los 50 mejores discos de los 70

01. Joy Division – Unknown Pleasures

1979 – Factory

Joy Division - Unknown Pleasures

Unknown Pleasures fue grabado en las sesiones de abril de 1979 y publicado en julio del mismo año bajo la difusión del sello Factory Records, uno de cuyos principales fundadores fue el periodista Tony Wilson. Producido por Martin Hannet, este inmenso trabajo de la banda británica fue el único editado en vida de Ian Curtis, quien se suicidó el 18 de mayo de 1980, convirtiéndose, posteriormente, en una figura mítica del rock y de la poesía maldita del underground.

¿Por qué Unknown Pleasures? Son muchas las razones que hacen de este disco una gran obra. En primer lugar, es necesario identificar que la corriente en la cual se suele ubicar a Joy Division, esa que llamamos postpunk, fue un movimiento de renovación estética dentro de la cultura pop de los años setenta, que pretendía romper con la impronta del rock and roll clásico, ya que tenía aspiraciones más intelectualizadas y una postura crítica respecto de la tradicional cultura rock. Los dilemas existenciales, la marginalidad, la angustia y toda una serie de tópicos propios de la literatura maldita y modernista, fueron tomados por varios artistas pertenecientes a esta nueva corriente, que exponía fervientemente su necesidad de romper con la tradición. Dicha ruptura se expresaba en una búsqueda que priorizaba tanto la densidad de las imágenes como la creación de atmósferas musicales que se fusionaran con ese contenido lírico. No sólo Joy Division, también Gang of Four, Talking Heads, The Fall y The Slits, fueron algunas de las bandas que adoptaron elementos de esas corrientes literarias para transformarlos en música. Influenciados por escritores como William S. Burroughs, Kafka, Dostoievski, Conrad, Beckett, esta generación de creadores erigió una nueva estética conceptual, basada en una inclinación poética que los acercaba más al arte de vanguardia que a la tradicional vertiente del rock crudo. Así lo afirma Simon Reynolds, al señalar que “aquellos años de postpunk que van desde 1978 a 1984 fueron testigos del saqueo sistemático del arte y la literatura modernista del siglo XX. El período postpunk en su conjunto aparece como un intento de recrear virtualmente todas las principales temáticas y técnicas modernistas a través del médium de la música” (véase Simon Reynolds: “Después del rock. Psicodelia, postpunk y otras revoluciones inconclusas”: Postpunk, la revolución inconclusa; pág. 33. Editorial Caja Negra)

Joy Division fue sin dudas la expresión más acababa de esta ruptura, principalmente por el talento de su cantante, un personaje único y de culto. El joven Ian Curtis era un lector compulsivo y voraz. Su condición existencial fue la del poeta maldito; la de quien construyó su propio camino en la tempestad. Más cerca de Kafka que de Burroughs, sus letras fueron efecto de una propia mixtura sensitivo-imaginaria antes que una consecuencia directa de sus lecturas. Difícilmente se podría negar el influjo de J. G. Ballard y de Burroughs en canciones como “Interzone”, tal como lo explicara Jon Savage (véase), pero la atmósfera estremecedora y densa que Curtis supo fundar constituyó sin dudas un logro particular, una obra de arte en sí misma.

Fiel a sus intuiciones, Ian Curtis sorteaba los ambages que implicaba encontrarse entre el texto y la cotidianidad, entre imagen y acción, sintiéndose parte de la obra aún fuera del escenario. Esta vocación literario-corpórea se fundió en una tripartita escenificación artística: cuerpo y voz, letra y música. Representación que reverenció el lugar del cuerpo y de la acción; que exaltó la puesta en escena; la teatralización y estetización de la vida que devino en una política del cuerpo que ya se encontraba expresada en Memorias del subsuelo:

“En mi casa pasaba la mayor parte del tiempo leyendo. Así procuraba apagar bajo impresiones externas lo que hervía constantemente en mí. Las únicas impresiones externas de que disponía había de buscarlas en la lectura. Naturalmente, eran para mí un gran reconfortante: me conmovían, me distraían, me atormentaban. Pero llegaba un momento en que me sentía harto de ellas y experimentaba la necesidad de obrar. Entonces, de golpe y porrazo, me lanzaba al libertinaje, un libertinaje mezquino, nauseabundo, irrisorio y subterráneo”.

Si en Dostoievski y en tantos otros escritores del siglo XIX la necesidad de asumir el protagonismo del cuerpo como política-poética todavía estaba obturada, como ocurrió con Oscar Wilde, quien en la célebre película del glam rock, Velvet Goldmine, fue declarado por el guionista como un ícono pop fuera de tiempo, será entonces en los estetas del rock (Lou Reed, David Bowie, Marc Bolan, Ian Curtis, Morrissey) en quienes se manifestará la realización -en el siglo XX- de esa imposibilidad decimonónica. No caben dudas -y aquí nos lanzamos al contrafactualismo- que Oscar Wilde, Dostoievski, Baudelaire, Rimbaud y muchos más, habrían sido estrellas de rock si hubiesen vivido en la segunda mitad del siglo XX; y es por esta apertura cultural que el genio de Ian Curtis tuvo asidero en y más allá de la música: en la dimensión lírica y corpórea que la escena postpunk introducía, siendo la música un canal; tal como lo señalara Simon Reynolds: un médium.

En segundo lugar, hay que reconocer que Joy Division logró sostener la independencia respecto de la industria musical. Si bien es cierto que su carrera fue muy corta -e ignoramos lo que podría haber sucedido con la banda si Ian Curtis no se quitaba la vida-, nos vemos obligados a “juzgar” su derrotero por el tiempo que duró su existencia. En sus apenas dos –o cuatro- años de vida, dependiendo desde cuándo empecemos a contar (Warsaw se creó entre 1976 y 1977), el grupo siempre optó por conservar su autonomía artística, razón por la cual rechazaron ofertas de productoras como Warner Bros.

Las atmósferas de Joy Divison seguirán evocando al espíritu del abatimiento y de la angustia impasible. Las imágenes de Ian Curtis continuarán susurrando a esa entidad que gobierna las batallas perdidas, que presagia a esas guerras que se hacen letra; porque la poesía es la venganza de las almas que sucumben ante el abismo de sí mismas; es el canto en vida desde la muerte misma:

“The strain’s too much, can’t take much more.
I’ve walked on water, run through fire,
Can’t seem to feel it anymore.

It was me, waiting for me,
Hoping for something more,
Me, seeing me this time,
Hoping for something else”

Adrián Rocha

01. Disorder
02. Day of the Lords
03. Candidate
04. Insight
05. New Dawn Fades
06. She’s Lost Control
07. Shadowplay
08. Wilderness
09. Interzone
10. I Remember Nothing