Luego de su estreno en varios países y su paso por festivales, la nueva película de Jim Jarmusch llegó a los cines argentinos. Padre, madre, hermana, hermano es una comedia dramática sobre las relaciones familiares, que parte de la premisa de que la familia no se elige.
A través de tres historias sin conexión concreta, el director nos sitúa en una narración episódica —una constante en varias de sus películas— centrada en los vínculos entre padres, madres, hijos y hermanos.
Asistimos a encuentros tan incómodos como reveladores, en los que despliega el “deadpan”, ese humor que no llega a ser explosivo y que es una de sus marcas registradas. Y no solo el humor se mantiene contenido, sino también las emociones en general: con el ritmo propio de un film indie, la película apela a la sutileza antes que a una expresividad intensa.

Uno de los grandes logros de Jarmusch en este film es apelar a un relato contemplativo sin resultar tedioso. La multiplicidad de elementos narrativos, actorales, estéticos y escénicos que se combinan en cada historia da cuenta de la maestría del cineasta y captura al espectador, envolviéndolo en una mezcla de extrañeza y cotidianidad.
Las relaciones familiares que se muestran son, en su mayoría, frías, cínicas y signadas por reproches que los buenos modales obligan a esconder. Al menos en las dos primeras, no hay lugar para el abrazo ni para la charla sincera, sino más bien para cumplir con el compromiso y rogar que el tiempo pase sin demasiado involucramiento.
En este sentido, Jarmusch no apela a la conexión entre las historias al estilo González Iñárritu, sino a las "coincidencias" que se vuelven como easter eggs para el espectador. El agua, los Rolex, los paseos en autos, skaters y otros elementos, aparecen en cada una de las historias a modo de pistas y de uniones que conectan de manera absurda a estas familias disfuncionales.

El director de Solo los amantes sobreviven sabe bien cómo sumergir al espectador en un relato calmo que se construye con el correr de los minutos —y así evita las obviedades de una propuesta hollywoodense que siempre busca el impacto— y cómo exprimir las posibilidades de belleza que ofrece el séptimo arte.
En esta oportunidad, contó con la colaboración de Saint Laurent, y por eso el vestuario tiene vida propia e implicancia en los relatos. Cuando los lazos familiares están despersonalizados, nuestros “disfraces” parecen ser lo único que nos emparenta con personas a las que estamos unidos genéticamente pero desconectados emocionalmente.









