Monstruos, nazis, pezones, vampiros y gatitos. Un mamut en el freezer, viajes en el tiempo y un hongo de yogur que conquista al mundo. La nueva serie de cortos animados de Netflix titulada Love, Death & Robots lo muestra todo, aunque el guion deja siempre con ganas de más.

«La novela te gana por los puntos, pero el cuento te tiene que noquear». Lo dijo Cortázar y la nueva serie de Netflix de cortos animados se lo tomó a pecho. Disponible en la plataforma desde el 15 de marzo, Love, Death & Robots es una seguidilla de trompadas que busca acertar en la pera. Cada uno de los 18 cortos, de entre 5 y 15 minutos de duración, cuenta una historia independiente de las demás pero que mantiene una misma promesa: sexo, sangre y metal.

Lo mejor de la antología son las animaciones. Se sabía que Tim Miller, director de Deadpool y co-fundador de Blur Studio (responsable de los Oscars que ganó la Avatar de James Cameron) iba a entregar efectos visuales fantásticos, y no decepcionó. La calidad y la diversidad de estilo van desde dibujos en dos dimensiones hasta cortos con CGI foto-realista. Y algunos de los cortos parecen no tener otra pretensión que esa belleza estética. El capítulo 12 es un ejemplo muy bien logrado: «Noche de pesca» es una historia sencilla, sin más diálogo que el necesario para que la imagen se luzca en toda su potencia. El capítulo 3, «El testigo», podría no tener ni una palabra, apenas si tiene. Es pura persecución por una ciudad inmensa cargada de detalles. Banderines, carteles y hologramas que aparecen de fondo con toda nitidez: una carrera que solo encuentra pausa para un baile erótico.

Ya desde el tráiler que Netflix puso bien a mano en los algoritmos de todos, esta serie prometía vértigo, sangre y sexo. Y con eso cumplió, pero no le agregó casi nada. El capítulo «La ventaja de Sonnie», por ejemplo, abre la serie a puro monstruo, mafia y muerte. Apurado por mostrar en 16 minutos cuanta teta y garra pueda, el corto no tiene tiempo para la reflexión: apela a que los personajes expliquen el sentido de sus acciones en el guion, para-que-se-entienda. Todo cruzado por un feminismo vengativo y una tensión sexual apresurada.

Cada vez que la serie intenta abarcar problemáticas como el colonialismo o la discriminación, no logra profundizar y termina refugiándose en la violencia y la velocidad. Lo que no significa que dentro de esa catarata de personajes básicos y predecibles, algunos cortos funcionen muy bien. El capítulo «Suits» condensa en 15 minutos de granjeros gringos tiroteando aliens todo lo que Titanes del Pacífico o Battleship hicieron en dos películas. Después de todo, Hollywood mantiene una industria de largometrajes sin escarbar mucho más.

Mejor que el drama funcionan los cortos que apelan al humor. Dos adaptaciones de cuentos de John Scalzi cubren esa función: «Los tres robots» deja una sonrisa constante en la cara, pero sin carcajadas. «El yogur que conquistó el mundo» es uno de los imperdibles: un cultivo casero de yogur que (atención amantes del kéfir) cobra conciencia y, en poco tiempo, llega al gobierno. El absurdo es llevado hasta su mejor destino sin caer en la tentación de estirar esos 6 minutos perfectos.

Casi en el medio de la antología aparece otro de los éxitos: «Más allá de la grieta». Basado en un cuento de Alastair Reynolds, es uno de los pocos cortos que presenta personajes con textura. Todo empieza, como tantas otras veces, con una nave y su tripulación. Una historia en el tono de la ciencia ficción clásica, inquietante y bien narrada.

En resumen, los cortos de Love, Death & Robots, con sus imágenes preciosas y sus pocos destellos narrativos, no le van a cambiar la vida a nadie. Pero la práctica duración de cada historia se suma a lo adictivo de los cuerpos desnudos o deshechos y a su tremenda potencia visual. El resultado es un producto efectivo, fácil de consumir y apto para entretenerse sin demasiadas pretensiones.