ser lo que somos.

El personaje de Los Santos Varones propone un ir y venir temporal que, en definitiva, es un solo tiempo. Un poco lo que somos todos: un aquí y ahora confundido; un eterno vaivén de tiempos y personalidades, aturdidos e influenciados siempre -y desde siempre- por quienes nos rodean/ron. Somos nuestro inconciente jugando con nuestra línea temporal.

Los Santos Varones es la historia de un hombre chico o un chico grande. Un varón que ahora es enfermero por “boba” decantación de la profesión de su padre (médico pediatra) y que escribe canciones en sus ratos libres, que parecieran ser todos.

Un varón “débil” que vivió una infancia entre enfermedades, ataques de asma, las cuentas de un rosario, gelatinas de colores y la figura de un hermano apenas mayor pero, desde su perspectiva (varón menor/débil a varón mayor/fuerte), mucho más masculino. Lo que vendría a ser “el modelo de varón a emular”.

Bajo esa sombra, se le impone una aseveración: “en el mundo hay dos tipos de varones: los que son más como Batman y los que son más como Robin.”.

Más claro, imposible.

Desperdicios, de Eugene Marten

Sloper es empleado del servicio de limpieza en un edificio de oficinas y su apática rutina puede imaginarse fácilmente: recoger la basura de su sector asignado y trasladarla a los sótanos del edificio.

Lo que no se puede imaginar tan fácil es cómo puede detenerse tan obsesiva y detalladamente en los objetos desechados por el resto de los empleados. Esa basura que, a través de su mirada, cobra vida y se vuelve fundamental como un personaje más. Todo desperdicio puede serle útil a Sloper, que le saca provecho tanto a una cáscara de naranja como al cuerpo humano sin vida de la chica del piso 24, la única que ha sido amable con él.

Oscura como pocas, sostiene una visión aterradora del mundo, donde la basura le ha ganado la batalla a las personas. Una novela que, sin serlo, pareciera ser un policial negro, por el grado de detalle que maneja; con el laconismo de una película de Roy Andersson y lo nauseabundo de una película clase B, a las que, sabemos, no les falta humor.

Y lo mejor de todo, un personaje al que no es posible juzgar, porque se nos muestra tal como es, por más tenebroso que eso sea, y porque -como él mismo dice- “una tormenta no puede evitar hacer lo que hace, ser una tormenta.”.

Todo sea por la excepción, de Augusto Munaro

Así comienza todo: un hombre común que, en su tiempo libre de oficina, se sienta en una plaza a “simular pensar” (?).

Así comienza todo” digo, y cuando digo “todo” quiero decir realmente “todo” lo que la historia de nuestro mundo pueda abarcar. Porque nos enfrentamos (ésa es la palabra justa) a un narrador con una inusitada inventiva y una capacidad asombrosa de elucubración. Sus redes de pensamiento están hechas de asociaciones libres, y su verborragia mental se transforma en una especie de caja china de historias, que podría no terminar nunca. Una Scherazade que justifica su compulsión narrativa afirmando que su “capacidad deficiente de prestar atención, nace de esa tendencia ontológica de extasiarme ante la distracción.”

Una novela con vertiginoso ritmo interno, gracias al capricho mental de su narrador que decide avanzar, pausar, derivar, detenerse o volver al relato original, si es que hubiera tal cosa. Construida en base a esa dinámica milyunanochense, Munaro se permite reflexionar sobre personajes de la historia, de la cultura, del cine, del jazz, y pasar, por ejemplo, de Art Tatum al Martín Fierro o de Federico Moura a Juana de Arco en una frase.

Nada en estos recorridos resulta impropio o contraproducente. Más bien, siempre derivan, convenientes, en las múltiples realidades alternativas que se generan. Debe ser como dice el propio narrador, eso de que “el autor material de un libro es el lector”. Y dejémoslo seguir “simulando pensar”.

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