Aquel Berliac que publicó en Fierro, que contaba historias con nombres en lunfardo y que hacía polémica en Entrecomics ahora está especializado en una clase singular de manga o de gekiga si se prefiere (manga de autor, realista y para adultos). Esa es la manera fácil de describirlo, pero no es tan sencillo en realidad. Que se entrenó en las maneras niponas y que su actual estilo está profundamente marcado por ese ejercicio es indudable. Sin embargo, sus obras presentan ciertas particularidades que lo convierten en un autor único.

Cuatro obras de la nueva etapa se han publicado en nuestro país, todas durante el 2017. En el prólogo de una de ellas, Desolation.exe, Pedro Moura hace un comentario muy acertado, dice que la figuración del historietista está en algún punto entre Yuichi Yokoyama y Seiichi Hayashi. Pero tiene algo más: hay peras y bocas alargadas, ojos vidriosos, peinados extravagantes, expresiones deformadas, gotas gigantes para dibujar el pudor y brillos en los ojos para expresar codicia, todos recursos que no se han visto en el gekiga jamás. Son marcas que corresponden al manga y anime comerciales de los noventa, ¿tal vez Naoko Takeuchi? Es difícil de determinar, pero ahí está presente ese factor. Estos elementos aparecen siempre, aunque en distintos tenores según la obra. La lucidez del prologuista está en relacionarlo con Yokoyama (quizás el historietista experimental más influyente del mundo). La forma de dibujar de este inaudito mangaka implica un extrañamiento sobre la representación y sobre lo representado. Es decir, sobre el dibujo y el lenguaje de la historieta (oriental u occidental) y sobre el mundo mismo. Tal extrañamiento está presente en cada página que Berliac dibuja, en la limpieza de los trazos, en la estilización extrema de las figuras y en la combinación de operaciones del manga comercial con temáticas adultas. En Argentina hay ejemplos de excelentes artistas que tienen una estética autoral dentro del manga, como Paula Andrade o Agustín Graham Nakamura, pero el trabajo de quien nos ocupa va por otro lado ya que el extrañamiento gráfico impone una distancia. Es gekiga y es manga, pero es también (y al mismo tiempo) un análisis crítico de estos macro-géneros. Puede decirse que en la dimensión visual el enunciado incluye su propia deconstrucción.

Desolation.exe la publicó WAI comics. Es un libro compuesto por cinco historias con una maravillosa tapa que traslada de inmediato al manga de la segunda mitad de los ochentas y la primera de los noventas. El nombre ya lo deja claro, son historias desoladas porque la sociedad lo es, parece programada para ser así. Dos de ellas, “Nunca estuve en México” y “Patrones”, tienen una fuerte impronta gekiga (más allá de lo señalado sobre el aspecto visual), con su realismo incisivo y desesperanzador. Las otras tres (“Scapo”, “El perro de Moriyama” y “La rata grande se come a la rata pequeña”) no es que escapan al realismo, pero casi. Los hechos se dan de manera que hay un rasgo desequilibrante, cuasi fantástico o cuasi satírico (empleadores con aspecto de yakuzas persiguiendo a un trabajador en la playa, destinos paradójicos, etc.) que vehiculiza la crítica social mediante un realismo absurdo más que uno dramático como en las otras. Berliac recupera la potencia de la historieta corta japonesa, opacada por la fama de series larguísimas, y le añade cierta complejidad estética a la dimensión crítica. La frivolidad del turismo, la explotación animal, el trabajo como una condena, las relaciones filiales patológicas, son algunos de los temas abordados.

Sad Boi es una obra maestra. La Pinta nos acerca está extensa novela gráfica en la que las cualidades del nuevo Berliac alcanzan su cenit, al menos hasta ahora. Es el melodrama, con sus momentos emotivos y patéticos, de un joven inmigrante, huérfano, homosexual y delincuente, esto último por decisión propia. El dibujante siempre fue un personaje polémico, es posible que eso suceda por la mirada analítica que implican sus declaraciones. Se trata de un observador muy lúcido y esta historia sirve para sostener al menos dos tesis: una sobre la marginalidad y otra sobre el arte contemporáneo. El pulso narrativo y dramático nunca se pierde a pesar de que la conclusión, el gran final, no es más que un análisis verbal de lo sucedido en boca de un personaje que, sin forzar la verosimilitud de la trama, aparece como un testigo privilegiado de lo sucedido para poder formular las ideas connotadas ahora de manera explícita (lo cual es un recurso narrativo innovador, por cierto). El libro abre con un interrogante, ¿puede un crimen ser arte?, que es también una intriga, ¿en qué consiste el arte de Sad Boi?, que se prolonga hasta el colofón antes referido. El único modo de que estas expectativas se resuelvan de forma satisfactoria con una explicación que abarca varias páginas de globos de diálogo es que se trate de una argumentación tan inteligente y consistente con lo mostrado que la altura de la reflexión resulte emocionante por sí misma. El relato es explicado, lo cual está bien, pero la fuerza de la exposición reside en que lo que está siendo explicado además es la realidad social como tal y el comportamiento del arte contemporáneo de paso, todo de manera inmejorable y reveladora. Es un libro que nos deja docenas de frases como esta: “¿No es la tasa de criminalidad una más como la de nacimientos o matrimonios? Si el delincuente es un producto más de la sociedad entonces robar es obedecer al orden natural, una forma de pertenencia.” Al tercer pensamiento con este grado de sapiencia te empieza a dar vueltas la cabeza de placer intelectual. Sad Boi es una obra que será recordada, una maravilla que no por ser consecuencia de una coyuntura histórica deja de ser atemporal, una de las grandes obras de la década y tal vez de la historia. ¿Pensás que exagero? Te desafío a que lo leas y afirmes lo contrario.

Si a uno de estos libros le queda mal lo de gekiga es a este. Asian Store Junkies, que editó Atmósfera, es una bizarreada total (muy alejada del realismo trágico o costumbrista), un ejercicio de humor originalísimo, difícil de contar; el solo hecho de que este expresado en viñetas es un mérito. Por supuesto, la dimensión crítica es otra vez fundamental. Todo versa alrededor de las peripecias de dos imbéciles adictos al glutamato mono-sódico (saborizante artificial presente en muchos productos, como papas fritas empaquetadas, hamburguesas o comida china). Sobre todo, se trata de las expediciones al mercadito coreano (atendido por Kim Jong Un) y a otros lugares para conseguir su droga, o situaciones de “colocón” cuando ya la tienen. La premisa es que el MSG produce adicción y que puede ser alucinógeno. Son interesantes los datos que aporta Berliac al comienzo de cada capítulo y en boca del mismísimo dios del manga (sí, Osamu Tezuka aparece en la historieta), si es que son reales. Lo cierto es que ante la enumeración de fuentes naturales de la llamada “esencia del sabor” (tomates, leche materna, carne…), la refutación química de su carácter dañino y los datos curiosos al respecto, dan ganas de investigar sobre el tema como mínimo. Lo malo es que también dan ganas de chupar un cubito de sopa, posta, y dudo mucho que sea saludable, por más que lo diga Tezuka. Donald Trump, Súper Mario Bros, mafiosos de cuarta e intelectuales de segunda aparecen para orquestar sátiras al poder imperialista, a la decadencia de clase media y a la corrección política. Unos protagonistas con parafernalia de yonquis, madres obsesionadas con la comida orgánica que les dan la teta, eyaculaciones instantáneas, alusiones a la cultura pop y baldazos de mierda, todo eso junto conforma una colección de delirios de esos que se tiende a imaginar fumándose un churro con un amigo y que de alguna manera están acá plasmados. Es el libro en que los rasgos noventosos resultan más evidentes.

Por último, Coinpusher. Publicado por el ahora disuelto colectivo editorial Prendefuego (el álbum continúa en circulación) es, en cambio, a la que mejor le queda la mentada etiqueta. Una historia que describe la pésima relación entre un hijo y su padre moribundo. Seria, sobria, realista e imbuida de una poética oscura, es una excelente historieta, pero en comparación con las anteriores parece una obra menor. Puede que sea por su extensión (es más breve) o porque es algo impersonal en relación con las otras, lo que explica que su clasificación genérica sea más nítida. Como sea, cada ejercicio del nuevo Berliac es un placer.

Contempladas en conjunto, estas obras resultan de un mejor aprovechamiento por parte del artista de su capacidad de análisis que en las etapas previas, más orientadas al ensayo genérico (que ahora aparece de otro modo) que a al pensamiento social. Al considerar el extrañamiento gráfico antes comentado en conjunto con los temas expuestos es razonable suponer que esta suerte de distancia brechteana que el primero impone pretende empujar al lector hacia el ejercicio de la reflexión, necesario para plantear cuestionamientos al orden establecido de las relaciones humanas. Lo cual no impide la capacidad de identificación, cosa que parece una contradicción pero que en estas historietas sucede. El nuevo Berliac maneja el drama, el realismo, el humor y el absurdo, ha abandonado las narrativas de género y ahora lo que unifica su discurso es el carácter crítico que ejerce valiéndose de una muy personal estética manga.