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    Crítica de La nueva violencia: Dillom se burla de la época sin escapar de ella

    Después de Por cesárea y de convertirse en una de las figuras centrales de la música argentina, Dillom vuelve a correrse de las expectativas con un álbum que transforma el ruido, el agotamiento y las contradicciones del presente en una forma de euforia.
    De Juampa Barbero25/08/2026
    Tapa de La nueva violencia, disco de Dillom
    Dillom - La nueva violencia (2026, Bohemian Groove). Arte de tapa por Andrés Capasso y equipo
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    ¿Cuánta violencia puede soportar una persona antes de empezar a confundirla con entretenimiento? Guerras transmitidas en vertical, cuerpos convertidos en mercancía, intimidades ofrecidas al algoritmo, fortunas construidas frente a una cámara y tragedias que compiten por nuestra atención durante unos segundos antes de desaparecer bajo el próximo estímulo. Vivimos mirando, consumiendo y participando de ese flujo con una naturalidad inquietante. Dillom también. Desde ese lugar incómodo nace La nueva violencia: del vértigo de pertenecer a una época que convierte prácticamente cualquier cosa en espectáculo y de descubrir que señalar sus miserias resulta mucho más sencillo que escapar de ellas.

    Lo verdaderamente perturbador de esa nueva violencia es su capacidad para volverse cotidiana. Circula en las pantallas, en el deseo de pertenecer, en la obsesión por mostrarse, en la necesidad de consumir y ser consumido, en vínculos atravesados por las mismas lógicas de exposición que organizan buena parte de nuestra vida. Dillom observa ese paisaje desde una posición deliberadamente contradictoria: alcanzó la fama, conoce sus privilegios, disfruta de algunos de sus excesos y también siente el desgaste que producen. Esa tensión resulta fundamental para entender el disco. La mirada nunca parte desde afuera, sino desde alguien que descubre las grietas del sistema mientras reconoce sus propias huellas dentro de él.

    Esa contradicción también determina la forma en que La nueva violencia suena. Dillom construye un disco frenético, físico y extrañamente bailable para retratar un presente que parece avanzar a una velocidad imposible de procesar. La descarga inicial de "La nueva violencia" condensa esa sensación en apenas unos minutos; "Vedette" transforma el vértigo en movimiento; "Papá se volvió loco" agrega una dosis de desquicio; y "Superdiversión" lleva esa pulsión hacia un terreno donde la fiesta empieza a adquirir algo de combustión. Guitarras saturadas, sintetizadores agresivos, bajos distorsionados y voces procesadas chocan constantemente entre sí hasta producir una música que parece exigirle al cuerpo que siga moviéndose mientras el sonido se acerca peligrosamente al colapso. La violencia del álbum también está ahí: en convertir el agotamiento en una forma de euforia.

    Llegar hasta este sonido implicó un proceso que puede rastrearse a lo largo de toda la discografía de Dillom. Post mortem (2021) ya utilizaba el trap como un territorio permeable, dispuesto a contaminarse con guitarras, punk, pop y una sensibilidad heredada del cine de terror; Por cesárea (2024) llevó esa inquietud todavía más lejos, con una producción pensada al servicio de un relato oscuro y profundamente cinematográfico. La nueva violencia recoge esa búsqueda y la empuja hacia otro extremo: el rock, el post-punk, la new wave y la electrónica aparecen como materiales disponibles antes que como etiquetas a respetar. A esta altura, seguir intentando encerrar a Dillom dentro del género con el que comenzó su carrera dice bastante menos sobre su música que sobre nuestra necesidad de clasificarla.

    El arma más efectiva de Dillom sigue siendo el humor ácido. En La nueva violencia, la provocación funciona como una manera de deformar el presente hasta volver visibles sus aspectos más ridículos: "Gente común" apunta contra la homogeneidad de una escena obsesionada con pertenecer; "Fashion" convierte a la gente de moda en el blanco de su sarcasmo; "Nadie coge gratis" lleva las transacciones de la noche hasta el terreno de los vínculos; y "Palermo Hollywood" encuentra su mantra en una frase que se repite hasta volverse imposible de ignorar: "los días más felices fueron, son y serán". Dillom observa ese ecosistema con la precisión de quien conoce perfectamente sus códigos porque circula por los mismos lugares, participa de sus rituales y puede terminar siendo objeto de sus propios chistes. Pero detrás de toda esa mordacidad también aparece algo mucho más elemental: las ganas de divertirse haciendo música, de probar, exagerar y llevar una idea hasta donde resulte estimulante. La nueva violencia nunca pierde de vista el placer de jugar. Ahí aparece una de las mejores cualidades de su escritura: burlarse de una época sabiendo que su reflejo también aparece en el espejo.

    Dillom
    Dillom. Foto: Ramir Ponce

    Editado por Bohemian Groove, La nueva violencia ya muestra los dientes antes de que suene el primer tema. En la portada diseñada por Andrés Capasso —Noduermo, socio visual de Dillom—, una casa de juguete encierra una escena donde la inocencia parece haberse corrompido antes de tiempo: cuerpos diminutos, una vedette de plástico y las huellas de una adultez aprendida demasiado rápido. Desde una ventana, un pequeño Dylan contempla la escena sin ocupar realmente el lugar de un espectador: él también está atrapado dentro de la maqueta. La imagen concentra algo esencial del disco: cuanto más nos acercamos a aquello que parecía inofensivo, más difícil resulta sostener esa impresión. La casa de muñecas sigue siendo la misma. Lo aterrador es haber crecido lo suficiente para entender qué sucede adentro.

    Hay una paradoja especialmente reveladora detrás de La nueva violencia: para capturar el ruido de una época dominada por la sobreestimulación, Dillom necesitó aislarse de ella. El álbum fue compuesto y producido junto a Bernardo Ferrón, Coghlan, Fermín Ugarte, Franco Dolzani y Samuel Shea, con Santiago de Simone a cargo de la mezcla. El equipo se encerró durante quince días en una casona de 1860 convertida en estudio, donde borraron las redes sociales, abandonaron los celulares y pasaron jornadas de hasta doce horas dedicados exclusivamente a hacer música. Incluso sumaron una particularidad a la rutina: trabajar vestidos de traje. Ese encierro terminó filtrándose en las canciones. Los ecos de las habitaciones, los accidentes, las risas, las toses y algunas tomas que originalmente iban a ser provisorias permanecieron en las versiones finales, como pequeñas imperfecciones humanas dentro de un álbum obsesionado con retratar un mundo cada vez más artificial.

    Ese espíritu colectivo se extiende a una lista de invitados que cualquier otro disco habría convertido en parte central de su campaña. Juliana Gattas y Ale Sergi, de Miranda!, aparecen en "Gente común"; Sebastian Murphy, cantante de Viagra Boys, se filtra en "Papá se volvió loco" y "Fashion"; Juana Aguirre participa en "Cocodrilo" junto a St. Vincent, quien además aparece en "Palermo Hollywood"; Declan Mehrtens, de Amyl and the Sniffers, llega hasta "Amigos"; mientras que Juana Rozas, Babeblade y Terra acompañan como coristas en distintos momentos. Dillom decidió borrar todos esos nombres del tracklist como una pequeña resistencia a la lógica del featuring convertido en estrategia promocional: quería recuperar algo tan elemental como escuchar una canción y sorprenderse al reconocer quién aparece del otro lado. En un disco preocupado por la manera en que todo termina transformándose en contenido, esconder algunos de sus nombres más atractivos también funciona como una forma de devolverle cierto misterio a la música.

    Si el disco retrata una época entregada al exceso, el cuerpo es el lugar donde queda la evidencia. "Cocodrilo" se mueve entre la ostentación y el deterioro, con un Dillom que se proclama estrella de su propio escenario mientras acepta que piensa entregar el cuerpo destruido; "Minas", en cambio, convierte el deseo en una sucesión de imágenes absurdas, hasta fantasear con un Shazam capaz de reconocer mujeres. Sexo, consumo, ego y autodestrucción terminan hablando el mismo idioma: los cuerpos se desean, se exhiben, se clasifican y también se desgastan. Dillom vuelve a incluirse dentro de esa lógica y encuentra ahí otra de las tensiones que recorren La nueva violencia: saber perfectamente cómo funciona el juego tampoco impide seguir jugándolo.

    La Argentina de 2026 parece un terreno especialmente fértil para La nueva violencia: crispada, exhausta y cada vez más acostumbrada a convivir con la agresión. Dillom entendió que semejante presente difícilmente pudiera traducirse con buenos modales. A veces una época necesita un disco que la explique; otras, uno que tenga el valor de burlarse de ella.

    Hay momentos, sin embargo, en los que la ironía pierde terreno y deja expuesta una sensibilidad que hasta entonces permanecía escondida. “Souvenir” encuentra una ternura extraña dentro de un disco acostumbrado a mirar los vínculos desde lugares mucho más ásperos, mientras “Maniquí” deja asomar una fragilidad que contrasta con la seguridad de la estrella que recorría las canciones anteriores. Incluso “Elvis interludio”, con el audio de su padre después de ver un video de una actuación de Dillom, introduce algo difícil de fabricar: una voz familiar irrumpiendo en medio del personaje público. Y finalmente llega “Amigos”, una oda ramonera que parece resplandecer en clave crepuscular. Después de un álbum atravesado por la exposición, el deseo, la pertenencia y el consumo, Dillom encuentra en la amistad algo que todavía puede conservarse lejos de esas lógicas: personas con las que compartir momentos que quizás algún día se conviertan en hermosos recuerdos.

    Después de Por cesárea, Dillom decidió matar al personaje. También hizo estallar el espejo. La nueva violencia renuncia a la arquitectura del disco conceptual para hablar desde los pedazos: una voz se contamina con otra, una certeza dura apenas unos segundos y cada idea parece susceptible de ser saboteada por la siguiente. Hay algo de polifonía febril en ese procedimiento, de monólogo interior atravesado por interferencias, como si el álbum hubiese sido escrito con demasiadas pestañas abiertas en la cabeza. Dillom ya no necesita inventar una ficción que contenga el desorden porque esta vez el desorden contiene al disco. La atención pulverizada, las identidades en permanente edición y los discursos que envejecen antes de terminar de formularse encuentran en La nueva violencia una traducción posible de nuestro ruido mental.

    ¿Qué hace un outsider cuando finalmente consigue entrar? Entre Post Mortem y La nueva violencia ocurrió algo irreversible: Dillom pasó de irrumpir como una anomalía a ocupar un lugar central dentro de la música argentina. Su show en Vélez del año pasado terminó de confirmar una consagración que trae consigo uno de los peligros más silenciosos para cualquier artista: volverse predecible. Cuando el público ya reconoce sus recursos, espera la provocación y hasta sabe dónde buscar la incomodidad, repetir el gesto puede convertirse en la forma más rápida de domesticarlo. La nueva violencia responde a esa amenaza deformando nuevamente las coordenadas: cambia el sonido, desarma al personaje, difumina colaboraciones que podrían funcionar como trofeos y vuelve a ponerse en una situación de riesgo. Quizás esa sea la batalla que empieza a librar Dillom en esta etapa: evitar que el éxito termine convirtiendo su propia rareza en una institución.

    La nueva violencia está disponible en plataformas (Spotify, Tidal).

    Bernardo Ferrón Bohemian Groove Coghlan Dillom Fermín Ugarte Franco Dolzani Lanzamientos 2026 Música en Argentina
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