Alex Anwandter opera bajo una premisa clara: el pop no es un territorio de evasión superficial, sino un espacio de disputa y catarsis. Su discografía puede leerse como la crónica viva de una obsesión: la de capturar el espíritu de su tiempo a través del ritmo. Lejos de la complacencia y de las fórmulas seguras, su recorrido estuvo marcado por giros drásticos que van del desencanto social al hedonismo más puro, siempre impulsados por una mirada aguda y una sensibilidad implacable.
A veinte años de sus primeras canciones, Anwandter sigue concibiendo el pop como un espacio profundamente humano. Un lugar donde conviven la emoción, la política, el deseo y también cierta idea de celebración colectiva. El próximo 18 de septiembre, el músico chileno llegará al Teatro Gran Rex para festejar dos décadas de carrera con un show especialmente pensado para Buenos Aires, una ciudad con la que mantiene un vínculo cada vez más estrecho. “Ya prácticamente estoy viviendo acá. Sigo medio enamorado de la ciudad”, dice entre risas en conversación con Indie Hoy.
Lejos de concebirlo como una retrospectiva solemne, Anwandter entiende este momento como una oportunidad para compartir el camino recorrido junto a su público. “No hago mucha diferencia entre tocar para 50 personas o en un lugar súper grande. Pero sí tienen otra energía. Un lugar como el Gran Rex tiene una carga, una importancia. Es lindo vestirse elegante para celebrar”.
La conversación sobre estas dos décadas de trayectoria inevitablemente abre preguntas sobre el paso del tiempo, aunque Anwandter se muestra lejos de cualquier lectura nostálgica de su carrera. Más que detenerse en la melancolía del pasado, parece interesado en comprender qué aprendió durante el camino y cómo fue transformándose su relación con el trabajo y consigo mismo.
“Siento que he cambiado bastante. Soy como una versión más piola de mí. Me estresaba más cuando era chico”, admite. Y aunque sigue tomándose cada proyecto con seriedad, hoy parece haber encontrado una forma más amable de habitar su oficio. “Entiendo mejor la suerte que tengo de dedicarme a algo tan benigno para el mundo. A veces me sorprende que mi trabajo sea decir: ‘¿Quieres escuchar una canción?’. Es una cosa muy buena onda”.
Ante la pregunta de si siente nostalgia, su respuesta es inmediata y tajante: “No, para nada”. Pero el paso del tiempo deja marcas, y lejos de cualquier lamento melancólico, el verdadero desafío fue otro: aprender a mirar hacia atrás no con añoranza, sino con el orgullo necesario para reconocer el camino recorrido y concederse el derecho a celebrarlo. “Es como el equivalente psicoemocional de festejar el cumpleaños con amigos. Tú tienes que invitarlos. Es un acto que uno hace para uno mismo en el fondo. Vengan para acá y celebremos que existo juntos. Es medio extraño, pero también muy sano”.

Teleradio Donoso: "Un pendejo haciendo cosas rarísimas"
Hablar de veinte años de carrera también implica volver sobre las distintas transformaciones que atravesó su obra. A mediados de los 2000, Teleradio Donoso inyectó una urgencia bailable en una escena que pedía a gritos un recambio generacional y estético. Sus dos únicos discos, Gran Santiago (2007) y el emblemático Bailar y llorar (2008), capturaron el pulso de una juventud rota que exorcizaba su melancolía bajo las luces estroboscópicas de la pista.
“Más que buenos o malos, encuentro sinceros esos discos. Y eso me deja tranquilo. Que siempre fuera un esfuerzo idiosincrático por ser yo, no por ser alguien más”, dice. Mientras arma el setlist para la celebración, Anwandter volvió a escuchar material de sus primeras épocas y se encontró observando esas canciones con cierta sorpresa. “Escuché el primer disco de Teleradio y pensé: qué cosa tan freak. Un pendejo haciendo cosas rarísimas. Y me pareció re bien”.
Más allá de cualquier juicio sobre si aquellas canciones envejecieron bien o no, lo que hoy le interesa rescatar es el impulso que las originó. “A mis 22 o 23 años estaba intentando hacer una especie de Motown chileno rarísimo. Una búsqueda bastante propia. Y eso me sigue pareciendo importante. Si hay alguna cosa que se mantenga de mí de esa época, puede ser eso”.
Odisea: dejar la banda y abrazar las máquinas
El traje de Teleradio Donoso terminó por quedarle chico, y esa sensación de asfixia creativa lo empujó hacia su primera gran transformación: el nacimiento de Odisea. Dejar atrás el formato banda no fue un capricho, sino una forma de abrazar las máquinas, el pulso bailable y el anonimato de un alter ego. Lo que hoy puede leerse como un paso lógico dentro de su catálogo, en aquel momento representó una ruptura valiente, impulsada por el deseo de incomodar y de expandir sus propios límites artísticos.
“Odisea empezó mientras todavía existía Teleradio. Yo estaba transformado en una especie de máquina de hacer canciones”, recuerda. En esa época escribía de manera compulsiva mientras experimentaba con nuevas estructuras y sonidos. “Las canciones de Odisea eran bastante raras. 'Batalla de Santiago' es una canción de nueve minutos basada en kwaito sudafricano, después mezclada con una cosa medio electrónica tipo Fela Kuti francés… era muy extraño”, dice entre risas.
La etapa de Odisea tampoco duró demasiado. Con el tiempo, el impulso de reinvención volvió a aparecer con la misma intensidad que en los días de Teleradio. El anonimato electrónico del proyecto ya no alcanzaba para contener las canciones que buscaban abrirse paso: el siguiente movimiento fue una apuesta por una exposición mucho más directa. “Cuando escribí las canciones de Rebeldes sentí que eran indivisibles de mi persona. No tenía sentido publicarlas con un pseudónimo. Eran completamente yo”.
Rebeldes y Amiga: el inicio de una carrera solista explícitamente gay y explícitamente pop
Con Rebeldes, el nombre de Alex Anwandter terminó de consolidarse como una de las voces más singulares del pop latinoamericano. Publicado en 2011, el disco se convirtió rápidamente en un punto de referencia para toda una generación gracias a canciones como “Tormenta”, “Que se acabe el mundo por favor” y “Cómo puedes vivir contigo mismo”. Su genialidad radica en una operación tan precisa como arriesgada: convertir el dolor, la militancia y la denuncia de la homofobia estructural en canciones de pop irresistibles, con sintetizadores luminosos y ganchos de pop perfectos.
“El primer single fue ‘Tatuaje’, y era explícitamente gay, explícitamente pop y muy personal. Yo quería hablar desde un lugar mucho más real que antes”, cuenta. “Ese nivel de vulnerabilidad llamaba la atención. Y además era un pop que miraba simultáneamente hacia adelante y hacia atrás de una manera que en esa época no existía tanto”.
Anwandter recuerda esos años como parte de una generación de artistas que comenzaba a expandir las posibilidades del pop en español desde lugares mucho más personales y menos rígidos. Menciona especialmente a Javiera Mena como una contemporánea cercana dentro de esa misma sensibilidad artística. “Había cierta inercia compartida entre quienes estábamos haciendo música en ese momento. No era exactamente lo mismo, pero sí había una búsqueda común”.
Con el paso de los años, la obra de Alex Anwandter fue incorporando de manera cada vez más explícita una dimensión política que siempre había atravesado su mirada sobre el mundo, aunque no necesariamente sus canciones. El punto de inflexión llegó en medio de las movilizaciones sociales que marcaron a Chile durante la década pasada y que desembocaron en el estallido social de 2019.
“Yo ya tenía mis convicciones políticas desde antes y empecé a participar de muchas tomas y protestas acompañando a los chicos que estaban ahí. Iba y cantaba mis canciones para entretenerlos, pero empecé a darme cuenta de que mis canciones no reflejaban explícitamente nada de lo que estaba pasando alrededor”, recuerda. Aunque Rebeldes ya dejaba entrever algunas inquietudes sociales, fue recién en Amiga donde esa tensión pasó a ocupar un lugar central en su escritura. “Había una desconexión entre las cosas en las que participaba como persona y las cosas de las que hablaba mi música. Por eso Amiga tuvo ese salto”.
Hoy mira ese disco con una mezcla de orgullo y distancia crítica. “Quizás incluso se me pasó la mano con lo político, no sé”, dice entre risas. En Amiga, Alex radicalizó su discurso y demostró que se podía hacer bailar a un país mientras se le cantaba a sus heridas más profundas. Sin embargo, su recuerdo deriva hacia un detalle inesperadamente técnico: “Hay cosas de Amiga que me gustan mucho, pero siento que en ese disco sobreutilicé un ecualizador. Ahora escucho ese plug-in todo el tiempo”.
Esa mezcla entre sensibilidad y obsesión técnica aparece constantemente cuando habla de música. Más que abordar las canciones desde un lugar racional o conceptual, Anwandter asegura vincularse con ellas de una forma mucho más intuitiva. “Mi relación con las canciones es súper emocional. Más bien: me gusta, no me gusta, me conecta o no me conecta”. Y reconoce que el proceso creativo suele ser bastante caótico internamente. “Oscilo mucho entre pensar: ‘Estoy haciendo lo mejor de mi vida’ y después decir: ‘Bueno… quizás no está tan bueno, pero igual lo voy a hacer’”.
La producción musical, de hecho, nunca apareció como un rol separado dentro de su carrera. Creció en una escena chilena donde prácticamente no existía una industria musical profesional. “Nunca aprendí a escribir una canción sin producirla”, explica. Sus primeras grabaciones eran extremadamente precarias: cassettes, equipos viejos de los años 70 y capas de sonido registradas manualmente una encima de otra. “Grababa una cosa, la reproducía en un parlante y después registraba encima tocando arriba de eso. Así de primitivo”, recuerda.
La faceta productor: el sonido Anwandter fuera de su discografía
Más adelante, esa relación inseparable entre composición y producción terminó convirtiéndose también en una marca reconocible dentro de los discos que realizó para otros artistas. Trabajos como Tu historia (2022) de Julieta Venegas, el debut solista de Juliana Gattas, Maquillada en la cama (2024), o Rápido mamá (2025) de María Wolff llevaron a que muchos empezaran a identificar un “sonido Alex Anwandter” incluso fuera de su propia discografía.
“Me dicen mucho eso. Que el disco de Juliana suena muy Alex”, cuenta. “Incluso me dijeron eso con el disco de Julieta. Y ahí ya me costaba un poco escucharla. Quizás con el primer single que salió de ese disco, una canción que se llama ‘Mismo amor’. Ese lo siento más bailable de lo que Julieta hace usualmente, tiene como unos violines, qué sé yo, lo veo. Pero el resto del disco a mí se me hacía una cosa medio mexicana, por eso me sorprende”.
Aunque reconoce que existe una huella reconocible en muchos de los trabajos que produce, aclara que, en esos casos, el vínculo afectivo termina siendo incluso más importante que cualquier búsqueda estética. “Trabajo con amigas. Antes que nada está la amistad. Tengo la suerte de poder elegir a quién dedicarle ese tiempo, porque producir un disco es literalmente inventar tiempo que uno no tiene”.
Durante la pandemia, esos procesos llegaron incluso a superponerse. Mientras producía discos para Venegas y Gattas, también trabajaba simultáneamente en El diablo en el cuerpo. “Debo haber tenido unas 45 canciones abiertas al mismo tiempo”, dice. Aun así, sostiene que cada proyecto encontraba rápidamente su propio lenguaje y lograba conservar su propia personalidad.

Latinoamericana, la obra maestra El diablo en el cuerpo y Dime precioso: el cuerpo, la noche y el placer dictan sus propias reglas
Tras la penumbra retrofuturista de Latinoamericana, con El diablo en el cuerpo Alex decidió que la pista de baile ya no sería un escondite, sino el epicentro de la experiencia. El álbum es un despliegue de funk y house que abraza el deseo, el sudor y el disfrute colectivo como respuestas posibles después de años atravesados de desencantos. La búsqueda no se agotó allí: ese impulso continuó expandiéndose en Dime precioso, consolidando una etapa en la que el cuerpo, la noche y el placer dictan sus propias reglas.
Hoy, el músico sigue trabajando en nuevas canciones. Hay un próximo disco en camino, aunque por ahora prefiere mantenerlo en reserva. El mapa de sus transformaciones sigue hablando por sí solo mientras una nueva piel se avecina. Al final, prevalece la esencia de un creador que aprendió a salvarse a través de las canciones y que mantiene abierta la invitación a que nos salvemos con él.
Alex Anwandter se presentará el viernes 18 de septiembre a las 20:30 h en Teatro Gran Rex (Av. Corrientes 857, CABA), entradas disponibles a través de TuEntrada.














