discos 80

01. Sonic Youth – Daydream Nation

1988 – Enigma

Sonic Youth - Daydream Nation

Me cuesta mucho escribir esta reseña. Sé que es por mi incapacidad de separar este disco de una parte constitutiva de mi ser. Quizás porque si su impacto en mí no hubiera sido tan determinante hoy no estaría sentada aquí, intentando de algún modo devolverle el favor, esforzándome en poner en palabras por qué cambio mi vida y la de muchos otros, y desde ahí explicar su merecido lugar como nuestro mejor disco de los ’80.

Anticipo no poder describir qué sentí la primera vez que escuché “Teenage Riot” pero supe que quería ser parte de eso para siempre. Una ruptura, un quiebre en mi entender de la música en ese particular momento de mi vida donde encontré todas las respuestas que necesitaba en 7 minutos de la disonancia más sentida de todas.

Sólo me reconforta pensar en que puedan identificarse con este abrumador sentimiento de impotencia que me desborda en algo tan simple como explicarle al mundo por qué Daydream Nation es el mejor disco de su década y así disculpar cualquier pretensión de objetividad requerida.

Daydream Nation es, o, había sido hasta entonces, el disco más ambicioso de Sonic Youth. La banda transitaba la etapa más épica de su prolífera carrera luego de haber encontrado su formación ideal con la incorporación de Steve Shelley en Evol. Es la búsqueda que arraigó a sus predecesores la que eleva los elementos que constituyen este disco: la síntesis entre el fervor interno de la distorsión y la infaltable experimentación con melodías cada vez más seductoras, dejando como marca insignia ese juego incesante entre la calma y el desorden.

Desde su mismo título la apuesta es enorme. Estamos hablando de una juventud, la juventud sónica, que intenta dar respuestas a un caótico contexto de fin de década y propone una nación de ensueño. Tan poético como podría sonar, sólo basta escuchar los acordes iniciales para sentir esa concientización, de que es hoy, de que es ahora, de que todo lo que hay que hacer cuando el mundo es una mierda es poner “Teenage Riot” y sacudir la cabeza.

Es el manifiesto a una juventud encendida, inmortalizada para siempre en el minimalismo del arder de una vela en un fondo opaco.

Reponerse de la explosión interna de esa primera canción no es tarea fácil, pero puede que tampoco sea necesaria, “Silver Rocket” se recibe con la misma fuerza. No existe volumen suficiente para canalizar esa energía.

The Sprawl” es una de mis canciones favoritas en la vasta discografía de la banda. Es un respiro de placer, de optimismo y bienestar que nunca pierde la intensidad del disco sino que la traduce en nuevos matices, en esos pasajes de desgarradora oscuridad abordada con sutil belleza.

Son esos pequeños momentos los que enaltecen la propuesta del disco, sino pregúntenle a la intro de “Cross The Breeze” y esa tan singular e inmensamente benévola violencia musical que la sucede.

Eric’s Trip” es uno de los indudables “hits” de la colección, y lo tiene merecido. Es imponente desde el momento en el que escuchamos los primeros versos entonados con firmeza por el gran Lee Ranaldo. Un momento de suprema excitación, fugaz pero entumecedor, que precede a otra canción igualmente entretenida: “Total Trash”.

Después de unos infaltables minutos de disonancia, “Hey Joni” retoma las riendas del goce. Una canción tan imponente como las que la anteceden, la clave está en la exploración de sus detalles y la pluralidad de sensaciones que estos engendran. Algo similar a la intrigante “Providence”, una suerte de interludio que agrega un nuevo elemento movilizador al trabajo.

La esencia misma del disco se resume en la inmaculada “Candle”, la canción que homenajea la obra de Gerhard Richter que ilustra la emblemática tapa de Daydream Nation (o viceversa). Y lo hace de la única manera posible, con la voz de Thurston camuflándose en pasajes etéreos de guitarras distorsionadas.

Adentrándonos en la parte final del disco, tanto “Rain King” como “Kissability” sirven al propósito de quienes dan vida a sus versos. La primera, enmarcando a la voz de Lee Ranaldo y su característica entonación en forma de prosa, la segunda, a los gritos guturales de Kim Gordon.

Cierra el trabajo la trilogía compuesta por “The Wonder”, “Hyperstation” y “Eliminator Jr.” explotando en miles de pedazos esa sensación de eternidad tan bien fundada alrededor de todas sus predecesoras.

Daydream Nation marcó su década por ser un disco tan fuerte como su impronta. Erige su trascendencia alrededor de esa promesa de rebeldía, a la que todos estamos invitados a formar parte. Son las ganas de destruir todo y amarlo a la vez las que canalizan el espíritu que guió a todas las juventudes sónicas que lo sucedieron, y que probablemente compartan las del porvenir. Agustina Checa