The Leftovers, la serie de culto de HBO, llegó a su fin. En clave de misterio y fiel a su estilo, dejó las respuestas en manos del espectador. Advertencia al lector: la nota contiene spoilers.

En la segunda temporada, Damon Lindelof, creador de The Leftovers, deja atrás una intro dramática, cargada y renacentista para elegir un tema que ilustra el espíritu de la serie “Let the miystery be”. La canción es la clave para leer las tres temporadas, hay que dejar al misterio ser. La otra opción es llenarse de frustraciones.

En The Leftovers el relato es fantástico: un porcentaje de la población se disolvió en el aire. Sin embargo, a lo largo de la historia siempre apaceren los peros, los escepticismos, los trucos revelados. Desde el primer capítulo la invitación se desliza, es elegir, creer o no creer. El 14 de octubre –el día de las desapariciones– se instala en el imaginario de los personajes como un día maldito y lo atraviesa todo. Y, por más que se esconda con bendiciones, nadie en el fondo ve a los ausentes como “los elegidos”.

Así, la serie se construye sobre una imposibilidad: aquellos que se han ido no pueden volver. En el duelo colectivo, el mundo que había sido también está perdido. Queda en cambio el resabio agreste, salvaje, ya inhabitable. En él, los personajes vagan, erráticos. De fondo, la música de Max Richter es el sonido cósmico del extravío. Y en ese deambular se encuentran Nora Durst y Kevin Garvey.

Como un desafío a las probabilidades, Nora perdió a todos los integrantes de su familia y lo suyo es un duelo eterno a lo largo de las tres temporadas que desemboca en lo que parece una locura, una máquina que la cruzará hacia el otro lado. El escenario para el tránsito es Melbourne, esa tierra australiana y roja que parece fuera de este mundo. Durst cruza y el planeta de los partidos es verdaderamente el de los que han sido dejados atrás. Sin embargo, las imágenes nunca se muestran y solo se conocen de la boca de la protagonista. Es el juego propuesto por Lindelof, dejar el misterio ser.

Pero en aquel mundo –exista o no– Nora no pertenece, por lo que el final de la temporada vuelve a cerrar con un encuentro. Nora y Kevin, aquellos de entonces, ya no son los mismos, y tal vez eso sea algo bueno. En esta última escena es cuando la invitación cobra, más que nunca, vigencia. Creer o no creer.

Plagada de simbolismos y alegorías, la serie invita al espectador a múltiples lecturas. Qué pasó y qué no es, en The Leftovers, una cuestión de fe.

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