Antes de convertirse en una sala atravesada por cientos de bandas, fiestas y artistas, en Fitz Roy 1519 funcionaba una parrilla que llevaba varios años sin encontrar su rumbo. El lugar pertenecía a Juan Carlos, padre de Matías Ramos, y cargaba además con una historia vinculada a la música: anteriormente había funcionado allí Club X, asociado al entorno de los Ratones Paranoicos, y el espacio conservaba la habilitación para realizar shows en vivo. Una fecha aislada terminó mostrando que detrás de aquel restaurante podía existir otra cosa.
Fernando Russo trabajaba entonces en el área de marketing de una reconocida cerveza y, paralelamente, se desempeñaba como manager y trabajaba con distintas bandas. Esa combinación entre la experiencia de Matías con el espacio y los vínculos que Fernando había construido alrededor de la música y la noche terminó convirtiendo una conversación entre amigos en un proyecto posible.
“Yo conocía a las marcas, conocía a las bandas y le dije: ‘Vamos a poner un bar’. Habían hecho un show un fin de semana y explotó. No tenía nada que ver con la circulación habitual de la parrilla. Estuvo buenísimo”, cuenta Fernando.

Aquella primera Makena tenía, además, una fisonomía bastante diferente de la que terminaría imponiendo el paso de los años. Había nacido con una estética de cantina inspirada en Caminito, con chapas, pequeñas ventanas de colores, espejos y objetos decorativos. La transformación progresiva en sala de conciertos y espacio nocturno también fue modificando su aspecto: parte de aquellas texturas desaparecieron a medida que la música empezaba a ocupar cada vez más lugar.
La música apareció desde el comienzo. Willy Crook estuvo a cargo de la inauguración y, apenas un mes después, Skay Beilinson ya pasaba por el escenario. Dancing Mood encontró allí un espacio para sostener un ciclo propio y, con el correr de los años, esa lógica se convertiría en una de las características de Makena: más que una sucesión de fechas aisladas, la programación empezó a generar noches con identidad propia y públicos que regresaban semana tras semana.
Esa tradición continúa en la programación actual, donde distintos días fueron desarrollando una personalidad propia. Los miércoles, The Jack’s Experience, comandada por Jero, Ponch y amigos, pone el foco en el rock y la zapada; los jueves, UOPA abre el juego hacia sonidos más actuales y alternativos; y los domingos, Afromama completa una grilla en la que conviven públicos y escenas diferentes.
Pero la relación con los músicos pronto excedió el escenario. Algunos ya eran amigos de sus dueños antes de que Makena existiera; otros llegaron como artistas y terminaron incorporándose a una trama que se fue ampliando con los años. En aniversarios, fines de semana o noches cualquiera, la frontera entre quien iba a tocar y quien simplemente había salido a encontrarse con amigos podía desaparecer. Por allí pasaron Andrés Ciro Martínez, Vitico, Guasones, Bersuit Vergarabat, Fernando Ruiz Díaz, Pity Álvarez y Piti Fernández, entre muchos otros.
“Siempre pasan cosas. Los fines de semana vienen artistas a cantar, a disfrutar y terminan subiéndose al escenario. Muchas de las fotos que tenemos son de los aniversarios, cuando se acercan a compartir lo que viven acá con la gente. Makena es eso: una comunión entre el público, los artistas y nosotros”, resume Valeria Facchini, una de las dueñas del lugar.
Con el tiempo apareció, además, otro fenómeno: músicos que alguna vez habían tocado frente a audiencias pequeñas empezaron a regresar después de que sus carreras crecieran muy por fuera de las dimensiones de la sala. El Kuelgue tuvo allí parte de sus primeros años y Salta La Banca realizó en Makena su debut en vivo. Esa memoria terminó convirtiéndose, dos décadas después, en la materia prima de Ediciones doradas, un ciclo pensado para invertir la lógica habitual del crecimiento artístico: después de llegar a escenarios cada vez más grandes, volver a tocar cerca del público.
“Ediciones doradas empezó como un sueño: que artistas que hoy llenan lugares enormes y habían arrancado en Makena volvieran a tocar en casa. Queríamos que fuera algo cercano. Después dijimos: ‘Bueno, vamos a registrarlo, vamos a grabar un disco’”, cuenta Valeria.
Las sesiones dieron origen al primer álbum directamente vinculado con la historia del espacio. Las distintas ediciones fueron registradas y una selección de esas grabaciones terminó masterizada por Álvaro Villagra para convertirse en el primer volumen de Ediciones doradas, un proyecto que sus dueños ya imaginan con futuras entregas.
Mientras algunos músicos regresan, el público se renueva. Veinte años de actividad produjeron una convivencia poco habitual para un espacio nocturno: frente al mismo escenario pueden encontrarse personas que frecuentan Makena desde hace décadas con jóvenes que apenas superan los 18 años. En los últimos tiempos, incluso, sus dueños empezaron a percibir que la edad promedio volvía a bajar. “Cada vez vienen más chicos y está bueno que se acerquen a géneros y canciones que son clásicos del rock nacional y que acá se escuchan todo el tiempo”, señala Valeria.
Sostener esa renovación sin perseguir cada cambio de época parece haber sido una de las claves de su permanencia. En veinte años, la noche porteña vio aparecer y desaparecer escenas, estéticas y formas de consumo; Makena fue incorporando nuevas generaciones sin modificar por completo el centro de su propuesta. El rock, el funk y la música disco siguen funcionando como coordenadas generales, mientras algunas noches específicas permiten abrir la programación hacia sonidos contemporáneos. Esa convivencia hace posible que nombres como Wos o Dillom también hayan empezado a aparecer espontáneamente por el lugar.
“Me preguntan por Instagram qué música pasamos y nosotros siempre contestamos: rock, funk y disco”, sintetiza Fernando. “Los jueves son el día más alternativo, donde pueden sonar cosas más modernas de la escena actual. Después, los demás días seguimos siendo lo de siempre”.
De Madness a Damon Albarn y de Pity Álvarez a Joaquín Levinton: visitas estelares y shows espontáneos
Uno de los primeros episodios de esa historia llegó cuando Makena todavía estaba dando sus primeros pasos. Madness había viajado a Buenos Aires para tocar en el Personal Fest y su vínculo con Dancing Mood terminó llevando a la banda británica hasta el pequeño escenario del club para un after show junto a Mimi Maura y Sergio Rotman. “El escenario era chiquitito. Entraban tres arriba y había como ocho abajo. Nosotros acabábamos de abrir y estaba tocando Madness. Era una locura”, recuerda Fernando.
La lista acumulada desde entonces parece improbable: Damon Albarn llegó una noche después de un Primavera Sound; Las Pastillas del Abuelo volvió para tocar frente a unas 400 personas; Ciro Martínez protagonizó otro de sus aniversarios; y Skay Beilinson pasó de una zapada improvisada a preguntar cómo podía organizar un concierto allí. Dos semanas después, las entradas para su show se agotaron en menos de una hora.
"Yo estaba extasiado. No podía creer que estuviera Skay acá y que quisiera tocar. Me dice: '¿Cómo hago para tocar? Me encanta el lugar'. Y yo le dije: 'Como quieras. Te regalo la llave y vení a tocar cuando quieras'", recuerda Fernando.
Lo excepcional terminó convirtiéndose en parte de la rutina. Una misma noche podía reunir a músicos que difícilmente compartirían cartel y propiciar encuentros que desaparecían tan rápido como habían surgido. En otra ocasión, Baltasar Comotto estaba en Makena cuando apareció Chizzo Nápoli. Los presentaron y, cerca de las cuatro de la mañana de un sábado, terminaron tocando juntos. Joaquín Levinton, en cambio, podía resolverlo sin intermediarios. "Por ahí no te avisaba. De repente estabas tomando algo, lo veías subir la escalera y se iba directo al escenario", cuenta Valeria.
Hay una razón material para que esas situaciones puedan ocurrir. Makena mantiene el escenario preparado aun cuando no haya un recital programado: instrumentos disponibles, equipamiento y una estructura técnica que permite transformar una visita casual en una presentación. Para sus dueños, esa disponibilidad terminó generando un pacto tácito con los músicos que frecuentan el lugar.
"Los músicos saben que acá encuentran un lugar donde pueden hacer su arte. Saben que si se suben va a haber buen sonido, que van a tener una viola, un bajo, cualquier instrumento. Makena está preparado para eso. Saben que van a estar cuidados y que el público los va a recibir bien aunque no sea un show anunciado", explica Valeria.
Algunas noches llevaron esa lógica hasta extremos difíciles de inventar. Pity Álvarez era uno de los visitantes frecuentes del lugar y protagonizó varios shows y apariciones inesperadas. Una vez llamó antes de llegar para advertir que esa noche iría acompañado por una "mascota". Fernando imaginó inmediatamente el problema de meter un perro en un boliche lleno de gente y música. Cuando seguridad lo llamó desde la puerta, descubrió que la situación era bastante diferente. "Me dicen: 'Che, está Pity afuera, pero no sé si da para que entre'. Pregunto por qué, salgo y tenía una pitón de dos metros. Y entró con una pitón de dos metros".
Incluso las separaciones de las bandas podían quedar momentáneamente suspendidas puertas adentro. Durante un cumpleaños de Fernando coincidieron en Makena los integrantes de Catupecu Machu, que por entonces estaban concentrados en proyectos diferentes. Fernando Ruiz Díaz regresaba de una gira solista por Uruguay y, avanzada la madrugada, apareció una propuesta tan simple como improbable: tocar. "Eran las cuatro de la mañana y salió Catupecu a tocar. Hicieron cuarenta minutos de hits y la gente se arrancaba los pelos. Hacía tiempo que no veía un pogo tan armado".
La interrupción por la pandemia y el esperado retorno
La pandemia fue probablemente la interrupción más brutal que atravesó Makena en sus veinte años. Para un espacio construido alrededor de la proximidad entre músicos y público, el aislamiento significó mucho más que mantener una persiana baja: de un día para otro desapareció aquello que hacía funcionar al lugar. Makena y Lucille cerraron con todo su personal y, durante ese período, sus dueños decidieron mantener los puestos de trabajo y continuar pagando los sueldos de las familias que dependían de ambos espacios.
"Fue una locura porque nos fuimos adaptando a los distintos formatos que se permitían. Por ejemplo, decían: 'Ahora se puede abrir de día', y nosotros armábamos shows de día. Todo fue una adaptación a la realidad que se estaba viviendo", recuerda Valeria. Matías agrega: "Cerramos los dos lugares con toda la gente que había trabajando y pagando los sueldos. Se mantuvieron todas las familias que trabajan en Makena".
Cada flexibilización se convirtió entonces en una oportunidad para recuperar algo de aquella dinámica perdida. Primero aparecieron pequeños shows en la terraza y la vereda de Lucille. Después llegaron los conciertos con aforos mínimos: 2 Minutos, por ejemplo, llegó a tocar en Makena frente a apenas 60 personas. La escala resultaba insólita para una banda acostumbrada a públicos mucho mayores, pero también condensaba las ganas acumuladas de volver a encontrarse alrededor de la música. Las entradas disponibles se agotaban con facilidad y el sold out adquiría, por un rato, un significado completamente diferente.
En uno de sus aniversarios encontraron otra manera de atravesar las restricciones. Cerca de quince artistas pasaron por Makena durante una transmisión en vivo seguida desde distintos puntos del país. Adentro, sin embargo, faltaba una pieza fundamental de cualquier noche del lugar.
"Acá estaba vacío. Tocaban ellos, pero no había público", recuerda Matías. Parte de la audiencia siguió aquella celebración desde una pantalla en Lucille y el resto desde sus casas. "Fue una forma de adaptación y de conexión con tanta gente", completa Valeria.
La reapertura devolvió de golpe esa pieza faltante. Fernando recuerda que el regreso a la normalidad fue "fuertísimo", una intensidad que todavía puede reconocerse dos décadas después de la inauguración. Un sábado cualquiera, cuando los dueños abandonan el lugar cerca de las cuatro y media de la mañana, todavía pueden encontrarse con una fila que llega hasta la esquina esperando para entrar.
La filosofía de Makena rumbo a la celebración por sus 20 años
Después de veinte años, definir exactamente qué es Makena sigue generando cierta discusión. Hay una palabra, al menos, que sus dueños descartan: "roquería". Por su escenario pasaron demasiadas músicas, escenas y generaciones como para encerrarlo dentro de una única tradición.
"Estamos medio de acuerdo los tres: es un club de música. Porque pasan un montón de estilos, no es solamente rock. Tenemos reggae, tenemos funk y otros géneros de manera asidua, no cada tanto", define Fernando. Para Valeria, hay además tres pilares que sostienen esa idea: "Creer en la cultura, desarrollar artistas y que los que ya están consagrados sigan sintiendo esto como su casa. Y siempre el valor de la música en vivo".
Esa filosofía también se juega lejos de los nombres capaces de agotar entradas. Una banda desconocida puede escribir al Instagram de Makena, enviar su material y atravesar una curaduría antes de llegar al escenario. Allí encuentra backline, sonidista, iluminador y un equipo que intenta reproducir el mismo cuidado independientemente de quién tenga enfrente. Incluso Makena y Lucille funcionan como escalas diferentes para encontrar el espacio adecuado para cada proyecto y evitar que una banda incipiente tenga que enfrentarse a una sala demasiado grande para su convocatoria.

Algunas historias permiten medir los resultados de esa apuesta mejor que cualquier balance. Nicolás Bereciartúa fue guitarrista estable de la banda de Makena y acumuló allí cientos de horas sobre el escenario antes de ganar un Gardel y comenzar a girar internacionalmente con The Black Crowes. Cuando sus viejos amigos lo felicitaron por el premio, les devolvió parte del reconocimiento: les dijo que un pedazo de aquel Gardel también les pertenecía por haberle dado tantos vivos. Gastón Videla empezó a tocar allí a los 14 años y, con el tiempo, se convirtió en guitarrista de Don Osvaldo. Para quienes administran una sala, ver esos recorridos desde tan cerca también constituye una manera particular de medir el paso del tiempo.
"Cuando se agrandó y cambió todo, algunos decían que les gustaba más el escenario de antes o determinadas cosas, pero nosotros siempre transmitimos que la esencia era la misma", dice Matías. "Más allá de que después se puso más de moda el boliche o la joda, nuestra esencia siempre fue la de las bandas y la de respetar al músico, que se sienta cómodo y que vuelva".
Ahora, esa historia está a punto de desbordar por una noche los límites físicos del lugar. Los aniversarios de Makena se convirtieron con los años en fechas donde el secreto forma parte del atractivo: artistas que aparecen sin anunciarse, encuentros inesperados y un público que sabe que el programa nunca termina de explicar lo que puede ocurrir. "Todos quieren saber qué pasa, quiénes van a estar, cuál va a ser la sorpresa. Y dijimos: 'Estos veinte años queremos que los puedan disfrutar muchas más personas'. Entonces decidimos mudar Makena al C Art Media por una noche. Va a estar todo el espíritu de los aniversarios ahí", anticipa Valeria.
Después de veinte años, quizás esa sea la paradoja más precisa para explicar su presente: Makena tuvo que salir de Makena para que todos puedan entrar.
El festival Makena 20 aniversario tendrá lugar el jueves 10 de septiembre a las 20:30 h en C Art Media (Av. Corrientes 6271, CABA). Entradas disponibles a través de Passline, 20% de descuento con Comunidad Indie Hoy.









