Desde hace más de dos décadas, el No Ar Coquetel Molotov se consolidó como uno de los festivales más inquietos y necesarios de Brasil: un espacio que apuesta por la música independiente antes de que se vuelva mainstream, que mezcla tradiciones pernambucanas con vanguardia global y que privilegia la diversidad como brújula curatorial. En Recife, su casa histórica, el festival funciona como un punto de encuentro entre escenas, generaciones y territorios, además de un termómetro de lo que está por venir. En su edición número 22, realizada el pasado sábado 6 de diciembre en el Campus de la UNFP, con entradas agotadas y una programación expansiva, el festival reafirmó su rol dentro de la cultura contemporánea brasileña.
Capital del estado de Pernambuco y una de las ciudades más antiguas de Brasil, Recife se levanta en la esquina noreste del país, entre ríos, islas y puentes que la convirtieron en un puerto histórico de intercambio cultural. La mezcla africana, indígena y europea moldeó una escena que hoy late en cada barrio, desde los tambores de maracatu hasta las noches interminables de música electrónica. Pero si hay un sello que define a la ciudad es el carnaval, un estallido callejero donde el frevo —ritmo vertiginoso y acrobático nacido a fines del siglo XIX— ocupa el centro absoluto. En Recife, la cultura no es un accesorio: es infraestructura emocional y motor social. Cada festival se vive como un pedazo vivo de su identidad.

Invitados por Embratur, Indie Hoy estuvo presente en No Ar Coquetel Molotov 2025. A continuación, lo más destacado del festival:
El indie rock nuestro de cada día
Los Pelados fueron los encargados de inaugurar la jornada con una declaración de principios: arrancaron con "Os Pelados sabem demais", canción que abre su flamante disco Contato y que arranca diciendo “vamos a acabar con la MPB”, una provocación irónica que funciona más como gesto generacional que como ataque. Con nuevo disco —el primero con esta formación— y un sonido que por momentos guiñaba al ruido de Dinosaur Jr., pasado por el filtro de Charli XCX, la banda paulista visitaba por primera vez el Nordeste de su país.
Minutos después, Terno Rei confirmó por qué ya funciona como institución dentro del indie local. Su show, preciso y sin grandilocuencias, reafirmó ese equilibrio entre melancolía y contención que los volvió parte del canon reciente de las guitarras brasileñas. El cuarteto con base en San Pablo llegaba a Recife con el excelente álbum Nenhuma Estrela. Por su lado, Jambre aportó un desvío psicodélico hacia los años 70, entre guitarras expansivas y climas retro, generando uno de los momentos más rockeros de la grilla.



Música de raíz y tradición pernambucana
Uno de los momentos más emotivos del día vino de la mano del Maracatu Feminino de Baque Solto Coração Nazareno, que llevó el ritmo originario más allá del escenario. Hubo movimiento, cuerpo, canto y una conexión que se daba tanto arriba como abajo, en un vaivén que recordaba que algunas tradiciones sobreviven justamente porque siguen vibrando en comunidad.
El cruce más performático llegó con Samuel de Sabóia, que convirtió la música pernambucana en un ejercicio de virtuosismo y puesta en escena: ocho personas en el escenario, capas de voz, gestos y una especie de liturgia visual que desarmó la idea clásica de “concierto”.
En la Concha, los Guerreiros do Passo mostraron por qué el frevo es una tradición que exige tanto como entrega. Mucha destreza física, un público fascinado con la música originaria y pequeños destellos de vogue que terminaron de actualizar la propuesta. Para muchos, fue una rareza: la agrupación salía de su tradicional paso por el carnaval para presentarse por primera vez en un festival.


Visitas internacionales: Latinoamérica raver y synth pop francés
Desde Colombia, Maiguai transformó el escenario principal en un pequeño ritual colectivo. El trío de cumbia digital combinó baile frenético con una energía que no perdía ternura, mientras pedían por una Latinoamérica unida. La participación de la pernambucana Sam Silva sumó aún más textura a un show que se sintió celebratorio.
La francesa Zaho de Sagazan aportó el costado más oscuro y sintetizado del día. Su synth-pop dramático, sostenido por una presencia hipnótica y destellos de la chanson, fue uno de los shows más comentados: elegancia sin perder intensidad.
Todo lo contrario sucedió en el escenario Concha, cuando subió Isabella Lovestory y su arsenal de hyperpop con actitud provocadora, coronando uno de los sets más performáticos del festival. Entre reggaeton futurista, estética Y2K y una presencia escénica magnética, la hondureña convirtió el escenario en un espacio de deseo, humor y empoderamiento. Su show -sensual e irónico a la vez- funcionó como un quiebre perfecto dentro de la jornada: un recordatorio de que el pop debe ser provocador.



La energía nocturna del club
El KMKZE, a mitad de camino entre los otros dos escenarios, funcionó como club permanente. Desde las 17 y hasta el cierre del festival a las 5 de la mañana, una seguidilla de DJs sacudieron la pista. Por allí pasaron Roda de Sample, Vintchen, Pedro Mooniz, L4ís, Iru Waves, Holandês, DJ Marky, Mamba Negra, Cashu, Kontronatura, Metalluna, Baile da Brota, Mc Thammy y Cia Lá Máfia. El venezolano DJ Babatr se llevó aplausos por un set energético y casi quirúrgico, fiel a la estética acelerada de la Raptor House.
Mientras tanto, el escenario Concha recibía directo desde Niterói el desborde de Vera Fischer Era Clubber, quien llevó el pop de club a un nivel visceral: bajos gruesos, entrega total y un ida y vuelta con el público que convirtió cada track en invitación directa al baile. Queremos verlos en un antro argentino.


El epicentro pop y rap
Los actos centrales del escenario CQTL MLTV fueron una demostración del espíritu del festival, acercando la vanguardia al mainstream, pero sin olvidar los nombres que se convirtieron en leyenda.
Con tres discos publicados, Urias ofreció uno de los shows más producidos del día: coreografías precisas, bailarinas, cambios de ritmo y una presencia escénica que por momentos rozaba la épica pop a lo Beyoncé. Apoyada por su flamante álbum Carranca, no quedaron dudas de su ascenso dentro de la escena mainstream brasileña: definitivamente hay que seguirla de cerca.
Don L llevó al escenario una de las performances más densas del día, con un rap cargado de conciencia política y una narrativa que combina autobiografía, crítica social y elegancia lírica. En un festival donde conviven tradición y vanguardia, Don L aportó la mirada urbana y contemporánea de Fortaleza, recordando por qué es una de las voces más respetadas del nordeste brasileño. Algo así como un manifiesto en tiempo real.



El cierre, ya prácticamente de día, estuvo a cargo de una Gaby Amarantos en modo imparable. La presentación de la oriunda de Belén giró en torno a Rock Doido, su más reciente álbum de estudio en el que su tecnobrega se expande hacia un pop de escala global -de hecho, el DJ que la acompañó no titubeó en colar alguna canción de Lady Gaga-. Un cuerpo de bailarines en escena y múltiples cambios de vestuario reforzaron el perfil performático del show. Lejos de diluir su identidad, ese exceso funcionó como afirmación: Amarantos convirtió el escenario en una fiesta híbrida entre raíz amazónica y ambición pop.
Más allá de lo que ocurría arriba de los escenarios, el Coquetel Molotov volvió a demostrar que su compromiso con la diversidad excede lo estrictamente musical. La presencia de la Feira Preta, con emprendimientos locales y afrolatinos, y la implementación de una lista trans —siendo pioneros en esta iniciativa dentro del circuito de festivales brasileños— subrayaron una curaduría que piensa la cultura desde lo comunitario y lo inclusivo. Días antes, el Coquetel Molotov Negócios reunió a artistas, productores y agentes de la industria en una serie de actividades formativas. Todo bajo la producción conjunta de Coda Produções y el Instituto Cultural Coquetel Molotov, que una vez más lograron articular cultura, música y comunidad de manera genuina.









