Fotografía: Eugenio Mazzinghi
Fotografía: Eugenio Mazzinghi

Lucía Mazzinghi en Gira la noche (Paradiso), su segunda novela publicada, condensa un estilo narrativo rápido, lúcido, sutil, y luminoso. Todo se trasluce a través de una meticulosa tensión. La historia narra a un pianista argentino, Carmelo, durante la semana de carnaval. ¿Su trasfondo?, un ambiente duro, hecho de miseria y fealdad (acaso una mezcla de delirio surrealista y melancolía existencialista). Mundo del que el protagonista quisiera huir pero que de algún modo llevará siempre consigo: las imágenes y sonidos de la ciudad, el patetismo de los deseos irredentos.

El modo de conjurar sus errores y obsesiones son logrados a través de una prosa ajena a todo fácil efectismo. Pues Mazzinghi nos deslumbra gracias al torrente verbal de su estilo, la emoción del lenguaje en tensión sin abrir ningún juicio sumario. Porque nunca sabremos bien qué es lo que verdaderamente pasa en Gira la noche: si pasa todo, si no pasa nada, o si pasa la nada. De ahí la indiscutible fuerza del libro.

Gira la noche es una novela que se centra más en momentos y pausas que en el desarrollo de una trama clásica. ¿Cómo llegaste a esa medida formal variable?
-Un fragmento me fue llevando a otro fragmento y a otro y a otro y de esa manera se fue armando un hilo. Una palabra lleva a una frase que lleva a un párrafo que lleva a una página y así y hasta el final, incluyendo por supuesto como vos decís las pausas y silencios como momentos esenciales que permiten construir un ritmo. Mi sistema es ese: avanzar por frases, volver sobre ellas una y otra vez.

-¿Cómo fue escribir una historia en la que el lenguaje intenta quebrar continuamente las palabras?
-Escuchando mucha música, entregada por completo a la música, intentando mantener el oído siempre abierto frente al huracán de sonidos que fluyen dentro y fuera de mi cabeza. Las capas de sonido de las que hablaba Coltrane, ir organizándolas en un ritmo, seguir el martilleo de una voz que es mía pero al mismo tiempo es lo más desconocido que hay en mí. Rascar, raspar, rasgar, hurgar hasta que salga esa voz a través del vacío de la hueca corriente del tiempo (cita de Tillich). Estar abierta a eso que va apareciendo. El lenguaje contra las palabras si tomamos al lenguaje como un conjunto de signos inmóviles pero me gusta más pensar al lenguaje como algo vivo, que se nutre de palabras y sonidos, que está en proceso, se mueve, se tuerce, gira, se inventa y reinventa.

-¿Cómo nació el personaje de Carmelo pianista?
-Solo puedo precisar la primera imagen del libro, la imagen a partir de la cual se desenrolló todo lo que vino después. Es la imagen de un hombre aporreando un piano destartalado con dedos como palos, ajeno a cualquier cosa que no fuera la música, metido hasta la médula en esa selva de sonidos y silencios. Todo lo demás fue desenredándose a partir de esa imagen. Carmelo es alguien que va solo, fuera de la norma por eso loco, solísimo con su música y sus palabras, con su cantinela, sus vacíos, sus recuerdos.

-¿Cómo fuiste elaborando su nostalgia?
-¿Te parece que hay nostalgia? Más bien la fuerza del vacío, de lo que se perdió y una necesidad de seguir, más allá de cualquier cosa, seguir, aferrado a sus sonidos. Esa locura es mi locura, escribirla, darle vueltas, encontrarle las palabras.

-La historia se desarrolla durante una semana de febrero, la de carnaval, en el sur de la ciudad. Cuando te lanzaste a escribir la novela, ¿qué tipo de escenas te seducían más de los barrios como Constitución y La Boca?
-Los detalles, siento una loca atracción por lo nimio, lo que se ve de costado, lo que se pesca con el rabillo del ojo y del oído, como al pasar, el olor de una calle, un gesto, una frase escuchada y sacada de contexto, los sonidos que entran y salen por una ventana, la manera en que la luz pega contra un tinglado de chapa y lo hace crujir… Anoto todo con asombro y curiosidad siempre renovados…voy a todos lados con mi libretita, amplificar un pequeño gesto, situar algo, tirar de un hilo y que se abra o cierre la madeja para ver qué sale. Esos barrios están hecho a base de contrastes, colores, sonidos y movimiento.

Gira la noche trabaja muy meticulosamente las sensaciones… El oído puesto en la música de las palabras… ¿Hasta qué instancia el verbo –su plasticidad- es aquí la verdadera trama de la historia?
-Todo lo que pude, el ritmo, es el ritmo el que lleva el pulso de la historia.

-¿Lees mucha poesía, Lucía? ¿Qué relevancia le das al pulso oracional de tu escritura?, ¿debe ser más cerebral o auditiva?
-Leo desaforadamente, como una loca leo, sin prestar ninguna atención a los géneros. Definitivamente mi gusto pasa por lo auditivo, bien lejos de las ideas generales, de las teorías y de las historias bien hiladitas. Aunque me declaro enemiga del deber ser, creo que tanto en la literatura como en la vida (que son la misma cosa), el deber ser solemniza, aplasta y aburre. Eso queda para los maestros, los gurúes, los libros de autoayuda y psicología barata. Prefiero que comanden el oído y la risa, como dice Leónidas Lamborghini: reírse hasta de lo más sagrado, sabiendo que esa risa incluye muchas veces el horror pero tomando ese riesgo. Y poniendo todo en él. Ahora estoy enloquecida con un escritor, Raymond Federman, encontré esta frase: aprendió temprano que la carcajada siempre es trágica, y entonces se salvó inventando la risa que se ríe de la risa. Y luego se desplomó entre las margaritas.

-Una de las grandes proezas de la novela es que hay cierta dosis de omisión de toda “intromisión” psicológica. Es decir, narrás obsesivamente, pero con distancia de los personajes. De modo que Carmelo está todo el tiempo visto desde fuera, como si se tratara de un monólogo exterior… Pienso en el objetivismo. ¿Leíste a Nathalie Sarraute?
-No, la verdad que no.

-Hay algo de Beckett dando vueltas, ¿no?
-Hay de todos mis amores, mis lecturas, mis locuras, y Beckett es una de ellas. Como lo son Joyce y Céline y Kerouac y Néstor Sánchez, por poner algunos ejemplos entre muchos otros escritores verdaderamente mandados, irreverentes, entregados a la escritura y que me acompañan siempre. La experiencia de lectura inevitablemente unida a la experiencia de escritura. Néstor Sánchez habla del acto solitario de la escritura como una manera de vivir y de interrogar las cosas, no es un trabajo: es una posición en la vida que tiene mucho de juego. Me gusta mucho la imagen que rescata Sollers en su libro sobre Casanova: agobiado por el calor, el hambre, las chinches y las ratas que lo asedian en la cárcel de Venecia, Giacomo se las arregla para escribir dejándose crecer la uña del dedo meñique y sumergiéndola en jugo de moras negras.

-Como lectora de novelas, ¿abogás por los libros que prescinden del desarrollo cronológico, la coherencia de los personajes o de las acciones?, ¿por qué?
-Abogo por los libros escritos saboreando cada palabra, eligiéndola entre miles, combinándola de modos inexplicables o simplísimos, abogo por los libros escritos con la electricidad que va del oído y la boca a la mano, sin intenciones de ningún tipo más que la necesidad de escribir y cómo hacerlo. Más el cómo que el qué se cuenta. Y que esto no se confunda con lo experimental o la vanguardia o lo moderno o lo cool, que son todas palabras que para mi funcionan como censuras de la época en la que vivimos, paralizan, disfrazan. Pura impostura. Es buscar el propio sonido, el color de ese sonido en cada cosa que se escriba, fuera de los programas, fuera de las reglas sociales, de las reglas de sintaxis, de las líneas siempre rectas de los pentagramas, fuera de las opiniones moralistas y académicas, de los temas aceptados, de los resquemores familiares.

-¿De dónde parten las raíces de tu escritura? ¿De una imagen, de una idea?
-De una imagen, o una palabra, o una emoción que empieza a tomar forma. Nunca de una idea. Carezco de ideas e imaginación. Aunque me lo propusiera, no sabría cómo escribir una historia con introducción, nudo y desenlace. Siento un inmenso placer al retorcer las palabras, una fuerte necesidad de sacarles todo el jugo, la música que hay en ellas, de combinarlas, unirlas, repetirlas, cortarlas, desarmarlas y volverlas a armar.

-Entiendo que sos psicoanalista. ¿Crees positivo que el escritor trabaje para satisfacer ciertas teorías?
-Que el escritor trabaje sólo en función de su relación con las palabras, no con las teorías. El amor, el rechazo, la alegría, el horror, el aburrimiento, todo está ahí: en el lenguaje y en la relación que cada uno forja con él. La modulación, los tonos, los efectos que eso tiene en el que escribe y en el que lee. La voz es todo dice Kerouac que sabía de lo que hablaba, que llenaba páginas y páginas de sus libretas bocetando, anotando todo lo que pasaba a su alrededor, totalmente abocado a su escritura, sin distraerse con la parafernalia beat que giraba a su alrededor. Más preguntas que respuestas, más alegría y menos solemnidad, menos horror al vacío y más búsqueda de la voz propia, del propio paisaje, más notas, más listas de palabras para saborear…

-Teniendo en mente un libro lírico y experimental como el tuyo, dónde podríamos situar hoy a Borges?, ¿y Arlt?
-No tengo idea dónde se ubican los escritores, ni los movimientos ni las tradiciones. Yo leo. Me guío por lo que me gusta, por lo que me recomiendan amigos lectores, un libro te lleva al otro, un escritor a otro escritor, no me importa en qué época escribieron si no si pusieron toda la sangre en cada palabra, si no retacearon. La experiencia de lectura. Disfruté leyendo a Borges, también a Arlt, eso es lo que importa, las teorías que se armaron alrededor de ellos me dejan totalmente fría. Rechazo todo intento de domesticar a un escritor a partir de encasillarlo en un género, en un movimiento o en una época. Tengo mi lista de amores, mis pasiones fijas. Uno siempre nombra a todos aquellos que te ayudaron a salir del desbarranco dice Leónidas Lamborghini, la lista es larga y tupida, más allá de los géneros. Néstor Sánchez me manda directo a escribir, Reinaldo Arenas también. El color del verano es inagotable, su risa burlona, su amor por las palabras… Los poemas de Kato Molinari, de Daniel Riquelme, de Zelarayán, Cerretani, todo lo que escribe Savino, los libros de Elsie Vivanco, no paro de releer Convoy de Esteban Bértola, busco por todos lados lo que haya de Sollers, en fin, es infinita. Todavía me sorprendo al leer entrevistas a escritores que se ufanan de ya no leer más, esa canchereada, esa pedantería imbécil de creer que la lectura se agota. Son las teorías las que se agotan y ellos con las teorías. La experiencia de lectura es absolutamente personal e inagotable, hay que sacudirse la modorra, como esos escritores o profesores o críticos que dicen que hay cosas de las que no se puede hablar, hay temas de los que nada se puede decir, entonces los evitan. Eso en mi diccionario personal se llama vagancia.

-Luego de lo que decís, imagino que estarás escribiendo una nueva novela.
-Siempre estoy escribiendo. Hay algo que se está armando pero todavía está muy verde.

tapa gira la noche

Gira la noche

Lucía Mazzinghi
2012 – Paradiso Ediciones