Entre las favoritas de la temporada de premiaciones se destaca Marty Supreme, la nueva película dirigida por Josh Safdie y protagonizada por Timothée Chalamet, quien parece apuntar a consagrarse como el ganador de la estatuilla y a encarar roles cada vez más potentes, de esos que fascinan a la Academia. Siendo justos, su desempeño en Marty Supreme es de lo más sobresaliente de su carrera, ya que encarna a un antihéroe de poca monta, repleto de decisiones amorales y con el que el público nunca logra empatizar —y este es uno de los puntos más interesantes y arriesgados del film—.
Si bien suele decirse que el “sueño americano” se consigue a base de sudor, valentía y perseverancia, para Marty las cosas son demasiado complicadas y sus métodos resultan poco ortodoxos para alcanzar un objetivo más que ambicioso. El film se sitúa en 1952 y se centra en Marty Mauser, un hombre judío de 23 años que es campeón de ping pong y busca escalar en este deporte, aún subestimado para la época, aunque la vida le presenta otras urgencias: no tiene dinero y su amiga de la infancia está embarazada de él. Pero Marty no está dispuesto a rendirse y comienza una carrera contra el mundo y contra su entorno para lograr viajar a Japón y convertirse en campeón mundial de este deporte.
Con rasgos del Leonardo DiCaprio de Atrápame si puedes y con un ritmo muy similar al de Diamantes en bruto —una de las películas que Safdie dirigió junto a su hermano Ben—, este film es un frenetismo constante, no solo visual y sonoro, sino también mental. Durante dos horas y media asistimos a las artimañas de un hombre que no tiene nada y lo quiere todo y que, en su camino, inventa de manera compulsiva escenarios que lo acerquen a su objetivo. Pero esta determinación, que al comienzo parece inspiradora, se va convirtiendo cada vez más en un bucle de mentiras y errores que dejan el objetivo deportivo cada vez más lejano y al héroe excéntrico cada vez más abatido.

A diferencia de otras narraciones de Hollywood, Safdie opta por mostrar una involución de su protagonista. Sus actos se vuelven cada vez más erráticos a medida que avanza la historia y su entorno comienza a perdonarle cada vez menos cosas. Es el camino inverso al de películas “inspiradoras” como En busca de la felicidad, en las que el héroe justifica sus desaciertos y sacrificios cuando finalmente llega la recompensa. Marty Supreme es una película sobre el fracaso, sobre cómo, la mayoría de las veces, los sueños no se cumplen. Y este es, posiblemente, el centro narrativo más interesante de la obra, que por momentos puede tornarse algo redundante.
La maestría técnica del film y la interpretación de Chalamet hacen que esta montaña de problemas se vuelva cada vez más enorme y asfixiante, sin dejarle ningún tipo de salida al protagonista. Desde el comienzo, con la irónica canción de inicio “Forever Young”, se plantea cómo la vida suele tener planes más terrenales, pero más urgentes, para nosotros y cómo, posiblemente, ese sea el final de los sueños y coincida con la asunción de la adultez, un aspecto clave del film, que también funciona como un coming of age.

La nueva película de Safdie también funciona como un conjunto de temas y situaciones que actúan de manera explosiva: la comunidad judía y su lugar en el mundo occidental de la posguerra, la enemistad entre Estados Unidos y Japón, y la tiranía y el encierro de posibilidades que atraviesa la clase trabajadora. El film resulta verdaderamente atrapante y, si bien está vagamente basado en la vida de Marty Reisman, construye una identidad propia y se entrega de lleno a la ficción, incluso tomándose la licencia, en muchos momentos, de la inverosimilitud.
Finalmente, Marty Supreme es una película que hace honor al mejor de los Hollywoods, por lo que su gen comercial puede resultar abrumador por momentos, pero fundamentalmente es una obra que aprovecha recursos, exprime las posibilidades técnicas del séptimo arte y se ubica del lado de los perdedores, con la valentía incluso de no romantizarlos.









