#AmorEInternet #02

Malén Denis es @malendenis (1989). Publicó los libros de poesía Con una remera de Sonic Youth (2009), Buscar drogas en Wikipedia (2014) y Un gran incendio de vidrios (2017) por Nulú Bonsai. Trabaja en Futurock.fm donde hace una columna diaria de cultura en #ALosBotes. Desde el 2015 dicta el taller “Escritura e intimidad”.

 

 

Ella va a cambiar tu vida. Así, decía el cartel verde sobre el cual sobresalía una cara pálida, de rasgos simétricos, pómulos marcados, un gesto pícaro que se anunciaba por sus ojos bien abiertos, cejas arqueadas y la boca formando un piquito. Sobre todo eso, la coronaba un recto flequillo, ébano.

Ébano es una palabra que aprendí de Blancanieves. De Blancanieves también aprendí que las mujeres matan por ser las más bellas, que los leñadores tienen piedad, que trabajarás para un montón de hombres orgullosos de ostentar sus propios defectos, y que eso te hará virtuosa, que la belleza es blanca, que si sos bella y trabajás duro por complacer a los enanos narcisistas va a venir un príncipe a buscarte, que eso es el amor, y que ese es tu destino fabuloso.

El amor para mí tenía que ser un destino, algo que pasaría casi que a pesar de mí, básicamente, porque desde que tengo memoria me parece una improbabilidad, desde una perspectiva lógica. No sin preocupación, mis padres recuerdan que a la moza edad de siete años dije que me parecía matemáticamente absurdo, considerando la cantidad de humanos en el mundo, que dos personas gustaran mutua y simultáneamente el uno del otro. Qué disparate.

Que apareciera el amor, el único amor, ese amor, ¡oh! el amor… Que apareciera esta divinidad por arte de magia, entonces, parecía tener el mayor de los sentidos en este contexto. Si era imposible por medios naturales, iba a tener que ser del orden de lo mesiánico, por obra de destino. Así que en las en las pestañas, en las velitas de cumpleaños, incluso las ajenas, en los puentes, en los trenes, me dediqué a manipular el destino: pedí desde ese entonces el amor, un novio, el príncipe, el destino fabuloso.

Y guardé chapitas con inicial, la S, la M, la D, la J, la B, la I, la T… E hice me quiere no me quiere con pétalos de alegrías del hogar. Y, cuando tuve internet, entré a un salón de chat de solos y solas, y sólo teníamos 9 años, y sólo duró 12 horas. Y sola entendí que internet era más efectivo que soplar un panadero, que tirar una moneda a una fuente, y que también era canal directo de los deseos. Un raudal de deseos interconectados.

Así abandoné los pedidos y empecé a buscar directamente la conexión, el álbum de fotos perdido que me llevaría hacia él. Y así creí encontrar en muchos EL amor. El amor en forma de ventana de chat, de comentario en blogspot, en forma de mail, en forma de memes hasta las 4 am. Y todas las veces sentí que llegaba mi destino, todas las veces volví a ser ella.

Ella que por los nervios que le generaba su padre le habían diagnosticado una rara enfermedad cardíaca que la llevó a ser educada en su casa por su madre, que muere trágicamente aplastada por un suicida. Fanática de Lady Di y coleccionista de sutilezas, como errores en películas, damos a la creación de un personaje tan inverosímil como irritante. El personaje a la espera del destino fabuloso, otra chica blanca de cabello de ébano salvada por un príncipe, en este caso ya no en caballo, sino en motocicleta. La razón de mi recurrente flequillo y mi -también recurrente- nick de MSN, la razón de mis borcegos varoniles combinados con faldas por debajo de la rodilla, con blazer de terciopelo. La causante de todo el mal de mi universo, esa ínfima francesa inocente y fantasiosa. Y ella también había pedido un deseo, sólo que a mí, los deseos -por suerte- no se me cumplieron, y -por suerte, también- nadie me salva.

Ahora todas mis proyecciones de bienestar están en esta computadora. Pero como dejé de ser Amélie y pasé a ser ella, como llegué a ser Malén, eso es parte de la próxima, o, más bien, de las próximas historias.

Foto principal: Rachel Weisz por Annie Leibovitz

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