El rock es música, el rock es cultura, el rock es épica y el rock es unx. Solía componerse de batería, bajo, dos guitarras, voz y unos amplificadores, pero algo pasó en los últimos años y ya nadie sabe bien si mutó a una forma superior, si vive, y en qué estado está. Pero hay una voz ronca que por lo bajo acusa y dice “ya nadie va a ver shows”, “no hay bandas buenas”, “nadie vende entradas”, y el letal “encima las feministas/los machitos no ayudan”. El 2018 fue un año crucial para evaluar esas opciones.

A vuelo de pájaro podemos decir que el rock nació con los Beatles, como una mezcla del blues y de Elvis Presley, y que a lo largo de las décadas cambió tanto que hoy no sabemos muy bien qué es, pero sabemos que tuvo tres décadas claves de reinado musical: los sinfónicos y psicodélicos 70, los 80 con el glam y el dance, el grunge y las bandas de estadio en los 90. En el cruce final de los 2000, el rock se mezcló con el hip-hop y el pop; con el negocio millonario de MTV y las discográficas. Si el rock era rebeldía, guitarras poderosas, estrellas y acción política, ¿qué quedó de eso a partir del tamizado que le hicieron a la cultura de masas la tevé e internet? El mercado homogeneizó mundialmente a la música, y creó esa ilusión de que sólo existe aquello que le es rentable.

A pocos meses de empezar la década 2020 nadie habla de rock. ¿El rock es una melancolía de unxs pocos? Si fuéramos Rob Gordon -él, tan melómano del género, tan noventero, tan fiel a la promesa cultural- y estuviéramos ordenando nuestros discos por orden autobiográfico seguro que el asunto se complicaría bastante a partir del 2010. El mítico vendedor de discos de esa clásica película ambientada en los noventa que fue Alta Fidelidad estaría indignado por la tapa de Duki en la Rolling Stone, su amigo echaría de la tienda a les pibes que fueran a buscar sus ¿discos?, pero seguro -y de esto estoy segurísima- escucharía a músicas mujeres. Porque en la película de Stephen Frears, que se estrenó en 2000, el cupo femenino lo lideró la inmensa Joan Jett, con Joni Mitchell, Katrina & The Waves, Aretha Franklin, Stereolab, entre otras. ¡Hasta van a ver a una tocar! Si fuera aquella una tienda argentina tendría a Suárez, María Fernanda Aldana, Juana Molina, Liers, She-Devils, María Celeste Carballo, María Gabriela Epumer, Las Viudas e Hijas de Roque Enroll (¡Le hicieron una canción al FMI!) por nombrar algunas, en posters en la vidriera. Lxs puristas dirán ey, ellas no hacen rock and roll, y se les contestaría otro viejo gritándole a las nubes. ¿Se le puede llamar rock a lo que hicieron ellas? Descarto que haya rock masculino y femenino pero sí me permito sostener la idea de que las mujeres en el rock fueron y son las que crearon otro registro sonoro, principalmente por haber sido marginadas y trabajar desde la exclusión de los focos de atención. Pero, ¿fueron ellas quienes lo mataron?

En ese momento pre-internet las discográficas comandadas por varones, los periodistas -en su gran mayoría varones- de música, y los vendedores de discos eran quienes acercaban recomendados al público, y el mecanismo para conocer nuevas bandas por fuera del mercado estaba muy vinculado a cómo te movías y cuántas ganas de descubrir tuvieras. Sonaba PJ Harvey, Sonic Youth, Björk, Garbage, Hole, Bikini Kill, Sinéad O’Connor, The White Stripes o Alanis Morissette en todas las radios del mundo, ellas fueron figuras esenciales. Después de que llegara internet, todo estuvo a un clic democrático de distancia, aunque nunca fuimos tan digitados en la escucha como ahora (hola Spotify, hola YouTube).

Con el tiempo, en los festivales, las bandas de rock fueron perdiendo protagonismo en las primeras líneas o solo quedaron esas viejas que apelan al público masculino y a la tradición de escucha barrial/familiar. No es porque el rock se murió, lo que se venció fue el modelo de negocios y cultura que proponía aquel universo del viejo rock and roll. El de los tipos como estrellas. Y si en la reinvención de la música no hay mujeres es porque la invisibilización es decidida. Un alerta: si el mercado dominado por tipos descubre que de este movimiento feminista se puede sacar una moneda van a llegar lxs mercenarixs a absorber lo que se está gestando, también en la música.

El periodista y crítico de arte, Pablo Schanton, publicó hace poco una nota en Ñ donde analiza cómo el trap corrió al rock de varones por derecha y cómo el feminismo lo hizo por izquierda. En 2018 los medios hegemónicos mencionaron la palabra rock solo porque las mujeres escracharon los métodos abusivos de comportamiento de esa cultura y de esos hombres. Si no fuera por eso, la palabra no se hubiera impreso en ningún diario, ¡ya ni suplementos donde escribirla quedan! Sin embargo fueron ellas las que produjeron lo más profesional e interesante del “rock” en el último año. Centrar el discurso en las bandas “pausadas por los escraches” también es menospreciar al disco de Rosalía, el de Marilina Bertoldi, el sello de minas Goza -de Barbi Recanati-, la organización de las mujeres para estar arriba de los escenarios mediante un cupo, a Cazzu -la más revolucionaria y popular de todas-, a Kali Uchis, y tantas más que concentraron lo novedoso, emergente, lo brillante del 2018. Pero, ¿podemos seguir nombrando a eso rock?

Cazzu en GEBA – Foto: Karina Dos Santos

Algunas famosas bandas de varones sacaron buenos discos, pero fueron más de lo mismo. Incluso si “las heroínas” de la canción fueron mujeres o si incorporaron lenguaje inclusivo para escribir un post, el rock de varones trabaja sobre una épica del rockero, glitter y plumas, la fantasía del imaginario de rock del cine, groupies, de la cual muchos no se hacen cargo y no quieren salir. Lo niegan sistemáticamente, aún cuando está a la vista de todxs. Aunque queden en ridículo negándolo. Y ojo, no hay puritanismo, porque el goce es un derecho, y el sexo es un placer. Es muy simple (tanto que la ley lo dice): si son mayores, hay consentimiento y no hay abuso de poder, vale. Lo que se discute no es la moralidad, es un modelo de relacionarse donde los varones no se anotician de sus privilegios, del poder que les da la figura de rockero. Si las pibas están hablando hace varios años sobre qué es el consentimiento y qué tipos de violencias no quieren vivir más, ¿cómo hay reticencias a entrar en la discusión y tomar nota de lo que dicen?

Más allá de sus comportamiento sexo-afectivos, la historia del rock puede marcar un surco entre aquellos que aún se aferran a ese orden de dominio masculino sobre-bajo el escenario, y aquellas bandas que sí pensaron una propuesta mixta, no binaria, andrógina, con un público inclusivo. Desde Virus, Soda Stereo, Cerati-Melero, hasta Miranda!, Illya Kuryaki and the Valderramas, ellxs abrieron su ego a incorporar mujeres como músicas y también -y sobre todo- como oyentes. Ojo, que no nacieron de un repollo: David Lebón, Charly García, Sumo, incluso Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, abrían sus shows a las mujeres músicas. Hace falta nombrarlas: Fabiana Cantilo, las Bay Biscuit, Vivi Tellas, Hilda Lizarazu, Patricia Sosa.

Si en el inicio hubo paridad, si en la cresta de la ola del rock se conformaron proyectos mixtos, corridos de la binariedad, andrógenos, al mismo tiempo que la cultura neoliberal del mega macho rockstar daba por mordida a la mejor fruta de su árbol -la sexualidad y el mercado-, algo pasó que lo hizo quebrar. Una porción quedó resistiendo en los márgenes, invisibilizada, pero siempre tocando, y ellos quedaron en los medios de comunicación perdiendo lentamente escuchas, público, vitalidad.

Rosario Bléfari – Foto: Juan Curto

Mañana no es mujer. Mujer es hace rato. Desde siempre. La cantante, poeta, actriz y rockera, Rosario Bléfari, subió a su Facebook una nota que empezó con un “Seguiremos invisibilizadas, si no decimos nada, hasta que se le antoje a alguno. El futuro es mujer proclaman por ahí, diciendo que ya llegará el momento, algún día incierto, donde existirá un rock hecho por mujeres, mientras tanto, hace años, estoy rodeada de mujeres que tocan todos los fines de semana”, dijo, y en los comentarios se armó un glosario de proyectos. Ahora ellas tienen una responsabilidad histórica más grande que la de sólo tocar: hay que conquistar.

Parte de asumirse del lado que pretende igualdad de condiciones está la responsabilidad de transformarlo en acción: mirar, escuchar, valorar, compartir, el trabajo de las colegas, las mujeres, las lesbianas, las trans, les no binaries. “Hasta ahora la historia del rock argentino es la historia del hombre en el rock argentino. Nos dijeron hinchapelotas, nos dijeron de todo”, dijo Marilina Bertoldi hace poco cuando ganó la encuesta del Suplemento No de Página/12 a mejor disco de rock del año, y agregó: “Ustedes (los músicos varones) se votaban entre ustedes, y no nos veían como pares. Se dieron cuenta ahora porque les dijimos que somos iguales”. Y el final de esa respuesta es vital para estos tiempos: “este año ganó una lesbiana”. La identidad como acción política, el verdadero y original espíritu del rock.

Marilina Bertoldi en Niceto Club – Foto: Kevin Luries

Parte de la responsabilidad que hay que asumir es la de visibilizar. Si en 2019 recién te enterás que lxs productores o los medios tradicionales prefieren poner en la tapa o en la primera línea del cartel a las bandas de varones porque le otorgan ventas seguras, entonces es responsabilidad de lxs consumidores, de lxs músicxs, de lxs periodistas, de lxs medios de comunicación alternativos, de cada unx, hacerse eco de eso y tomar un rol activo. No es que las mujeres no cortan tickets, es que hasta ahora los varones que hacen el negocio no les dieron la posibilidad.

Si fuera cierto que el rock está muriendo no es porque las mujeres escrachan a los músicos, es porque se aferran a un orden social que es insostenible, que ya no existe. El 2018 fue un año vertiginoso para el rock y los feminismos. Cada mojón en la historia complejizó el pensamiento preestablecido, y hubo más para cuestionar lo que se creía. Sólo enumero algunas cosas: el juicio a Cristian Aldana, el final del blog Ya no nos callamos más, las pibas en las vigilias de las votaciones por el derecho al aborto en el Congreso, los relatos de 45 chicas que vivieron situaciones abusivas con Onda Vaga, la organización feminista, colectiva y paciente de la denuncia de Thelma Fardín, lo que los medios hegemónicos le están haciendo, la reacción violentísima de los tipos que se sienten amenazados porque sus privilegios están derrumbándose. Si hay una estrella de rock con miedo a ser escrachado, a perder lo que construyó, es algo muy menor al lado de convivir con una historia de violencia sexual, con haber sido violentada, o con lo naturalizado del miedo que tenemos en el cuerpo. Y darse cuenta de esto también lleva su tiempo.

Sara Hebe en Festi Futurock en CC Konex – Foto: Catalina Calvo

Las mujeres, lesbianas, trans, chiques no binaries, están hablando, están produciendo, están grabando, están protagonizando lo nuevo. Sería de necixs no prestar atención. Sería tan poco rocker estar enojado con una rebelión que busca justicia social (en vez de, por ejemplo, no estarlo con quienes lo pretenden impedir). Callarse, enorgullecerse de la no postura política sólo afirma una posición conservadora y neoliberal, mucho más perversa que la tibieza. De esta rebelión saldrá arte, saldrá música, porque ellas y elles -como dice Marilina- estuvieron enojadxs y ahora están preparadxs, tienen algo para decir. Si el rock no habla de esto, si el rock pretende seguir en una ilusión del pasado, ¿qué estamos escuchando?

El rock vive y goza de buena salud. No hay tantas bandas llenando estadios, hay unos resabios machos del pasado. El negocio mainstream viró hacia el trap y el reggaeton. Pero en Buenos Aires, en las ciudades argentinas, alcanza para ir a una plaza en verano para escuchar una guitarra, o caminar un barrio para que te llegue el sonido de un bombo y un platillo. Son ellas y elles quienes tienen la voz en alto y están sonando. No sé si entra en aquel concepto de rock, pero quien te dice que no lo sea. Y además, una de las virtudes del rock es adaptarse, evolucionar y nunca morir. Ese es su superpoder.

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Romina es @romizanellato. Es periodista, colabora en Rolling Stone, LatFem, Billboard, entre otros. Escribió una novela, Entre dos ríos, editada por Rosa Iceberg. Hizo el podcast Los Cartógrafos junto a Rosario Bléfari y Nahuel Ugazio. Pregunta en http://amointernet.tumblr.com/.

Foto principal: Sara Hebe en Festival La Nueva Generación, por Juan Curto. Foto Romina Zanellato: Violeta Capasso.