En un artículo del periódico estadounidense Westword publicado en 2010, un tal Thorin Klosowski sentenciaba: “No se dejen engañar, en realidad Animal Collective no es más que dos discos de los Beach Boys reproduciéndose a la vez”; ese era su principal argumento para despotricar contra el cuarteto de Baltimore. Resulta curioso que haya intentado desprestigiarlos tildándolos de versión hiperbarroca de los Beach Boys ya que, más allá del ensañamiento, eso solo genera el efecto contrario. Incluso cuando haya comparado su destreza vocal con los gritos de un Brian Wilson borracho.

Aunque el cuarteto reniegue de ello –hasta compusieron una canción “anti-Beach Boys” en respuesta-, hay que decir que la comparación con los californianos no es desacertada: la superposición de arreglos vocales tiene efectivamente un aire a trova wilsoniana. Pero en suma, esto es solo una nota de color; un elemento más dentro de la coctelera del colectivo animal, que si algo ha hecho con la psicodelia es, justamente, resignificarla. Si hay una similitud a resaltar, no tiene que ver con lo estrictamente musical, sino con la osadía.

Foto: Agus Luna Castro

A lo largo de sus casi 20 años de existencia, estos niños mimados de la canción experimental supieron interpretar como pocas bandas el mapa de la música moderna. Y si con el emblemático Merriweather Post Pavilion (2009) lograron su consagración, al tiempo que reinventaron la música pop y llevaron la fórmula a su máxima expresión; Sung Tongs (2004) es su propio niño mimado, el disco que significó el primer gran salto en su carrera, además del que les valió la etiqueta de “freak folk” por parte de la prensa especializada. Tras interpretarlo completo durante el aniversario de Pitchfork en diciembre de 2017, se embarcaron en una gira con dicho álbum como eje, respetando el formato en el que fue grabado. Para regocijo de su culto de seguidores, esta aventura los trajo de vuelta a nuestro país el pasado 30 de agosto, a 10 años de su debut en tierras porteñas.

Cual Simon & Garfunkel en plan lisérgico, Noah Lennox y David Portner –o Panda Bear y Avey Tare, es cuestión de gustos- encararon el escenario del Teatro Vorterix secundados por sus cuatro guitarras acústicas, cuatro micrófonos, algún que otro pedal y un tom; y enmarcados por dos telas gigantes con motivos tribales flúo, dieron comienzo a la ceremonia con “Tuvin”, una suerte de prólogo mántrico que solo existe en el universo de sus shows en vivo. Acto seguido se zambulleron de lleno en el disco con “Leaf House” (que aunque no lo parezca por su algarabía, hace referencia al fallecimiento del padre de Lennox). Esos pocos minutos de show fueron suficientes para probar su capacidad de ofrecer una experiencia inmersiva como pocas, aún sin adornar sus rostros con máscaras de animales o recurrir a un gran despliegue escénico; ¡y hasta sin levantarse de sus asientos! ¿Minimalismo? Sí, pero solo en apariencia.

Lo prometido es deuda, y el viaje continuó con rigurosidad por los senderos jubilosos de Sung Tongs, tomando cada vez más la forma de un laboratorio tribal que alcanzó su clímax con la arengadora “We Tigers”, y elevó al máximo el encanto de un álbum que sigue resistiendo el paso del tiempo.

Foto: Agus Luna Castro
Foto: Agus Luna Castro

En un recorrido casi sin interrupciones, que tuvo más de ritual chamánico que de concierto indie, Lennox y Portner se debatieron en un mano a mano de armonías vocales, entusiasmo onomatopéyico y patrones rítmicos en sintonía con la madre naturaleza, todo esto combinando espíritu lúdico con despliegue virtuoso en sabias dosis. De más está decir que con semejante cóctel, el éxtasis grupal fue creciendo en intensidad; tanto es así, que cuando sorprendieron al público apelando al silencio como artilugio –lo que duró bastante más que unos pocos segundos-, la abstracción era tal que solo se oía el zumbido de los parlantes.

Mientras que las melódicas “Mouth Wooed Her” y “Kids On Holiday” construyeron las experiencias más cercanas a la canción propiamente dicha, con “Visiting Friends” el trance ascendió a un nivel solo comparable con un encuentro cercano del tercer tipo. Los clásicos “Who Could Win a Rabbit” y la surreal “Winters Love” (que por momentos invitaba a imaginarse a la gran Juana Molina aportando su magia en los coros) potenciaron la comunión. En sintonía con la propuesta, era de esperar que el cierre llegara con “Whaddit I Done”; pero fue en los bises donde apelaron al factor sorpresa, rescatando para la ocasión algunos tracks de Prospect Hummer, aquel EP grabado en 2005 junto a Vashti Bunyan.

Al terminar el concierto, nadie se fue a su casa sin sus chakras alineados. Pero más allá de su efectividad para la catarsis colectiva, la verdadera razón por la cual Sung Tongs merece ser celebrado es el antes y después que marcó en el modo de entender la experimentación, probando que aún con pocos elementos es posible trascender los límites y ampliar el abanico de posibilidades a la hora de componer. Su impronta vanguardista marcó el camino a seguir para los excursionistas sonoros del nuevo milenio y, en ese sentido, el legado habla por sí solo; sin importar lo que digan los escépticos.

Foto: Agus Luna Castro

Foto principal: Agus Luna Castro.