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Un tren de treinta y cinco minutos, una casa amarilla, 1 cámara réflex, 5 protagonistas de caras pálidas y un pañuelo violeta bastan para caracterizar a la nueva película de Raúl Perrone, rodada el fin de semana del 7 de marzo, Ofelia y fauno. La hazaña comenzaba a las 13hs en Ituzaingó – el cine de Raúl se caracteriza, entre otras cosas, por estar finamente emplazado siempre en los escenarios de la localidad donde “El Perro” nació, creció y dicta sus talleres actualmente – pero la ciudad de Buenos Aires se había dedicado a retrasarme toda la mañana. Cuando finalmente pude abordar el tren era las 13.30hs pasadas. Medio ansiosa y medio temerosa viajé cruzando seres y carteles, unos tras otros: Caballito, Flores, Floresta, Villa Luro, Liniers, Ciudadela, Ramos Mejía, Haedo, Morón, Castelar y – finalmente – Ituzaingó. Caminé desde la estación siguiendo unos garabatos a modo de mapa que no entendía del todo. “A la izquierda, casa amarilla”. En cuanto giré en la esquina la divisé y retrasé el paso; faltaban cincuenta metros y necesitaba recobrar el aliento. Llegué hasta la puerta y alguien desde dentro miró en dirección a mí. De sombrero rayado y de espaldas, Raúl ultimaba unos detalles de maquillaje. Guillermo, su fiel asistente, me abrió la puerta con una sonrisa y yo avancé tímidamente hasta el quincho desde donde se asomaba el sombrero.

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Lo primero que divisé a la distancia fue la insignia estampada en su remera negra: Películas anti-autor. Me retó “en broma” por el retraso, me presentó al reducidísimo e íntimo equipo de rodaje y me intentó explicar, en dos o tres frases concretas, lo que estaba haciendo. Basado en el mítico dramaturgo y poeta inglés – particularmente en los personajes de Ofelia (Hamlet) y un (interesantísimamente caracterizado) monstruo -, Raúl estaba filmando una película muda y de época, una historia de amor. Con las Topper rojas se paseaba por el patio trasero de la casona amarilla, dirigiendo en tono bajo. Estaba tranquilo. Se reía y jugaba con sus acompañantes; pedía cerveza, se acaloraba, decía que el cine era así. Componía en tiempo real, como si pintara un cuadro y eligiera colores de una paleta en ese preciso momento. Sentado con una pila de hojas A4 sobre la falda leía rápidamente y en voz alta las palabras escritas de su puño y letra, una serie de ítems que funcionaban como guía pero que no condicionaban en absoluto la acción del presente. En medio de los apartados, alcancé a leer frases sueltas del tipo “estaría bueno que en esta escena…” y me pareció tan magnífico que cupiesen tantas posibilidades creativas dentro de una oración – permitiendo que todo lo que ocurra frente a cámara sea válido – que sentí una completa y natural empatía hacia éste particular trabajo de pocos. Los rostros ambiguos de los personajes – en cercanía con el expresionismo alemán más puro – delataban las situaciones, sustituyendo a la perfección cualquier tipo de diálogo. El fauno era sencillamente increíble – en cuanto a personificación – y se le podía leer el alma a través de sus ojos, única parte desprovista de vestuario. Intimidante pero tierno, leal pero misterioso. Y Ofelia no quedó atrás. Las simples palabras de Perrone la colocaban de lleno en su personaje de bucles pronunciados y boquitas pintadas. Otros tres personajes – idénticos en carisma y de hecho muy acertados con sus respectivas actuaciones corporales – completan un relato un tanto onírico y un tanto crucialmente real.

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Las escenas se discutían en equipo; todos se arrimaban en torno a la silla de Raúl, en una suerte de ronda, como si les fuese a contar una vieja fábula. Tras las indicaciones generales, la cámara se encendía, cuidando cada toma como un preciado detalle que no se deseaba repetir. Un chroma key, la luz natural disponible y a rodar. Curioseé detrás de cámara para observar, al menos un instante, lo que Raúl componía delante del chroma en un siantamén. “Esa gamba adentro”, le mandoneaba a Ofelia para que saliera de cuadro. “Tengan más sentido común”, les reclamaba a todos los presentes. Los planos cortos retrataban de tal manera las expresiones que las volvía espontáneas, salvajes e impulsivas. El silencio absoluto del set – aun en una película donde no hubo toma de sonido directo – acompañaba las escenas creando un clima intenso de concentración. Raúl lanzó nuevas directivas entre corte y corte, a veces más relajado y otras no tanto. Me preguntó si entendía algo y le dije que no, que estaba intrigada. Me sonrió. “Ya vas a ver. Te va a encantar”, me contestó.

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El nuevo largometraje de uno de los directores predilectos del cine intelectualizado cuenta con Fernando Sdrigotti como colaborador de “guión”, Pablo Ratto en producción ejecutiva, Iván Moskovich en cámara – junto al propio Perrone, por supuesto – Emma Echevarria y Mailén Cárdenas como asistentes de dirección y encargadas del registro en foto fija y Cintia Parra a cargo de maquillaje y vestuario. El elenco, por su parte, está integrado por Dulce Huilen Azul, José Maldonado, Sandra Patricia Paz, Néstor Gianotti y Oscar Purita.

El destino de Ofelia y fauno aún no está del todo esclarecido. Como en la mayoría de sus películas, Raúl se relaja y espera hasta finalizar la etapa de exhibición de sus dos anteriores proyectos para decidirlo: el estreno de Favula – presente en la Competencia Iberoamericana del Mar del Plata International Film Festival 2014 – y Ragazzi – competidora en la categoría oficial de ficción en el pasado Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI) como así también la elegida para el cierre de la Sección Oficial del 15º LPAFILM FESTIVAL – donde asimismo Favula competía en la subsección de ficciones. Además, ésta última se presentará en el 33º Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay, del 1 al 12 de Abril. En cuanto a Ragazzi se espera su formal presentación en Buenos Aires en el marco del próximo BAFICI. “Todo a su tiempo”, me dijo con paciencia.

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La experiencia con Raúl Perrone permite reflexionar acerca de todo ese otro cine que existe en el territorio nacional. Un cine cálido, alcanzable y factible. Al presenciar un rodaje de este tipo – o el anti-rodaje, como lo llama el propio Perro – es inevitable pensar en un arte cinematográfico entretejido sólo en base a buenas ideas, sin grandes artilugios. Historias que se palpitan en los poros, explotando sus significados en la percepción del espectador, dejándole a él la tarea de descifrar lo que discurre en pantalla. Ahora sólo resta aguardar a que el material de Ofelia y fauno pase por la mágica tijera de este siempre niño, para elevarse por encima de las normas narrativas, estilísticas y conceptuales a las que la empresa audiovisual nos ha limitado.

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