Fue una de esas epifanías claras y potentes como los faroles de sodio que antes iluminaban la Ciudad de Buenos Aires con sus anaranjados y tibios soles miniatura. Durante una muestra colectiva que una veintena de artistas organizó a fines de 2020, el director colombiano Santiago Álvarez Giraldo tuvo una revelación: ahí, donde a pesar de la diversidad se palpaba una sensibilidad común, se estaba formando una escena. Con la certeza, sin embargo, llegó la urgencia. Y es que la efervescencia de una escena, sin importar lo fértil del fermento, con el tiempo, mengua.
Cinco años después, Buenos Fucking Aires es el resultado de esa urgencia, una película que, sin contar con más que escasos fondos propios y una constelación de amigas artistas, retrata un nicho que, desde entonces, no para de crecer y hacerse un espacio en una ciudad que cada vez parece tener menos lugar para la rareza.
La película sigue a Ana, una artista de veintitantos que da clases para niños y recibe la ocasional ayuda de sus padres mientras trata de superar a su ex y de entrar en el impermeable mundo de las galerías de arte. Un día, una estrambótica y apabullante galerista con mucho apuro y poco presupuesto le ofrece un espacio para hacer su primera muestra individual. Pero el aparente brillo de semejante oportunidad no tardará en encandilar a la protagonista.

Ya desde el comienzo, Buenos Fucking Aires plantea una tríada indisoluble que sirve como andamio para la película: la ciudad como centro de gravedad permanente para las raras y las distintas, el lugar imponderable de la plata en el ámbito artístico y la protección preponderante de las amigas. ¿Se puede hacer arte en soledad? ¿Y sin plata? ¿Quiénes, y a costa de qué, pueden vivir del arte?
Álvarez Giraldo no busca resolver ninguna de estas preguntas sino, más bien, complejizarlas hasta volver habitables las contradicciones que las componen, como cuando Ana, después de despotricar en contra de su amiga y conviviente por “cheta”, llama a su papá para reclamarle que no le mandó “lo del mes”, a lo que este la manda a conseguir un laburo de verdad: “¡De algo tenés que vivir!”.
¿Qué se hace, entonces, cuando hay ideas pero no hay plata? El director, al igual que la heroína de su película, recurre a las amigas, esa red heterogénea de artistas que se ayudan las unas a las otras. Por ejemplo, en Buenos Fucking Aires, aunque rara vez se note, no hay actores ni actrices profesionales. Desde las protagonistas hasta las extras, desde la producción hasta la fotografía, y desde quienes hacen las luces y la música hasta quienes aportaron las obras de arte que aparecen: todas son amigas.

Santito (porque llamarlo Álvarez Giraldo contrasta demasiado con la juguetona y fresca falta de seriedad con que el director se toma su trabajo) se zambulle de lleno en esas dicotomías y, como resultado, extrae un humor que chorrea de cada línea hasta el más delicioso enchastre, sin dejar títere con cabeza.
No solo sabe reírse de sus ídolos (como cuando la artista y escritora argentina Fernanda Laguna, que acaba de inaugurar su exposición en el MALBA, dice que “la poesía argentina es la mejor del mundo” solo para después meter el chivo de su clínica de obra particular), sino que también se mofa de sí mismo, sin miedo a encarnar el papel de amigo distraído de la protagonista que no dudará en soltarle la mano cuando las papas quemen, así como del mundillo al que pertenece (“No me gusta el arte, a mí me gusta la fiesta”, dice el personaje de Nawe Villarreal).
Hay, entonces, un juego entre ficción y no ficción, entre película y documental, en el que muchas de las artistas que aparecen en Buenos Fucking Aires mantienen su nombre y actúan de sí mismas. Además de Ana Capalbo, que encarna a Ana, la protagonista, y del propio director, que hace de asistente de la galería, protagonizan este largometraje Luciano Demarco (mejor amiga de Ana), Manuela Vecino (su roomie), Gal Vukusich (su ex), Carla Salesh (su enamorada) y María “La Tigra” Albín (la galerista). Estas dos últimas, quizás, sean los papeles más sorprendentes y memorables de la película y las catalizadoras principales de su particular humor.
Pero la película es mucho más que sus protagonistas y difícilmente sería lo que es sin las apariciones estelares y las contribuciones de las variadísimas amigas artistas del director, entre quienes se encuentran músicos como Dani Umpi, Mabel, Cornuda Posting, Keity Moon, Ceretti y Matt Montero (estos dos, además, responsables del soundtrack); poetas como Fernanda Laguna, Luki La Puti, Milagros Pérez Morales, Julien Teama y Valentín Etchegaray; y artistas de todo tipo, como Emilio Bianchic (con quien el director fundó el dúo Masstige, que produce la película), Sofi Finkel, Guzmán Paz, Mia Miguita Superstar, Rodrigo Moraes, Galaxia y Mar, entre otros. Este ecosistema es una de las tantas pruebas que demuestran la existencia del “escenio” o “escenialidad”, aquel concepto acuñado por Brian Eno que se refiere a los casos en los que la escena es el verdadero genio, y no tanto un individuo en particular.

Pero detrás de todo esto, y como personaje trascendental más que principal, está la Ciudad de Buenos Aires, o al menos un híbrido entre la versión de la misma que la pandemia reconfiguró y la que el director y sus secuaces, muchos sin ser nativos, adoptaron como propia. Un nicho, aún el más chico, puede ser una ciudad; y una ciudad, por más megalópolis que sea, puede funcionar como un pueblo, en el que el chisme prende como querosén y, aunque todas se conocen con todas, siempre hay algún misterio nuevo con el que entusiasmarse. Porque, ¿qué son las amigas sino el combustible del entusiasmo, la fuente inagotable de la energía más limpia?
En su flamante primer poemario, Te amo, el escritor, diseñador y amiga íntima de Santito, Julien Teama, rescata una frase del director que, más que decir, anhela: “Un deseo donde sea”. Y, según parece, Buenos Fucking Aires es la ciudad en la que los deseos -los dichos y los mudos, los egoístas y los altruistas, los de las estrellas fugaces y los de cumpleaños, los de las fuentes y las catedrales, los del genio de la lámpara y hasta los de los huesitos de pollo- se cumplen.
Después de su paso por festivales internacionales, Buenos Fucking Aires tendrá su estreno argentino el próximo 21 de mayo en MALBA Cine, en el marco del cierre de la muestra de Fernanda Laguna.









