“No hay caso, a la gente le gusta pelearse”, dice uno de los personajes en la mitad de ATROCES Teatro intrascendente, obra de teatro que se está presentando en la pequeña sala del espacio cultural escénico El Piso. La sala genera una relación de intimidad entre los actores, los espectadores y los técnicos encargados de la música y de la iluminación, que están apenas separados unos metros de los actores por medio de los espectadores. Hay sí tres puertas ventana: una por donde entran los espectadores y otras dos que, en esta obra, se decidieron utilizar para generar un espacio virtual que, todo nos indica, es la continuación del interior de una oficina. Ahí afuera, que es en realidad otro adentro, amenaza la seriedad con toda su madurez; mientras tanto, en el cuadrilátero que enfrenta el campo visual del espectador, se atiborran los intersticios de esparcimiento y se desbordan de llana risa los límites de ese espacio íntimo que encierra un secreto.

Son tres los actores en escena: Pablo Bellocchio, Rodrigo Bianco y David Subi. Cada uno hace decantar situaciones particulares que se articulan en el efecto producido en el otro. Lo que emerge es una constante prueba de poder, pero no entendido éste como soberanía sino como muestra de supremacía ante los ojos que parecen acechar. La síntesis de ese juego de rivalidades con nadie en particular, y por ende universal, se expone como una instantánea al momento en que los intérpretes recitan con voz y gesticulación autómata grosos pensamientos que los enajenan por unos segundos. Una pregunta posible a modo de reflexión sobre el juego y el poder apunta a las circunstancias que el juego genera per se; es decir: ¿se trata siempre de una lucha en el juego? ¿Hay rivalidad siempre, aunque el rival sea un fantasma? ¿Qué de cada uno se pone en juego al momento de demostrar la habilidad que el juego pone a prueba?

La dirección de Marivi Yanno –quien es también la dramaturga de la obra– se fuga por intermedio de los intérpretes, como si se tratara de una vara mágica que ha efectuado una aparición. Los actores miran al espectador de manera cómplice, se ríen con ellos; se mueven como si no tuvieran una ruta marcada o una escena ensayada. Lo que pasa en escena es una recreación del juego hecha sobre las bases de la actuación que, sin ir más lejos, es una manera de permanecer jugando. Porque cuando se juega todo está permitido; por medio del juego uno puede hacer lo que se le antoja (siempre que esté dentro de las reglas impuestas por cada juego) sin tener que dar explicaciones. Sin embargo, en la actuación las reglas no están del todo claras. Más bien, en el teatro la experiencia es lo que hace al juego; la aparición en escena, como si de magia se tratara, es de por sí una acción lúdica. La representación siempre fue un aquelarre, un aquí y ahora que encierra, que atesora, que irrumpe en el tiempo y en el espacio y luego se cierra como una planta carnívora luego de devorar a su presa.

¿Los límites en las artes dramáticas serán los mismos que en los juegos que juegan los dioses…? Nada se sabe de esto y sin embargo hay ciertas cosas que nacen del sentido común. Lo que desnudan los aplausos y las alabanzas no son sino humanos queriendo reír del principio de realidad, intentando escapar a la seriedad de la vida cotidiana pero sin salirse del todo. Cuanto más fuerte los aplausos más cerca de lo extraordinario están los aplaudidos. Empero, llegado el advenimiento de lo no actuado, no hay dioses en escena sino humanos queriendo trascender hacia otredad.

Lo que repiten de manera cíclica los participantes de la obra es el acto de jugar. Rutina laboral que deviene ritual entre ellos, logran dejar en suspenso la seriedad que el trabajo demanda en pos de un ritmo cambiante que genera el movimiento del tiempo. Se divierten, se sorprenden todas las veces, se funden en el temor de la pérdida (del juego, del trabajo, de la vida) y la esperan con ansias. La paradoja aquí consiste en negar al trabajo y en aceptar a su vez su lógica: los personajes por medio del rito del juego a escondidas del jefe (Pablo Bellocchio) aspiran a anular la esfera productiva aunque sin desligarse por completo del principio de realidad que anula la creación implícita en el juego. El sacrificio es una incesante amenaza pero no se consuma. Octavio Paz, en su admirable ensayo Risa y penitencia, sentencia que “(…) los dioses juegan y crean el mundo; al repetir ese juego, los hombres danzan y lloran, ríen y derraman sangre. El rito es un juego que derrama víctimas (…). Regocijo que es penitencia, fiesta que es pena (…).” El jefe de la oficina es el encargado de dar y de quitar la vida; de él depende la consumación del rito. Es el único que puede darse el lujo de jugar, a sabiendas de todos, sin riesgos colaterales. Cuando el jefe juega todos pueden jugar. Como las divinidades, él se sacrificó creando lo que genera la supervivencia sobre la tierra: puestos de trabajo.

Dice Paz en el mismo ensayo que “(…) Como el sacrificio, la risa niega al trabajo. Y no sólo porque es una interrupción de la tarea sino porque pone en tela de juicio su seriedad. (…) Así, retira toda significación al trabajo y, en consecuencia, al mundo. En efecto, el trabajo es lo que da sentido a la naturaleza: transforma su indiferencia o su hostilidad en fruto, la vuelve productiva. (…) Por la risa el mundo vuelve a ser un lugar de juego, un recinto sagrado, y no de trabajo.” Jugar es la vía selecta para desatar pasiones sin vergüenza ni culpa. Durante el juego vale todo. Como si se tratara de un impasse de lo cotidiano, se halla en el juego una libertad del ser, una posibilidad de socorrer las emociones que contenemos en la seriedad de la vida adulta. Los límites del juego en ATROCES… se borronean y se vuelven a delinear con suavidad y apuro. Por momentos, el espacio de trabajo se vuelve confuso; ¿es una oficina realmente o es un simulacro? Al mismo tiempo, el que hace de jefe se funde con los supuestos empleados y juega como un niño, pero su agresión no tarda en aparecer y somete a situaciones de suma violencia a sus compañeros de juego. Cuándo es un juego y cuándo no; cuál es el límite; dónde está el peligro, si lo hay… Escenas que recuerdan al polémico experimento en la cárcel de Stanford.

En ATROCES…, no obstante, la justificación a la coerción que ejercen los actuantes, unos sobre otros, se ampara en los fantasmas. Es precisamente en la articulación del deseo con lo retenido que se desata la violencia y se consagran los pensamientos rumiantes. Esa consagración aloja la marca del dolor, el pathos, la sangre que se ha derramado. Pero los fantasmas están ahora tranquilos, por quién sabe cuánto tiempo, disfrutando de tan maravillosa fortuna. El deseo, en cambio, siempre puede esperar.

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ATROCES Teatro intrascendente, de Marivi Yanno, se presenta los domingos a las 20h en El Piso (Hidalgo 878, CABA).