En el imaginario japonés, la naturaleza es tanto un paisaje como una presencia espiritual. El agua, en particular, es vista como el espacio en donde habita lo invisible con lo propio, lo que siempre cambia o lo que puede adquirir una quietud digna de contemplación. Esa forma de mirar el mundo —desde una ola, una piedra en la playa o la sombra de un árbol contra la luz del sol— es parte del tejido que sostiene la música de Ichiko Aoba, donde la calma no es un efecto estético sino una llave para habitar lo sutil.
“En la cultura japonesa existe la idea de los ocho millones de dioses —cuenta la cantautora en conversación con Indie Hoy—. Es la creencia de que las deidades habitan en cosas como la luz del sol, las piedras o las lluvias. Crecí con ese modo de pensar, entonces para mí es natural pensar que los fenómenos de la naturaleza simplemente existen y nos rodean tal como son. Creo que de ahí obtengo mucha inspiración”.
La música de Ichiko Aoba es portadora de una belleza tan clásica como atemporal. Su voz parece encarnar distintos espíritus y formas de vida: muchas veces su pronunciar es suave, al borde del susurro, con una intimidad casi ASMR; en otras prescinde de palabras y canta solo notas largas y sostenidas, como si quisiera cortar el aire con una vocal. Esa delicadeza convive con su instrumento principal, la guitarra clásica, con la que traza arpegios finísimos que sostienen la atmósfera de sus canciones.
Aoba empezó a componer en la adolescencia, casi como un ejercicio privado, y grabó su primer disco a los 19 años. “Cuando comencé a publicar música, en realidad no sentía que estuviera lista para un disco —admite en retrospectiva Ichiko a sus 35 años de edad—. Por eso lo grabé con miedo y mucha duda. Pero también siento que esa voz que cantaba sin intención de mostrarse a nadie era muy valiosa. Sigo apreciando mucho esos primeros discos, se que ya no podría volver a cantar de esa manera, así que tienen un valor especial para mí”.
Por mucho tiempo los discos de Ichiko fueron registros mínimos: guitarra y voz en primer plano, apenas acompañados por grabaciones de campo y algunas exploraciones al piano. Windswept Adan, en 2020, marcó un quiebre en ese recorrido al abrir su música hacia un paisaje más amplio: arreglos orquestales, capas vocales que funcionan casi como un coro imaginario y un diseño sonoro que dialoga con el mundo natural. El álbum comienza con cantos de sirenas y el rumor de las olas, y late a partir de grabaciones que Ichiko registró en distintas islas del sur de Japón.
“En Windswept Adan incluí el sonido de las olas porque era necesario para la historia”, cuenta Ichiko: el disco fue concebido como el soundtrack que acompaña la historia de una chica que se exilia de su pueblo hacia una isla llamada Adan, donde comienza a comunicarse con las aves, las plantas y el mar, hasta que finalmente muere y se transforma en ellos. Esa travesía no aparece contada de forma literal: está en la respiración del disco, en la forma en que los sonidos parecen responderse entre sí, como si narraran el diálogo de la protagonista con la isla.

Para dar forma a ese mundo, Ichiko misma se escapó de la bulliciosa Tokio hacia la calma de las islas más remotas del sur de Japón, donde investigó sus paisajes, su cultura y su religiosidad, y realizó grabaciones de campo que terminaron integrándose al álbum. “Me resulta natural buscar silencio y lugares tranquilos—afirma Ichiko—. A veces incluso salgo a buscar espacios donde la reverberación sea especialmente hermosa”.
Windswept Adan no solo fue un hito artístico en la carrera de Ichiko Aoba: también marcó un punto de inflexión en su manera de publicar música. Fue su primer lanzamiento bajo Hermine, el sello independiente que creó para trabajar con más libertad y cuidar cada etapa de sus discos. Ese cambio coincidió con el momento en que su obra empezó a expandirse fuera de Japón, pero, sobre todo, con una necesidad personal de sostener su música desde un lugar más íntimo y artesanal.
“Creo que es importante difundir la música para que más personas puedan conocerla, pero también siento que hay una calidez que solo se transmite cuando algo está hecho a mano y entregado de manera directa —afirma la artista—. Eso es lo que más valoro, y creo que la relación que tengo hoy con quienes me escuchan es fruto de ese camino. Aunque publiqué discos a través de un sello grande, recién ahora siento que pude construir un vínculo verdadero con mis oyentes, porque puedo editar lo que quiero, cuando quiero”.
La ola que impulsa a Ichiko Aoba hoy la llevó a su primera gira mundial, con paradas en São Paulo, Santiago de Chile y Buenos Aires, donde se presentará en el Teatro El Nacional el jueves 27 de noviembre. Si bien admite conocer poco de la música latinoamericana —más allá de João Gilberto y guitarristas brasileños como Yamandu Costa o Egberto Gismonti—, la idea del cruce parece entusiasmarla.
“Cuando toco en vivo, me concentro mucho, porque siento que estoy usando el tiempo de otras personas para hacer música —cuenta Ichiko—. Antes de subir al escenario trato de quedarme con la menor cantidad posible de distracciones. Pero la forma en que la gente de cada ciudad recibe la música influye en cómo me expreso. En Japón, por ejemplo, el público suele escuchar en silencio. En mis giras por Estados Unidos o Europa, en cambio, suele haber gritos y festejos. En esos contextos me abro más, aunque no sea algo que me nazca de manera habitual”.
La gira llega tras la salida de su nuevo disco, Luminescent Creatures, publicado este año. Es quizás su obra más ambiciosa: un álbum que explora las formas en que la naturaleza todavía puede abrir un espacio de contemplación, sorpresa y conexión con algo más amplio. No sigue un relato lineal como Windswept Adan, pero sus arreglos orquestales, más expansivos y detallados que en su trabajo anterior, sostienen ese mundo con una fuerza propia.
“Windswept Adan nació de una necesidad de proteger un mundo pequeño, íntimo, atravesado por el encierro y la pandemia. En Luminescent Creatures, quise abrir ese espacio: que cada persona pudiera sentirse protagonista de su propia historia. Siento que apareció algo nuevo, tanto en el sonido como en un plano más espiritual. Yo siempre creo desde una sensación de renacer, y esta vez fue como cambiar el lente con el que miro el mundo”, concluye Ichiko levantando la mirada, como si buscara algo en el aire que solo ella puede a ver.
Escuchá a Ichiko Aoba en plataformas (Bandcamp, Spotify, Tidal, Apple Music).









