Cómics
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22/03/2022

La historieta como herramienta para la memoria histórica: Entrevista con María Guiffra

A partir de la publicación de la novela gráfica La niña comunista y el niño guerrillero (Historieteca Editorial) hablamos con María Giuffra sobre infancias, dictadura y memoria histórica.

La salida de La niña comunista y el niño guerrillero (Historieteca Editorial) de María Giuffra vuelve a poner en tensión las posibilidades que presenta la historieta a la hora de intervenir la realidad y la última dictadura cívico-militar en Argentina. Su factura visual estremece y crea nuevos sentidos para regresar sobre la historia reciente. A su modo dialoga con otra historieta que va en esta misma dirección: ESMA (Evaristo) de Carrá/Iñaki Echeverría. Los subtítulos de esta obra son evidentes. Por un lado, aclara: “Una historieta subversiva”. Y luego advierte: “100% testimonial”. No es traidor el que avisa. Lo que sigue después es un catálogo de testimonios en primera persona (además de la propia experiencia de la autora) de cómo se vivieron diversas infancias cuando madres y padres fueron asesinados y masacrados por el aparato militar del Estado nacional

En esta entrevista con la autora María Giuffra, el diálogo gira alrededor de su historieta (extraordinaria desde su brutalidad y crudeza) pero también sobre el modo de hacer arte con la memoria y lo que es imposible de olvidar. 

¿En qué momento sentiste la necesidad de hacer La niña comunista y el niño guerrillero
Desde hace más de 10 años vengo haciendo bocetos, aleatoriamente, sin conformarme ninguno. En el año 2003 hice la serie de pinturas y dibujos Los niños del proceso, también sobre testimonios de mis compañerxs, y cuando exponía esa serie siempre armaba como si cada cuadro fuese una viñeta y la pared la página. Desde ahí empecé a pensar que todo eso que estaba pintando y dibujando, tenía el relato para una historieta. Siempre fue el mismo título, La niña comunista, siempre fue entorno a mi infancia. De a poco me fui dando cuenta de que el relato de mi infancia tenía sentido dentro del relato grupal, que le da el contexto y significado a todo lo que sucedió.

¿Tenías alguna referencia en mente cuando empezaste a trabajar en el libro?
Soy consumidora de historietas desde muy chica, desde antes de saber leer, en Brasil. Acá comencé con el Corto Maltés, El Eternauta, Moebius. La historieta que tengo como “biblia” es el Maus. Porque es testimonial, por el modo técnico en que dibuja Art Spiegelman. Joe Sacco también me resultó muy emocionante, las historias de Palestina y todo lo que cuenta es testimonial, y es un drama. Fueron maestros a la hora de ver cómo representaban lo testimonial. Sé que mi camino fue por otros lados también, mezclo lo testimonial con imágenes fantásticas o de fantasías, pero porque el mundo infantil es un poco así.

¿Cómo viviste el hecho de acceder a esos testimonios y luego trasladarlos al lenguaje visual?
Fue una de las tareas más interesantes que me tocó hacer. El relato duro, sin retocar ni corregir, así como salió del alma, lo trasladé. El dibujo tenía que ser un contrastante con el relato, que no sea tan duro, un poco “infantil” por así decirlo, pero que principalmente trasmita lo que yo sentí al estar ahí al lado de cada testimoniante escuchando su voz, viendo sus ojos, sintiendo lo que iban sintiendo en cada recuerdo. Contar tu historia es en algún punto volver a sentir esas cosas que en la mayoría de los casos están guardadas, y volver a pasar por ahí no es fácil para nadie. Fue un gran compromiso con sus generosos testimonios. La parte más linda, por lo menos para mí, es dibujar con total libertad, solo priorizando el sentimiento del relato. Por eso es tan caótica la historieta gráficamente hablando, no hay dos páginas iguales, porque cada testimonio fue para mí un torbellino de emociones y eso es lo que quise trasmitir, el desborde que sentí.

Las páginas están cargadas de una densidad hermosa: mucho para leer, mucho para decodificar en las imágenes. ¿De qué manera pensaste ese armado? 
El armado no lo pensé, porque no quería tener una página estructurada, sino que necesitaba como prioridad trasmitir todo eso que había sentido, y para eso necesitaba la página entera, sin condiciones. Entonces solo fui dividiendo el texto en base a las imágenes que se me fueron representando mientras escuchaba el testimonio, y fui armando cada página en base a esa premisa principal: qué me trasmitió. Y también hice varios homenajes a pinturas que me marcaron en mi formación académica en las artes, como los fusilamientos de Goya o Sin pan y sin trabajo de Ernesto De La Cárcova. Por otro lado, el uso de la no tipografía, es decir, todo el texto lo escribí a mano, salvo algunas cosas que adrede son tipográficas, eso hace que la página sea un todo más completo y complejo que la sumatoria de un texto y la imagen. Y me parece que eso refuerza esta idea principal de trasmitir el sentimiento. Con el texto dibujado puedo expresar qué siento en cada palabra. Y el significado de los cambios estilísticos de los textos también trasmiten cosas diferentes.

¿Y a qué responde priorizar el uso del blanco y negro?
Por varias las cuestiones. Por un lado, lo económico: no hay comparación del blanco y negro con el color. Por otro lado, soy muy fanática de la historieta blanco y negro, más para lo testimonial, me resulta muy interesante resolver todo con tan pocos elementos y a la vez te simplifica el hecho de no pensar en una paleta, y todo lo que conlleva el color. Tanto Maus como Notas al Pie de Gaza, o Persépolis son en blanco y negro. Me resulta interesante seguir con esa tradición.

Interior de “La niña comunista y el niño guerrillero”, novela gráfica de María Giuffra

Me interesó mucho el subtítulo: “una historieta subversiva”. ¿Tenés una misión con esta historieta? ¿Qué te gustaría lograr, conquistar?
Tanto la palabra subversiva, como comunista, como guerrillero, tienen que ver con la terminología con que se nos estigmatizó durante nuestra infancia, me refiero a la sociedad en general. Es un modo de decir “bueno, sí, somos lxs hijxs de lxs subversivxs, comunistas y guerrillerxs, ok, partimos de esa base y desde ahí les cuento nuestra infancia”. Es apropiarme del lenguaje del enemigo para decir lo que yo quiero decir. Y a la vez, creo, ridiculizarlo, porque cualquier ser humano que lee la historieta no puede no entender que todo lo que les hicieron a nuestros padres y madres no está en absoluto justificado con nada. No importa si eran guerrilleros o no, es irrelevante, acá lo que está sobre la mesa es el terrorismo de Estado, los límites de lo humano pisoteados claramente en torno siempre a lo mismo: asegurarse que el capitalismo siga su rumbo, a toda costa. De hecho, hoy en día más vigente no puede ser el tema, solamente que ya no hacen falta dictaduras ni matar gente, la gente se mata sola de a poco en la vida esclavizada que ofrece este sistema. No pensé el título en términos de lograr o conquistar algo, sino en términos de expresar la carga simbólica que de niñxs nos tuvimos que bancar. En algún punto, lo que me gustaría lograr es que se tome conciencia de lo que sentimos y vivimos en esa época.

¿Cómo ves la vinculación historieta y dictadura? ¿Qué te sugiere esa relación? ¿Y cómo lo ves en la actualidad desde el ejercicio necesario de la memoria?
Historieta y dictadura me lleva al Eternauta, no mucho más. Me parece que el ejercicio de la memoria se lleva a cabo desde muchas perspectivas. El arte, con su inmensidad, es solo una de ella. Después está la investigación científica, los homenajes que suceden en los barrios, los testimonios, la nueva educación en donde está incluida la fecha, son una serie de cosas. Creo que todas las áreas de la vida humana deberían basarse siempre en el ejercicio de la memoria. El ser humano puede avanzar justamente por eso, por la memoria, por recopilar el saber. Y la historieta como herramienta en particular me parece genial, por muchos motivos, pero bueno, soy muy fanática del género desde muy chica, mezcla dos lenguajes geniales, el texto y la imagen, es perfecta.

¿Qué se aprende después de hacer un libro como éste? 
Aprendí algo tal vez en teoría lo sabía pero no de un modo tan material como este: la necesidad de contar nuestra propia historia, que nadie nos quite nuestra voz, y que toda historia humana merece ser contada. Aprendí que todas esas dudas que tuve durante años sobre cómo contar todo esto o si incluso tenía que contarlo, se fueron en el momento en que pasé a la acción, en el momento en que tomé el primer testimonio y ese me llevó al segundo y así. Ahí empecé a sentir que toda esa intuición que tenía era real, esas historias tenían que ser contadas. No solo por lxs testimoniantes, sino por todas las personas que no saben, que no vivieron nada de esto. ¿Por qué vamos a pedir a la sociedad compromiso con un “nunca más” si no saben nunca más qué? Bueno, nunca más estas infancias, por ejemplo. 

¿Qué sensaciones te quedaron una vez que lo terminaste?
La primera sensación fue de que tenía muchas historias más que contar, por eso ahora estoy en la realización de la parte 2, que son los testimonios de varias provincias a las que viajé a tomarlos. Toda la tristeza que sentí al escuchar los testimonios y al dibujarlos, cuando terminé el libro, se convirtió en una felicidad muy copada. Y hoy encarar la segunda parte se me hace menos dolorosa. Eso está bueno también. Porque sé que al final lo que queda es la satisfacción de haber hecho algo lindo.

Interior de “La niña comunista y el niño guerrillero”, novela gráfica de María Giuffra