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01/02/2022

Crítica de Licorice Pizza: El amor sobre toda diferencia social

Paul Thomas Anderson entrega su versión particular de la comedia romántica en una obra que se posiciona entre lo más ligero y luminoso de su filmografía.

Un grupo de estudiantes se acicala en el baño del colegio cuando una broma en forma de bomba revienta un caño de agua y todos salen corriendo a las carcajadas. Licorice Pizza, la novena película de Paul Thomas Anderson, comienza con una escena que homenajea a la sensacional American Graffiti (1973), pero lejos de ser solo un guiño cinéfilo es un indicio de que tendremos por delante una larga trama que discurre a la deriva, en una secuencia de situaciones más bien livianas, incluso felices, guiadas por el más puro azar.

Si el segundo film de George Lucas retrataba la cultura del cruising –en la California de los sesenta de su juventud era común que los jóvenes deambularan sin rumbo en sus autos para, más que nada, conquistar mujeres- con las incontables anécdotas que dicha práctica social puede generar en una sola noche, PTA hace lo propio evocando sus años mozos setentosos inspirándose en un viejo amigo aspirante a actor. Porque no hay nada más imprevisible que un púber viviendo en Los Ángeles saltando de audición en audición. La diferencia con aquella película es que aquí transcurren meses y su protagonista, Gary Valentine (Cooper Hoffman), no está solo: después de escapar de aquel baño conoce a una chica, aunque bastante mayor que él (Gary apenas tiene 15). Licorice Pizza es una historia de amor particular, lo más parecido a una comedia romántica que un director tan singular como Anderson podría filmar.

Cooper Hoffman en Licorice Pizza. Foto: Focus Features

Aunque Alana (Alana Haim) tenga diez años más que Gary, él tiene tanto carisma y “calle” por sus experiencias como actor e innato emprendedor que la diferencia de edad no se siente entre ellos salvo como prohibición carnal ante una eventual y objetiva ilegalidad. Ni siquiera hay besos pero sí muchos abrazos y ya no se separarán. Así, entre flirteos, celos y reclamos, la película narra el avance de esta ambigua relación en una sucesión de viñetas anecdóticas donde cualquier excentricidad es posible: negocios con camas de agua y flippers, pruebas de saltos en motos, un camión gigante que se queda sin nafta en el peor momento posible –es la California de la crisis del petróleo de 1973- y la patética campaña política de un concejal, entre otros eventos completamente random.

Más de dos horas así, y si bien el tono es ligero y se trata de una comedia, el humor termina de despegar cuando irrumpen los personajes secundarios, uno más estrafalario que el anterior: Sean Penn encarnando un delirante viejo galán de Hollywood junto a su arengador amigo cineasta a cargo de Tom Waits, y Bradley Cooper haciendo del productor Jon Peters en un papel sacadísimo se roban la película y la salvan de caer en un posible tedio.

De todas formas, la pareja protagónica hace un gran trabajo. Elegir protagonistas ignotos, sin experiencia y además de aspecto no hegemónico le da frescura, sensatez y naturalidad a una historia de amor errática que se desliga de cualquier artificio o fórmula del género romántico. Tampoco es casualidad que Copper Hoffman y Alana Haim se hayan quedado con el papel: él es hijo del tristemente fallecido Phillip Seymour, actor recurrente en la carrera de PTA (su parecido es realmente conmovedor), y Alana Haim forma parte junto a sus hermanas (quienes también tienen pequeñas apariciones) de la banda Haim, grupo fetiche de Anderson, quien dirigió casi una decena de sus videos musicales.

Cooper Hoffman y Alana Haim en Licorice Pizza – Foto: Focus Features

Licorice Pizza se traduce como “pizza de regalíz” -regalíz en el sentido de la golosina, no de la planta-; así se les dice a los discos de vinilo por su similitud visual y así también se llamaba una cadena de disquerías al sur de California en los años setenta de la infancia de Anderson. La elección del nombre es pura nostalgia porque si bien la música siempre está presente –la selección de canciones con David Bowie, Nina Simone, The Doors y Wings a la cabeza y la banda sonora original del usual colaborador Jonny Greenwood son impecables como de costumbre-, funciona más como mera musicalización extradiegética que como generadora de emociones. Una canción tan épica como “Life on Mars?” se merecía una escena menos anodina, por poner un ejemplo. Pero en Licorice Pizza la música no es un tema central, es solo un elemento estético fuerte –junto al celuloide de 35 mm del cual Anderson es tan asiduo- para lograr un clima de época. En ese sentido, Licorice Pizza es una especie de coming of age en la línea de Casi famosos (Almost Famous, 2000) pero sin la melomanía.

Con una carrera extraordinaria llena de proezas cinematográficas como hacer llover ranas con una poesía infinita (Magnolia, 1999), mostrarle al mundo que Adam Sandler es un gran actor dramático (Embriagado de amor, 2002) o adaptar una novela de Thomas Pynchon sin terminar en un embrollo (Vicio propio, 2014), y sobre todo por la película anterior donde se retrata otra historia de amor mucho más compleja y enfermiza (El hilo fantasma, 2017), lo nuevo de Paul Thomas Anderson se siente como una obra menor. Pero estamos hablando de un gran cineasta: Licorice Pizza no deja de ser una película excepcional.

Licorice Pizza está disponible en cines.


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