Libros
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03/02/2021

"Los Llanos", de Federico Falco

En su última novela el autor piensa la reconstrucción personal después del desamor.

Federico Falco - Foto: Thomas Langdon

I.

Federico Falco es un mezquino. No. Federico Falco es misterioso. Quizás. Federico Falco es mesurado. Sí, es eso: escribe lo justo y necesario, muestra un poco y oculta otro tanto. Nada falta y nada sobra en Los llanos, una historia que se cuenta en pequeñas dosis. Es como si tuviéramos muy poco tiempo para revisar la casa de alguien y sólo podemos abrir unos pocos cajones para saber qué tiene esa otra persona, cómo es. Fragmentos de una vida incompleta. 

Toda la novela está contada en pequeños textos que van y vienen. Sobre algunas cosas el narrador lo muestra todo, pero sobre otras solo enseña muy poco. No todo lo que pasa es digno de ser contado. No toda historia personal es interesante. 

Las idas y vueltas entre una soledad en el campo, una vida en pareja y una infancia en Córdoba, convierten a Los llanos en una novela heterogénea, pero que a la vez es uniforme. Cada fragmento de este libro, cada anécdota que aparece, hace eco en todas las otras historias y tramas que se cuentan en la novela. Nada está puesto por azar, ni siquiera los libros que, quizás sin pensar, el narrador de Los llanos se llevó para leer al campo.

Hay una permanente conversación con otros, a pesar de que el personaje principal se la pasa solo. Habla con sus vecinos, está atento a sus movimientos y escucha sus consejos agropecuarios. Habla con su pasado familiar y con su ex novio. Habla con otros escritores y escritoras. Y, sobre todo, habla consigo mismo una y otra vez con palabras desordenadas, pensamientos sueltos que tienen sentido en el todo, pero que por sí solos podrían ser no más que un tweet ingenioso.  

Así, Los llanos funciona como un cuaderno de notas agrícolas y un diario íntimo, pero con todas las hojas mezcladas. Como si alguien hubiese dejado la ventana abierta para que el viento entre y desordene todo, para mezclar el pasado, el presente y el futuro y sean una misma cosa. 

II.

Hay una tradición de novelas, libros de cuentos y crónicas de no ficción, que podrían meterse dentro de la categoría “literatura gay”. A su vez, hay otras historias que se cuentan al oído, que están y no están dentro de esa tradición: hay puntos de contacto y a la vez mucha distancia desde aspectos formales hasta el universo de temas que se abarcan. Entonces, ¿Qué hacer con los descarriados? ¿Qué hacer con esas historias que son y no son a la vez?

Los llanos está ahí, con las historias descarriadas, con esas que van y vienen, que cualquier categoría o género cierra sentido. 

Hay algunos estereotipos sobre lo que es la “literatura gay” (si es que eso realmente existe). Se presupone que en “algo gay” se deberían contar historias sobre tener sexo con extraños, de amores violentos, o alguna fantasía erótica con algún policía en Constitución o algo por el estilo. Sin embargo, una cuestión de género no puede definir una obra y ser de tal o cual manera. No es sinónimo de escribir sobre determinados temas o de una forma específica. 

Los arquetipos, a veces, condicionan lo que se produce o lo que se dice. Incluso hoy, donde los límites entre una identidad y otra son muy grises, siguen apareciendo textos que refuerzan aquellos estereotipos impuestos sobre lo que es una identidad disidente. 

Los llanos entra y no entra en esa tradición de “literatura gay”. La disidencia está en la propia vida del narrador, que escapa a la ciudad, que huye de la vida cosmopolita y encuentra su placer y displacer en una huerta. 

Lo gay -o lo queer- tiene que ver con un punto de vista y no necesariamente con un universo temático. Ese punto de vista lo encuentra el narrador de esta novela en un campo perdido y en tres gallinas moribundas, entre otras cosas. Esos elementos son la llave para pensar una relación que se rompió. Algo que dejó de ser. Una casa que se viene abajo. Y ese punto de vista no necesita de lugares comunes, ni de retomar una tradición sobre cómo un chico tiene que referirse a su ex novio.

De todos modos, es ese mismo punto de vista el que gira alrededor de la pregunta misma sobre la propia identidad. ¿Quién soy? ¿Quién fui? ¿Qué deseo? ¿Quién quiero ser?

La identidad es como un pedazo de arcilla. Para que se convierta en algo, en aquello que queremos, hay que centrarla, moldearla y trabajarla. Sin embargo, depende de la habilidad del alfarero poder conseguir lo que quiere, sin su habilidad la arcilla no es más que un objeto inerte que no sirve para nada.

III.

Fuera de Buenos Aires, en el interior, el tiempo es otro. Esa unidad de medida universal se deforma. No hay velocidad, ni tampoco lentitud. Simplemente, el tiempo es como es. Todo está suspendido en una falsa quietud que permite dormir la siesta hasta las cuatro de la tarde. Este tipo de tiempo es el que existe en la mayoría de los lugares de este país: hay una sola Buenos Aires y miles de otras ciudades, pueblos, campos. 

El fracaso de Rosas. El fracaso del federalismo. 

Las estaciones del año marcan la agenda de todos los personajes que aparecen en Los llanos. La naturaleza tiene su propio tiempo y le escapa a los segundos, minutos, horas y días. No todo lo que se quiere hacer afuera es posible de hacer cuando uno lo desee. Los meses del año y sus estaciones marcan el camino del qué hacer. 

El presente está afuera, en el campo. En una huerta que da comida y dolores de cabeza. En relaciones mínimas con los vecinos y el almacenero de un pueblo. El pasado reciente y el más lejano, la infancia, se mezclan y se entrelazan con este presente rural. 

El futuro se piensa, se intenta configurar un norte poco claro: a lo largo de toda la novela el narrador se pregunta por lo que vendrá. Vive con el vértigo de la página en blanco todo el tiempo, a pesar de que escribe sin parar. 

En Los llanos aparece el desafío de la reconstrucción. La pregunta por cómo seguir y avanzar después de un desamor. Después del duelo más inexplicable de todos, ese que no tiene razón lógica de ser. Escribe Falco: “Es como si en el tiempo del duelo no hubiera narrativa”.  

No se puede pensar eso que no existe. No hay forma de tocar una emoción, de explicarla racionalmente. Las emociones aparecen y suceden por motivos misteriosos que se escapan de nuestras manos y de las palabras. El lenguaje no sirve para controlar eso que no se puede ver. Por eso es desesperante y desgastante tratar de encontrar un motivo, un sentido lógico, a una narración que busca explicar el espacio “entre la mente y la carne”. 

Quizás la respuesta está en una huerta marchita, en un montón de plantas y verduras muertas que no sobrevivieron una helada. 

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