“Si tuvieras que elegir convertirte en una bacteria o en una piedra, ¿qué elegirías? Las bacterias son incansables, hiperactivas, me agotaría… Una piedra; una sobre la que descanse un animal grande”; algo así se lee al comienzo de la obra cuando todavía no hay cuerpos sino ruidos articulados en una pequeña pantalla, sostenida en lo alto de la escena. La representación se inaugura desde las palabras y sin embargo pareciera ser que el punto de partida se divide en 2: significantes que hacen eco en lo que más tarde serán acciones y una historia que comienza con la invención de la sociedad. La obra se pregunta desde los 2 inicios cómo se hace historia y desde cuándo: ¿a partir de las palabras y sus ecos o a partir de la sociedad que fue solamente ruido?

La primera imagen con actores remite a la Tierra: ruidos y resonancias que son viento, animales y voces que hacen sonidos. Las piedras que aparecen en un primer momento amontonadas en un rincón y al fondo –y las personas, que deshumanizadas, se aúnan por el coro que cita al caos– componen un retrato de lo primigenio, de aquello que concebimos como el origen de lo conocido. Acaso la naturaleza son también esas personas que aún no son personas sino cuerpos y ruidos de una especie en extinción, como tantas otras.

Como quien gusta de una crónica de accidentes vanos que cobran relevancia en la superficie del relato, Las piedras –escrita y dirigida por la multifacética Agustina Muñoz– es una obra que representa juegos que pudimos haber jugado, sueños que no logramos revivir del todo y disparates que nuestra mente evoca pero deja que se diluyan con pensamientos que arremeten contra el tiempo. Ese caos que es vida y muerte al mismo tiempo es lo que irrumpe con la primera aparición de los actores y es el hilo que subyace a toda la obra: “Somos polvo de estrellas” repiten incesantemente, una y otra vez, los 4 intérpretes.

La evanescencia de lo que conocemos y la esperanza de que nada se agota sino que se transforma es la función cardinal que aborda la obra en torno a las piedras, como elementos que condensan al mundo. Las piedras no están sólo a modo alegórico o decorativo, son parte fundamental del relato teatral y, por tanto, de la escenografía: ésta se arma y se desarma con piedras y con la facilidad de una casa. ¿Y por qué de una casa? Los actores intentan recordarnos que una casa es una construcción donde uno hace marca pero no deja huella; es un lugar de tránsito aunque se haga comunidad ahí adentro. Las casas se arman y se desarman, las piedras no: en ellas reposa, como lo hace un animal, la erosión que cada momento deja; sus grietas y sus indicios de colores y texturas son vida fosilizada, muerta pero orgánica.

¿Están en algún lugar esos libros que nunca llegamos a leer? ¿A dónde fueron esas cosas que se destruyen? ¿A dónde lo que ya ha pasado y nos lo hemos perdido por su desaparición? ¿Lo que se extingue deja de existir o se transforma en otra cosa? Esas preguntas –más o menos así– (¿se?) hacen los actores llegando al final de la obra; pero como quien esquiva angustias y tristezas, lanzan la piedra y esconden la mano para nunca responderse y seguir haciendo historia.

Con extrema cuota de humorada y con un carácter lúdico increíblemente verosímil, Bárbara Hang, Denise Groesman, Rafael Federman y Vladimir Duran se deslizan por tiempos y espacios con la aptitud de un camaleón: desde una fantástica historia de cómo en realidad Jesús no fue crucificado (refiriendo al Corán) sino que un pueblerino con el mismísimo rostro de Jesús fue a cargar con la cruz, hasta una seguidilla de imágenes donde los actores representan con la menor fidelidad y semejanza posible –ironizando la ya antigua connotación de la palabra representación– cuadros pintados entre los períodos de 1400-1900. La ironía es una figura clave a la que se acude más como estética del lenguaje teatral que como norma y grado en los diálogos. Ahí, en el habla, se entusiasma más el absurdo como táctica de fuga a esas cuestiones que hacen mella en la vida de esos protagonistas.

En el medio del delirio de citas que retornan para hacernos pensar en cómo intervenir –mirando atrás– nuestro presente para clarificar un poco el futuro, le cuentan a una de las actrices (Denise Groesman) sobre una carta de amor, que le llegó tarde y por manos de otro actor (Vladimir Durán), y que le habría escrito un afecto con el que mantuvo una relación amorosa en algún tiempo. Ella rememora –a propósito de la repetición de una frase esbozada en dicha carta– una historia que en realidad, se supone, ha ocurrido entre dos viejitos: un amor de esos que se pronuncian de inicio a desenlace como tópico amoroso; el viejito le decía a la viejita que seguía siendo tan deseable como añares atrás, al conocerla. Inmediatamente después de ese pasaje del boca-en-boca de la carta y de las historias en paralelo (la historia de la carta y la relación concerniente a ella, la historia de los viejitos y la historia de la representación teatral) ambos actores se hunden en las comunicaciones pasadas. Comienzan a decirse que quieren todo juntos: atravesar el tiempo y seguir estando juntos pero en el medio separarse y ser libres y hacer la suya, y viajar, y volver y viajar de nuevo, empero que nada cambie por eso. Entonces bailan –con una música cuasi electrónica; medio pop y medio acriollada, y cantada en italiano– como representando con el cuerpo el sollozo y la furia que desencadenan esos deseos de sí y de no, de ahora, mañana o mejor ayer, donde la noción del tiempo se queda petrificada mientras la pulsión se satisface en su lugar de pertenencia: el cuerpo.

Ópera, arte visual, historia universal, cultura, antropología, danza de torsiones y movimientos de estímulo, naturaleza compuesta por voces, ruidos que son culturizados, fósiles y comunión son ítems que amplifica la obra para anticiparse al caos y todo es posible gracias a estas dos últimas: todo lo que conocemos estaba ahí, y sigue estando en las piedras. Aquello de lo que nos perdemos en la causalidad del tiempo puede transformarse y converger en un relato tergiversado para dejar de ser una impresión de lo sensible. No obstante allí las piedras: éstas se infiltran entre los testigos historicistas siendo la perdurabilidad de la infinitud que la comunicación no puede ni aprehender ni presenciar. En ellas –relegadas a la construcción y a la jactancia pomposa– vive la pérdida y su conservación y, en lugar de ir a su encuentro en busca de respuestas, elegimos contar historias sobre esos disparates que nuestra mente distorsiona.

Las piedras se presenta todos los jueves y viernes a las 21hs, en la sala 3 del Centro Cultural San Martín (Sarmiento 1551, CABA).

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