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29/04/2022

Daniel Melero habla sobre su disco en el metaverso: “Me gusta ver utopías y estar en contacto con ellas”

Hablamos con el reconocido artista argentino sobre su más reciente aventura, Ultima Thule, disco que presentará el sábado 7 de mayo en el ND Teatro.

Daniel Melero creía haberlo escuchado todo. Con una cantidad abrumadora de discos publicados, colaboraciones legendarias y experimentos de toda índole en su haber, parecía que quedaban pocos territorios sin descubrir para el reconocido artista argentino. Pero Melero, a sus 64 años, todavía tenía un pendiente.

Más en específico, una carpeta olvidada en una memoria externa con el oportuno título de “Legajos para el futuro”. Durante años, ese había sido el destino de todos los bocetos sin terminar que no habían encontrado un lugar en sus discos. Fue durante la cuarentena, cuando el tiempo pareció detenerse, que decidió revisar en su pasado más inmediato para seguir el profundo rastro que esas grabaciones sugerían.

El resultado de ese proceso es Qualia, una serie de cuatro discos que planea revelar a lo largo del año; el primero de ellos se titula Ultima Thule y será publicado en vinilo y en NFTs para el mercado de criptoarte a través del sello Fuxia, por fuera de las plataformas tradicionales de streaming. Se podrá acceder a los lanzamientos a través de la plataforma Qurable.co y se dividirá en cuatro fases (la primera ya está disponible) en las que los compradores podrán acceder al disco en digital, recibir una copia autografiada del vinilo, una invitación a su presentación en vivo, las pistas del material para crear sus propios remixes y la posibilidad de participar en un álbum de reversiones, entre otras experiencias.

Siento que esta música es muy refundacional, para mí -reflexiona Melero en conversación con Indie Hoy-. En especial cuando se supone que a mi edad debería vivir más de recuerdos que de nuevos proyectos”. Ultima Thule es un volantazo violento en la discografía de Melero, en una carrera llena de caminos sinuosos y destinos inciertos. Pero ahí donde sus discos más recientes, como Cristales de tiempo (2017) y Atlas (2016), exploraban formas más tradicionales de la canción, este nuevo material lo encuentra disolviendo estructuras y volcándose a la experimentación libre.

De hecho, su inconfundible voz se escucha en solo dos de las ocho canciones, “Flor de loto” y “Eclosiones”, los cortes del disco que se pueden escuchar en la web de Fuxia. El foco de sus extensos pasajes instrumentales está puesto en jugar con rítmicas superpuestas y desfasadas, como pulsos que se debaten entre lo aleatorio y lo mecánico. “Empecé a sumar patrones que no eran regulares entre sí y se produjo una situación auditiva muy interesante -cuenta Melero-. Saliendo de la métrica rigurosa la música empezó a liberarse, blurearse y volver a ser forma. Eso en gran medida estaba en los discos rígidos y me invitaba a desarrollarlo más”.

¿Por qué no habías terminado esas grabaciones antes?
Eran territorios complejos de entrar, pero una vez que entré me cambió completamente el panorama musical. Estaban en una carpeta que se llamaba “legajos para el futuro”, que es el título de un libro muy berreta de ciencia ficción de la década de los setenta del que soy fanático, lo leí muchas veces de chico y también cuando estaba en Los Encargados. Me gusta la idea de que todo eso quedó guardado en un “legajo para el futuro” y ese futuro llegó.

¿Cómo llegaste a la decisión de publicar el disco en forma de NFTs? ¿Buscabas una alternativa a las plataformas de streaming?
En realidad fue una propuesta que recibí de la gente de Fuxia. Nos reunimos y cuando me contaron la idea vi una utopía en su mirada, y a mí esas cosas me seducen de inmediato. El disco iba a salir igual en vinilo, pero me gustó la utopía que vi en ellos y me parece que es un momento exacto para hacer algo así. Si me hubieran ofrecido algo más concreto probablemente no me hubiera interesado. Funciono mucho así. Me gusta ver utopías y estar en contacto con ellas. Y estoy muy contento, veo que ya está produciendo un ruido típicamente meleriano.

Este hábito de revisar material del pasado y reimaginarlo también es una constante en tu carrera. Pienso en el álbum Disritmia de 2013, que hiciste con los descartes del proceso de tu álbum Disco de 2014. ¿En qué otros momentos de tu carrera hiciste algo así?
Hay temas que intenté grabar para distintos discos y aparecieron en uno solo, o en ninguno. Por ejemplo, “Amor en pie” está en Después [de 2004], pero estuvo dando vueltas prácticamente desde Conga [de 1988]. En Colores santos también trabajamos con ideas que teníamos desde antes, material postergado tanto de Gustavo como mío, que después se convirtió en otro andamiaje en el estudio. Ese disco para mí ya pasó a ser parte de una mitología semejante que a veces me hace dudar si realmente estuve…

Este año se cumplieron 30 años…
Sí. A veces me preguntan, “¿cómo lo hicieron?”. Y, ¡qué se yo…! Éramos otros. Es un producto muy de su época. Yo creo que la vanguardia no existe, es una manera de justificar que la mayor parte de las expresiones son de retaguardia.

¿Recordás tu primer encuentro con la música electrónica?
Me acuerdo de ir a ver ciclos de música electroacústica en el San Martín, conciertos donde había un grabador en un escenario con loops de cintas. También recuerdo escuchar a Montes Mahatma, un músico de rock, que tocaba la guitarra y utilizaba un grabador de cuatro canales, era una cosa psicodélica increíble. Cuando tenía 12 años tuve una radio de onda corta, así llegué a escuchar a Stockhausen, después me enteré que los Kraftwerk también lo escucharon así. Y en el programa de Fabio Zerpa [ufólogo y conductor de radio], una vez escuché un tema que me volvió loco, de Kid Baltan y Tom Dissevelt, Electronic Movements se llama el disco. Con internet también conocí a muchas mujeres de la música electrónica, como Delia Derbyshire. Era una época en donde se lanzaban los cohetes a la luna… había una sensación, como siempre se vende, de cambio del mundo. Al final te das cuenta que uno es víctima de la época en la que vive, no pertenecés nunca a ese supuesto futuro del que todos hablan.

La temprana fascinación de Melero por la música electrónica lo llevaría a participar en el disco Orquesta de Carlos Cutaia, una de las mayores obras de culto de la música nacional. El año siguiente saldría el hoy clásico Silencio (1986), el único disco de su banda Los Encargados, considerados el primer grupo tecno del país. Pero esos trabajos también demostraban una maestría para componer melodías y jugar con los sentidos posibles de la canción pop. Desde entonces, Melero construiría una carrera profundizando en ambas vetas: electrónica y rock, experimentación y canción, sombra y forma.

“No considero que una impronta electrónica tenga necesariamente que ver con lo moderno -afirma Daniel-. Hay músicas más primitivas, pero no precarias, que siguen siendo interesantes. Esa idea de que lo contemporáneo solo está en el lenguaje de lo electrónico equivoca. Creo que es en la estructura de las composiciones donde se está jugando lo nuevo. Esos campos en donde la música popular o el rock o la electrónica nunca se atrevieron a entrar, salvo en lo que hoy conocemos como ambient”.

Quizás el disco en el que Melero llevó esta premisa hasta al extremo, además de Ultima Thule, sea Operación escuchar de 1995, un trabajo de minimalismo puro que él mismo define como “música hecha por y para mitocondrias”. O Acuanauta de 2004, disco también de ambient aunque menos frío y con mayores arreglos melódicos. Descrito en su momento por Melero como “un matrimonio de software y pieza artística”, el álbum se podía descargar gratis de internet en forma de una interfaz gráfica que permitía navegar por videos e imágenes del océano.

Siempre en búsqueda de nuevos desafíos y sin interés en los cánones musicales, Melero es también un curioso buscador de la música nueva ubicada al margen de las tendencias de la industria. Incluso se emociona hablando de discos que encontró en las profundidades de YouTube y Bandcamp, como su reciente fanatismo por Duma, una banda oriunda de Kenya que hace “hardcore ambient”, o por el género de música africana gqom (“aunque soy medio clasista con el gqom, me gustaba más el de antes”), e incluso cuando confiesa su admiración por Ariel Pink (“me hizo conocer mucha música en sus reportajes, aunque ahora se ha transformado en un lloriqueante”).

“En el arte, todo lo que difiere tiene un legajo para el futuro -afirma con una sonrisa de complicidad-. Si no lo podés acomodar en algo existente, probablemente sea la clave del arte popular dentro de un tiempo. El gusto es esclavizante, genera un hábito que excluye”.

Foto: Lobo Velar de Irigoyen

Fuera del metaverso, la única oportunidad de escuchar las canciones de Ultima Thule por el momento es en vivo. Acompañado por el guitarrista Guillermo Rodríguez, Melero comenzó una gira que lo llevó por Buenos Aires, Rosario, Santa Fe, Córdoba, La Plata y culminará el sábado 7 de mayo en el ND/Teatro, donde también interpretará material de su extenso repertorio en formato banda. “Es un show en el que están seteadas solo algunas reglas, pero todo puede ocurrir -asegura Melero-. Hay un fuerte componente de improvisación, lo cual te hace estar muy conectado con la entropía. Te pone en un lugar de atención musical. Escuchar más que tocar, siempre fue uno de mis lemas. Se piensa que la música ocurre cuando está siendo tocada, pero está en los silencios verdaderamente”.

Luego de la gira, planea volver al estudio y finalizar la producción de los tres discos que seguirán a Ultima Thule. “El resto de las Qualia difiere, pero tienen puntos de coincidencia -adelanta-. Tienen la huella de la época en la que estoy, pero son más violentos que este. Este disco es también más elegante que el show, el vivo es pirotecnia pura. Creía que el disco tenía que abstraer la violencia e ir por algo más poético, pero en vivo me interesa que sea pirotécnico. La excitación que uno tiene en vivo es muy diferente a la que tenés en el estudio, es una posesión”.

Solés hablar del estudio como un laboratorio. ¿Qué tanto hay de cálculo en tu forma de hacer música?
Antes era más estructurado en eso, pero hace años que creo más en el tiempo que en el tempo. El tempo no me parece un valor interesante salvo para moverlo y desplazarlo, como lo hacían los Talking Heads, por ejemplo. El manejo del tiempo en la composición es mucho más importante que mantenerte en la grilla. El tempo me aburre muchísimo más que las categorías que pueden ocurrir en el error. En las producciones actuales veo a la gente preocupadísima por que esté todo ajustado… ¡como si el orden existiese! El orden es una falacia de la mente, representa una necesidad de ratificar gravitacionalmente el lugar en el que estás. El artificio siempre me interesó y me sigue interesando.

Este disco es también uno de tus más instrumentales, contaste que a algunas canciones les escribiste letra y después se las sacaste. ¿Cómo te llevás con las palabras?
Sí, prácticamente la mitad de las canciones eran cantadas, pero ni siquiera llegué a grabar las voces. Las palabras a veces me sirven como un disparador, pero está bueno no decirlas siempre. Y otras veces son más necesarias, ayudan a generar una abstracción.

¿Así encontraste los conceptos de Qualia y Ultima Thale?
Fue recorriendo sitios de filosofía que me encontré con ese marco filosófico, denostado, pero a mí me interesó. Si una palabra o concepto te sirve como trampolín creativo no importa si es eficiente o no. El concepto de Qualia me parece fascinante, tiene que ver con la duda de cuál es la graduación de las sensaciones según el punto de vista de cada cuerpo. Y el concepto de Ultima Thule apareció por una canción que se llamaba así, un tema que tiene un sonido en continuo ascenso pero no termina nunca de subir y no te das cuenta pero continuamente vuelve a empezar. Lo que se denomina “los tonos de Shepard”. Me atrae mucho la idea de las ilusiones sonoras, la apofenia también. Uno por ahí está habituado a las ilusiones visuales, pero también hay ilusiones sonoras. Los tonos de Shepard te llevan como a un lugar que sigue y sigue… Ultima Thule.

“Ultima Thule” se le decía a un lugar más allá del conocimiento humano.
Sí, es una idea que aparece en los romanos. Pero también me atrajo mucho el asteroide Ultima Thule que está en el cordón de Kuiper. Son dos bolas pegadas, adheridas, no es explicable cómo no se disgregó, y está ahí dando vueltas en el espacio, como dos bochas de helado pegadas en el fin del sistema solar. Visito mucho foros de astronautas, pero en la NASA ya no me contestan las preguntas que les hago. En la época de Cristales de tiempo les empecé a escribir, quería saber qué pasa con el agua que dejan los cometas con su estela cada vez pasan por la tierra. ¿Hay agua nueva en la tierra? ¿Dónde está? ¿Cómo es? Nunca me lo contestaron.

Foto: Ignacio Yuchark

¿Cómo trabajaste las grabaciones que terminaron en Ultima Thule?
Mucha de esa música no era desglosable, muchos de los procesos eran como Hernán Cortés: quemando las naves. Tomaba un estéreo, lo mezclaba con otro, borraba el anterior y esa era la nueva entidad. Fue bastante temerario e interesante. El disco en su mayor parte está hecho en un editor de audio, no en un multicanal. El aparato textural y rítmico no se podía dividir. Quería salir de la disponibilidad de medios. Si aparecía un error, había que saber construir alrededor de eso o abandonarlo. Usas los restos del barco para levantar un pueblo o no dejar nada. Y me parecía atractivo eso, que la música se defienda, y así se defendió, volviendo a aparecer ahora.

¿Creés que la eternidad es una cualidad de ciertos sonidos?
Creo que, dentro de lo que el humano siente que es la eternidad, sí. La verdadera eternidad no creo que esté dentro del campo imaginable, no es accesible.

¿Es divina?
Sí, pero… para mí, Dios más o menos fracasó acá. Esta zona del universo no salió muy bien, no nos tocó el mejor momento de los dioses. También, la divinidad es algo que uno experimenta, que forma parte del espíritu humano.

¿A través del arte, por ejemplo?
A través del arte uno siente ese tipo de cosas, te puede pasar visualmente o con el sonido, hasta el océano te puede parecer eterno y sin embargo es finito. Pero sí creo que esa idea de eternidad se puede imprimir en un sonido. Hay un acuerdo que tenemos acerca de la eternidad. Pero lo peor que existe, para mí, es estar en anclado a una eternidad, como las águilas que le comen el hígado a Prometeo.

La eternidad sería un infierno.
Sí. ¿Quién no ha pensado que es mejor morir con dignidad que permanecer en el dolor, o cuando ya no hay ego en la persona? Estamos todos de acuerdo, el ego es una porquería, pero cuando ya no queda rastro de la persona y aún así se persiste en que viva… Yo estoy a favor de la eutanasia, si tengo que decirte, me parece que es mucho más interesante que exista esa herramienta porque, ¿qué cosa es la vida sino sos? Ayer estuve viendo cómo mueren los organismos unicelulares, y se parece mucho el proceso al del humano, salvo que es una célula nada más. Es fractal también eso. Y estos cuerpos que tenemos son más frágiles que una ameba, que un virus, que ni siquiera es vida dicen… No sé cómo terminamos hablando de esto, pero sí creo que la eternidad es un acuerdo que tenemos, porque es inimaginable. Hay canciones que parecen que siguieran tocando eternamente, cuando tienen un fade out lento o cuando parecen ya empezadas, esa es la sensación. Pero tengo la impresión de que la eternidad debe ser otra cosa. Tenemos la suerte de creer engreídamente que comprendemos, pero no sabemos dónde estamos ni por qué. Lo único que yo sé es que una vez que te vas del otro lado ya no hay vuelta, así que hay que aprovechar este plano que más o menos conocemos, por más que no sea demasiado bueno.

¿Sentís que haciendo música sos capaz de deshacerte del ego?
Es una imaginación. No trato de alejarme de mi ego porque siento que es inevitable, pero lo que más intento es transportarme a otro nuevo lugar. En lo que se refiere a mi propia música y a lo que escucho. A mí gusta la economía de medios, no me gusta lo exuberante y me aburre lo complicado. Para mí, lo lindo y lo feo están del mismo lado, no me interesan, a mí me interesa lo horripilante y lo bello. Y luego me interesa lo simple, me encanta lo sencillo, y a veces hay cosas complejas, pero es la manera más sencilla de expresarlas. Pero lo complicado no. No escucho música para que me complique. Busco que me ponga en ese estado supuestamente espiritual que creemos tener a veces. Y que me transforme.

Daniel Melero se presenta el sábado 7 de mayo a las 21 h en el ND/Teatro (Paraguay 918, CABA), entradas disponibles a través de Plateanet. Más información sobre Ultima Thule en Qurable.co.