Ayer, domingo 31 de mayo, Euphoria llegó a su fin con su tercera temporada. La producción creada por Sam Levinson vio la luz en 2019 y se presentó como una novedad en términos visuales y narrativos para mostrarnos las caóticas vidas de un grupo de adolescentes luchando con adicciones, relaciones tóxicas y una sociedad en la que se encontraban desamparados.
Estos tópicos se mantuvieron durante la segunda entrega, en la que Levinson también conquistó al público con una cuidada estética ligada a la tradición del videoclip. Sin embargo, para la llegada de la tercera temporada, muchos de los aspectos que la hicieron una serie celebrada por el público y la crítica desaparecieron casi por completo. Además, se convirtió en una pieza en la que parece que la verosimilitud se dejó totalmente de lado.

Una trama alejada del coming of age
La trama de esta última tanda de episodios nos mostró al grupo de jóvenes en su etapa post escuela secundaria, viviendo vidas adultas y ya lejos de un coming of age. Por lo tanto, para el espectador que buscaba historias ligadas al crecimiento, el amor, el descubrimiento sexual y la amistad, esta temporada resulta una decepción, porque nada de ello tiene centralidad.
En cambio, toman protagonismo los relatos de narcotraficantes, trabajo sexual y un mundo en el que las mujeres parecen tener solo dos posibilidades: vender su cuerpo o vender el de otras. Pareciera que los excesos y abandonos que los protagonistas transitaron en su adolescencia tienen consecuencias graves y sin retorno —lo cual se plasma en la muerte de dos personajes principales—.

Una crítica que no funciona
La preponderancia del trabajo sexual —ejercido a través de OnlyFans, prostíbulos, redes sociales o los contratos conocidos como "sugar baby"— ha causado una gran polémica desde el estreno. Si bien el director habría buscado hacer una crítica a la hipersexualización femenina, lo cierto es que cada capítulo se conforma como un muestrario de cuerpos desnudos de mujeres, de delgadez extrema, cirugías plásticas, figuras hegemónicas, ropa interior y fantasías sexuales masculinas.
Por lo tanto, la serie termina siendo parte del mismo engranaje que pretende criticar. Esto se plasma con mayor nitidez en el personaje de Sydney Sweeney, Cassie, una mujer completamente arruinada por los negocios de su pareja que parece empoderarse al abrir una cuenta de OnlyFans, pero solo termina respondiendo a las necesidades, deseos y reglas de otros.

En lo que respecta a la estética, Euphoria está hoy más cerca de las películas de Robert Rodriguez, Quentin Tarantino y hasta Sergio Leone, pero sin la calidad de los directores mencionados. Aquellas fascinantes secuencias que eran alegoría de un viaje de drogas, de descubrimientos sexuales o de los desarrollos mentales de los personajes, ahora son solo escenas de alto impacto, bajo una estética retro y sangrienta que poco tiene que ver con el universo primigenio de la historia. El desarrollo dramático queda en un completo segundo plano, por debajo de las escenas de tensión y acción ligadas al cine de drogas.
El personaje principal de esta temporada es Álamo, narcotraficante y dueño de un prostíbulo, que se propone como el villano de la serie, aunque no deja de estar romantizado. En este sentido, la producción parece ser una denuncia de la preocupante situación que vive Estados Unidos en torno al consumo de fentanilo, pero su manera de abordarlo es poner el foco en Dios y en la religión como la salida. Así, los únicos que parecen lograr la pureza y la felicidad son los integrantes de una familia que vive aislada y fuera del sistema. Una solución moralista e irreal a problemas que aquejan a una sociedad y que, en el relato, constituyeron una propuesta efectista.
Euphoria está disponible en HBO Max.









