Luego de la aclamada Titane, la directora francesa Julia Ducournau regresó al cine con Alpha, un film en el que nuevamente aborda el body horror e introduce una profunda lectura sociohistórica del pasado reciente. Como ya ensayó en su ópera prima, Raw, la cineasta se vale del coming of age para narrar la historia de Alpha y su familia, quienes sobreviven a un mundo en ruinas, a una misteriosa enfermedad y a la desintegración —por momentos literal— de sus vidas y de todo lo que los rodea.
Alpha es una adolescente que se encuentra en una etapa de autodescubrimiento, probando sustancias, explorando su sexualidad y enfrentándose a su madre dentro de un ambiente sórdido marcado por la soledad de la inmigración, la epidemia de las adicciones y un misterioso virus incurable que hace colapsar los hospitales y convierte a las personas en una suerte de figuras de mármol que se transforman en polvo poco a poco.

Sin mencionar la palabra sida —aunque se encarga de dejar bien en claro que de eso está hablando—, la directora sitúa su historia entre los 80 y los 90 mediante flashbacks que, en varios momentos, se vuelven difusos. Alpha está rodeada de su madre, una médica que intenta a toda costa sostener a quienes la rodean y está sumamente golpeada por la vida, y de su tío, el hermano de ella.
Su tío es un adicto que busca la muerte constantemente y que padece el virus. En este panorama, la madre es una especie de fuerza incansable que lucha contra lo inexorable: la muerte y la destrucción. Tal vez este sea uno de los elementos demasiado repetitivos de la narración hasta que encuentra su transformación definitiva.
En el camino de su construcción como sujeto, Alpha comienza a parecerse cada vez más a su tío, incluso en el deterioro de su cuerpo. En este sentido, vale destacar una secuencia específica en la que ambos ensayan una coreografía de torsiones corporales que confirma su mimetismo.

Alpha no tiene la belleza pop de Titane ni tampoco la maestría con la que allí se presenta la extrañeza, pero es coherente con la línea autoral de la directora, donde el body horror es un vehículo para hablar de algo más.
Centralmente, el body horror de Ducournau se desarrolla en cuerpos femeninos y funciona como una alegoría de las transformaciones más traumáticas: el paso de la niñez a la adultez, un embarazo o, en este caso, el tránsito de una enfermedad.
Visualmente, la artista construye un mundo propio que se vuelve especialmente fascinante en los cuerpos de las personas enfermas. El resultado es una película sórdida y desesperanzada, aunque no por ello menos potente.









