Foto: Brett Stanley

La sorpresa del año es el vendaval sonoro de Weyes Blood. En Titanic Rising, la artista estadounidense decoró su dramatismo de sutiles arreglos de cuerdas, logrando un álbum con un sinfín de detalles. Su meticuloso trabajo se percibe en la icónica portada y la innovadora base rítmica. Las canciones están cargadas de capas sonoras más allá de lo aconsejable y aún así funcionan con creces. Una minuciosidad obsesiva ha acomodado cada pieza y el disco rebalsa como su habitación. Natalie Mering le canta a lo divino y su emoción se agudiza. Sus letras de abandono y desengaño se lucen sobre una orquestación a gran escala logrando un álbum de ensueño.

El álbum cuenta con dos partes bien marcadas: una apertura enternecedora y un devenir hacia una aguda crítica social. Existe un trasfondo agridulce de fin de época en Titanic Rising, que opera como banda de sonido de la negación actual al cambio climático. El álbum inicia como una retórica nostálgica a las baladas de los 70, pero a medio camino un golpe de timón nos apuñala con realismo trágico. El refugio en la ficción como última esperanza para no enfrentar un inevitable desenlace se percibe en canciones como «Movies». En pleno naufragio sonoro y con la habitación bajo el dominio del agua, Weyes Blood llega a ver un ápice de esperanza a su alcance. El disco cierra con la pieza que tocaba la orquesta mientras el famoso Titanic se hundía, todo un símbolo de finitud irremediable.

Es reconocible la influencia de su colaborador Drugdealer, pero si algo destaca a la obra de Mering es la singularidad de su sonido. La cantante estadounidense se alejó del folk y el gospel que caracterizaron sus discos anteriores para moverse hacia terrenos novedosos. La escalada de los mantras etéreos cobra la magnitud justa para el tono de su voz. Las cuerdas la mecen y Weyes Blood transita la antesala del apocalipsis con tibio desconsuelo. Ante la gravedad de la crisis actual, redobla la apuesta con denuncia matizada con esperanza. La grandilocuencia de las atmósferas creadas es matizada por su dulce voz y los golpes de bajo conducen al hipnotismo. La prosa de Mering se sale del canon genérico y los juegos léxicos de su prosa nos obligan a agudizar el análisis. Los cambios de ritmo hacia un sonido bailable son otro paradigma roto por la joven cantante.

Weyes Blood se arma de canciones tiernas frente al avance del inexorable fin. Frente al desengaño de la madurez, Mering embellece el ocaso planetario con su voz angelical. La aureola de su juventud ligada a la religión se percibe en su cantar crepuscular. Cuando su último espacio de intimidad es arrasado por las aguas comienza a flotar en su nostalgia. Su estética de ninfa lánguida resulta un pretexto para cambiar de piel en pleno viaje. A medida que el ambiente se carga de espesor, Weyes Blood nos abre su cajón de tesoros. Con voz calma entona frases punzantes de prosa ácida que llevan al desconcierto. En el video de «Everyday» ya vimos muestras de estos vaivenes conceptuales. La identidad líquida ya presagiada por Zygmunt Bauman aquí cobra otra dimensión. Un arranque jovial y lúdico se torna en masacre en el videoclip.

De lo áureo hacia lo aterrador, Mering no termina de definir su perfil y en su obra conviven distintos planos conceptuales. «Andromeda» es uno de los pilares de su disco y el video es un viaje cósmico hacia el infinito. La devoción por lo submarino se entrelaza con montajes del espacio. La metamorfosis estética la encumbra hacia la vanguardia. Titanc Rising es solo un puerto transitorio en una carrera con augurios de trascendencia mundial. Mientras los polos se derriten y la civilización se encamina al hundimiento, Weyes Blood ya se ha adelantado hacia lo profundo.

Weyes Blood – Titanic Rising

2019 – Sub Pop

01. A Lot’s Gonna Change
02. Andromeda
03. Everyday
04. Something to Believe
05. Titanic Rising
06. Movies
07. Mirror Forever
08. Wild Time
09. Picture Me Better
10. Nearer to Thee