Hace unos días volvió a correr el rumor de la llegada del grupo comando a la pantalla grande, pero se trató de una falsa alarma. Hace 17 años Los Simuladores llegó para romper los moldes y ofrecer lo que el espectador buscaba: salir del costumbrismo de las novelas y apostar por ficción de calidad. ¿Por qué después de tanto tiempo nos siguen atravesando las historias de estos superhéroes del simulacro?

2002, un país atravesando el momento económico más crítico de su historia, una población que no encontraba respuestas en el Estado y la urgencia de que se solucionen todos los problemas. La ecuación cerraba por todos lados, los argentinos y Los Simuladores se necesitaban desde el primer momento. Sus cuatro protagonistas, Federico D’Elía, Diego Peretti, Alejandro Fiore y Martín Seefeld, y el director Damián Szifron se conocían desde hace tiempo. En la mesa de un bar se empezó a barajar la posibilidad de hacer un unitario. Comenzaron a trabajar intensamente hasta la filmación del capítulo piloto, financiado por ellos mismos. Un guion tradicional y obsesivo, con amplio caudal de producción y una puesta en escena con un fuerte argumento cinematográfico permitieron que la serie se ubique entre los clásicos de la televisión argentina.

Los simuladores son un grupo comando que trabaja desde 1989, con un pasado apenas conocido, y que a través del simulacro resuelven problemas cotidianos de esos que nadie puede resolver. La explotación del cliché y los lugares comunes, la precariedad inocente de sus operativos en los que todo pende de un hilo pero siempre sale bien, o las referencias a películas y personajes de fantasía provocaron la empatía con el público que los aceptó desde el principio.

Mario Santos (D’Elía) en la logística y planificación, una suerte de Sherlock Holmes argento, de carácter frío y especulativo. Pablo Lampone (Fiore) en técnica y movilidad, representando la rudeza y la mano de obra. Emilio Ravenna (Peretti) el más extrovertido, encargado de la caracterización en los simulacros con un gran abanico de personajes. Gabriel Medina (Seefeld), el investigador del grupo, un ex espía con una sensibilidad encantadora.

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Las problemáticas que atraviesan los simuladores en sus historias no caducan en la actualidad y puede ser el motivo por el que siguen tan vigentes. Quizás sí, en esta época de sobreinformación y accesibilidad, las falsificaciones de identidades o el chequeo de datos hubiesen truncado algún plan. Pero en rasgos generales su atemporalidad argumentativa logró que sea uno de los productos más repetidos en la historia de Telefé, junto a Los Simpsons y Casados con Hijos. Polemizaron sobre temáticas delicadas como los cánones de belleza en el mundo del modelaje (“El debilitador social”), el bullying en un colegio primario (“El vengador infantil”), y las estafas del mundo artístico en la TV (“El último héroe”). Pero también problemas más cotidianos como conseguir un falso Paul McCartney para que una mujer salga de su depresión (“Marcela y Paul”), o ayudar a un estudiante a no recursar un año de la secundaria (“El joven simulador”).

“El enemigo mayor de los simuladores es Menem y el capitalismo salvaje, que proponen un sistema que deja afuera a mucha gente y que capta lo peor de las personas que están dentro del sistema: la frivolidad. Pero los simuladores tampoco quieren a Stalin”, decía el director sobre los antagonismos, y aclaraba que el programa era “anarquista, pero de derecha.”

Algunos números

Fueron 23 capítulos (uno doble) en dos años, con números que revolucionaron los rankings televisivos. En su primera temporada promediaron 17 puntos (1 punto equivale aproximadamente a 100 mil personas) en sus primeras emisiones y fueron aumentando paulatinamente. La mayoría de la audiencia optó por una nueva propuesta, cansada del costumbrismo en una época de realities y producciones vacías. Ese primer año que obtuvieron el Martín Fierro de Oro a Mejor guion y Mejor unitario, en competencia directa con Tumberos (América). La segunda temporada fue incluso más apabullante: promediaron más de 30 puntos por episodio, ganando siempre en su franja horaria, en la jornada y en toda la temporada. Ese año también ganaron el Martín Fierro a Mejor unitario.

El 23 de diciembre de 2003 se emitió el último capítulo en formato de telefilm. A pesar de que un gran flujo de gente estaba de vacaciones por las fiestas, midió 32,8 puntos sin picos de rating, es decir, con permanencia total frente a la pantalla. 

El éxito trascendió fronteras y tuvo sus versiones en cuatro países. México, Chile, Rusia y España compraron el formato a Telefé, que tiene los derechos comerciales. La curiosidad de la remake española es que Mario Santos también fue interpretado por Federico D’Elía.

La militancia

Como toda serie de culto, Los Simuladores tiene sus fanáticos. Pero no se trata de un simple club de fans que se juntan en una plaza o hacen remeras con las caras de sus ídolos. Son un poco más que eso.

En 2013, 10 años después del último capítulo, se creó la Asociación de Fanáticos de Los Simuladores, una comunidad de Facebook con más de 20 mil fieles que crece día a día. En las reglas estrictas se permiten todo tipo de posts relacionados a la serie, memes muy elaborados y divertidos ida y vuelta en los comentarios con frases de la serie. Eso sí, existen algunas excepciones como publicar imágenes de Los Disimuladores (versión satírica de Videomatch) o de Betún Toquetón (un bolo del perro de Lampone, también para Videomatch).

La Asociación demostró su peso en la opinión pública cuando Netflix amagó a sacar la serie de su grilla en septiembre de 2018. Los seguidores activaron el modo operativo para hacer fuerza por Twitter e insistieron hasta el hartazgo para que la serie se quede. Luego de unos días lograron que revoquen su decisión. No tuvieron contacto directo con la empresa, solo un bot que respondía a emojis, pero pasó la fecha y el unitario siguió disponible. Batalla ganada al monopolio rojo.

La película

Cada año que pasa se pone en tela de juicio la posible realización de un largometraje sobre las aventuras de los cuatro socios. Hace unos días, el tema volvió a ser tendencia luego de una declaración de Alejandro Fiore en una entrevista: “Si tengo que responder algo es que sería antes de 2022”.

Esa mínima posibilidad abrió el camino para que todos los medios de la farándula televisiva, y hasta alguno más serio, dieran por hecho la vuelta de Los Simuladores en la pantalla grande. Tal fue el revuelo que hasta el propio D’Elía tuvo que salir a aclarar los tantos.

Sobre este tema Damián Szifrón siempre fue bastante claro. Desde el principio tenía decidido el formato y la duración que debería tener: “Creo que éste es un programa que tiene que hacerse una o dos temporadas. Después tiene que cambiar. Si no, corre el riesgo de sistematizarse, de pasar a ser lo mismo contra lo que el programa se está rebelando”, decía en 2002.

Nada está dicho pero tampoco nada confirmado. Szifrón dejó la dirección de una superproducción hollywoodense el año pasado por “diferencias creativas” y algunos ya se ilusionan con que tendrá más tiempo libre para escribir el guion pero, ¿queremos que vuelvan o la serie corre el riesgo de perder su encanto? ¿Necesitamos a Los Simuladores para enfrentar la crisis? ¿Son atemporales o seguimos teniendo los mismos problemas? ¿Hay alguna que la supere o es la mejor serie de la historia argentina? Nosotros no tenemos las respuestas.