Escuchar a Diles Que No Me Maten es entrar a un lugar conocido y descubrir que alguien movió todo durante la noche. Las formas siguen ahí, pero algo cambió: las calles conducen hacia otros sitios, las voces parecen venir desde lejos y debajo de lo cotidiano comienza a aparecer algo extraño. Esa sensación acompaña buena parte de la obra que el quinteto construyó desde Ciudad de México, una discografía hipnótica que convirtió el desconcierto en una forma de belleza y encontró en la transformación permanente una manera de avanzar. Cuatro discos después, todavía resulta difícil saber exactamente dónde termina una versión de Diles Que No Me Maten y comienza la siguiente.
Escrito en agua tiene algo de imagen imposible: palabras que existen apenas un instante antes de perder su forma y desaparecer. El título del cuarto álbum de Diles Que No Me Maten condensa desde el comienzo esa sensación de algo difícil de retener, en un disco dedicado además al poeta palestino Mahmoud Darwish. La frase, sin embargo, apareció mucho antes de que el álbum encontrara su nombre definitivo y tiene su origen en otro poeta y en una imagen que Jonás Derbez guardó durante años.
“Alguna vez vi una fotografía en un libro de la tumba de Keats, que está en Roma. Cuando vi su tumba me pareció algo muy hermoso porque no dice su nombre. Nada más dice: ‘Aquí yace un poeta inglés cuyo nombre está escrito en agua’. Me encantó. Al principio quería ponerle al disco Nombre escrito en agua y a Gerardo se le ocurrió decir: ‘Me gusta más nada más Escrito en agua’. Y era verdad, era mejor título”, dice Derbez en conversación con Indie Hoy.
Para su cuarto álbum, Diles Que No Me Maten llegó además con una historia compartida detrás. Después de La vida de alguien más y Obrigaggi, el grupo había desarrollado una dinámica creativa apoyada fuertemente en la exploración colectiva y en la posibilidad de dejar que una idea cambiara de forma durante el proceso. Esta vez, esa lógica tuvo que convivir con materiales nacidos en circunstancias muy diferentes entre sí, obligándolos a encontrar un lenguaje común para canciones que habían recorrido caminos desiguales antes de encontrarse en un mismo disco.
“Teníamos algunas canciones que veníamos arrastrando desde hacía mucho tiempo y que habían crecido con nosotros, algo que no nos pasaba tan seguido. Tal vez fue la primera vez que tuvimos canciones que llevaban dos años cocinándose y de las que habíamos grabado varios demos. ‘No me’, por ejemplo, la grabamos por primera vez en Chihuahua, en el estudio de Ed Maverick. Salió de una improvisación estando con él, después la volvimos a grabar y finalmente hicimos la versión del disco. ‘Hiriku’ también la habíamos tocado antes de grabarla”.
Escrito en agua exige una escucha atenta. Hay motivos que reaparecen, canciones que parecen comunicarse entre sí y pequeños detalles que recién comienzan a revelarse después de varias vueltas. Esa densidad hace que el álbum funcione tanto en sus momentos más inmediatos como en aquellos donde la banda se permite extender las formas y dejar que la música encuentre caminos menos evidentes.
“Había canciones que venían más de una composición mía como cantautor, con una guitarra, una melodía y unos acordes. Eso normalmente no nos sucedía en otros discos y estuvo muy divertido jugar con la idea de cómo intervenir algo que ya era una canción folk y que ya estaba hecha. En cambio, la canción final salió de una improvisación mientras grabábamos. Nos estaba costando hacer el disco y un día surgió la idea de simplemente ponernos a tocar. Salió tal cual está y eso ayudó muchísimo a liberar la energía, como decir: ‘Venga, grabemos, está todo bien’”, explica el cantante sobre "Tunuwame".
La libertad formal de Escrito en agua también se percibe en la arquitectura de las canciones. Diles Que No Me Maten evita aplicar una misma lógica compositiva a todo el álbum: algunas piezas nacieron a partir de partituras y arreglos previamente definidos, mientras que otras conservaron estructuras mucho más abiertas. “La rata modesta”, por ejemplo, fue compuesta por Jerónimo Elizondo-García, quien además grabó sus vientos, mientras que “Kilómetros dentro de un túnel” quedó en manos de Gerardo Ponce y responde a una construcción más libre, con secciones cuya duración podía modificarse durante la interpretación. Esa convivencia hace que el disco pueda pasar de la precisión al accidente sin establecer una jerarquía entre ambos métodos.
En otras canciones, la repetición funciona como una herramienta para producir movimiento en lugar de quietud. “Hiriku” y “Jardín” fueron sometidas a un trabajo minucioso sobre sus estructuras, con modulaciones, puentes y melodías que reaparecen en diferentes momentos. Incluso hay motivos que atraviesan el disco: una melodía de “La rata modesta” vuelve a aparecer en medio de “Jardín”. En “Persiquidor”, en cambio, la banda encontró una lógica acumulativa cercana a la sucesión de Fibonacci, donde cada repetición incorpora nuevos elementos y aumenta progresivamente la intensidad.
“Primero tenés una melodía, como la primera parte de la guitarra y el bajo, y luego esa misma parte se repite, pero crece un poco más. Después se repiten esa segunda y primera parte y vuelve a crecer, y eso se sigue repitiendo. Sobre eso empieza el arreglo y entramos todos”, explica Jonás.
Esa amplitud de procedimientos ayuda a entender por qué la música de Diles Que No Me Maten ha acumulado tantas etiquetas a su alrededor. Art rock, post-punk, psicodelia, krautrock o jazz aparecen recurrentemente como coordenadas posibles, aunque ninguna alcanza por sí sola para ordenar una discografía construida desde el cruce. Más que funcionar como una declaración contra los géneros, esa apertura parece haberse convertido con los años en una consecuencia natural de cinco músicos con intereses diferentes y una curiosidad que también los lleva a incorporar nuevos instrumentos.
“Cada vez nos molesta menos ser etiquetados. Al principio era un desafío personal, yo siento. No queríamos que nuestra música sonara a nada que conociéramos y esa era una buena brújula: queríamos que sonara a lo que nos gusta, pero que no pudieras saber cuáles eran nuestras influencias. Poco a poco fueron cayendo por sí solas porque estamos súper influenciados por todas las bandas que nos gustan”.
En ese recorrido también cambió la relación del grupo con la idea de una identidad sonora cerrada. La variedad que atraviesa sus discos puede trasladarse incluso al armado de un show, donde canciones provenientes de búsquedas diferentes necesitan encontrar una continuidad propia. Para Derbez, esa heterogeneidad dejó de representar un problema y terminó convirtiéndose en una de las posibilidades más estimulantes de la banda.
“Entre los cinco miembros nos gusta música muy distinta. También tratamos siempre de aprender nuevos instrumentos solo por curiosidad y de incluirlos. A veces, cuando tocamos en vivo, se siente raro hacer setlists muy largos porque decimos: ‘Bueno, tocamos de todo’. Pero si se arma bien el setlist, es muy refrescante al mismo tiempo”.

Las letras de Diles Que No Me Maten suelen moverse en territorios desoladores. Hay algo asfixiante en su escritura, una sensación de encierro y extrañamiento que convive con imágenes abstractas, paisajes inquietantes y personajes que parecen desplazarse por espacios en permanente transformación. La cercanía con el spoken word, presente desde los primeros trabajos de la banda, refuerza ese peso de la palabra: las voces pueden narrar, recitar o irrumpir sobre la instrumentación sin perder su intensidad. En Escrito en agua, incluso cuando las canciones se expanden instrumentalmente, las letras sostienen buena parte de la tensión y el clima que atraviesan el disco.
“Yo no era músico antes de entrar a la banda. Me dedicaba a escribir, estudiaba cine en ese momento y quería dedicarme a hacer películas. Trabajaba en la radio haciendo guiones un poco poéticos, quería escribir poesía. Llegué a la banda y encontré esa salida que no encontraba en ninguna otra parte. Porque las letras pueden ser buenas, pero si las leyeras como un poema, posiblemente no te llamarían tanto la atención como gritadas en una canción. Para mí eso completó perfectamente todo lo que quería hacer”.
Ese vínculo con otras disciplinas permite ampliar el mapa de referencias de Diles Que No Me Maten mucho más allá de los nombres que habitualmente aparecen cuando se intenta describir su sonido.
“Rubén Gámez tiene una película que se llama La fórmula secreta, cuyo guion es de Juan Rulfo. En realidad, es lo que más me gusta de Rulfo: ese guion es un poema sensacional. Vi esa película por primera vez en el cine cuando estaba empezando la banda y me cambió la vida. Creo que todas sus películas están en este mismo universo: una reflexión sobre un México muy surreal, muy agotador y agobiante y, al mismo tiempo, muy mágico y muy bello. Siempre resuenan un poco en nosotros”.
Publicado en 2021, La vida de alguien más fue el segundo álbum de Diles Que No Me Maten y uno de los trabajos que terminó de ampliar el alcance de la banda dentro de la escena independiente mexicana. Llegó después de Edificio, su debut de 2019, y consolidó una primera etapa de una discografía que, vista desde el presente, permite seguir los cambios en la manera en que el grupo compone, graba y piensa sus canciones.
“Siempre pensamos que estábamos muy locos. Ahora no sé si nos atreveríamos a hacer ese disco, porque en ese momento no esperábamos a nadie, no esperábamos nada y nadie nos escuchaba. Entonces solo hicimos lo que queríamos hacer. Es un disco muy conceptual, te lleva por toda una historia, tiene intros, outros, varios pasajes. Ahora somos más conscientes cuando hacemos eso; en ese momento simplemente sucedió. Me acuerdo de que alguien dijo: ‘Creo que es muy pretencioso nuestro disco’. Y yo respondí: ‘Pues sí, bueno, no lo va a escuchar nadie’”.
Una figura fundamental de aquellos primeros años fue Hugo Quezada. Productor, músico y referente de la electrónica experimental mexicana, su relación con Diles Que No Me Maten comenzó en Edificio y continuó en La vida de alguien más. “Para el segundo disco ya sabíamos que queríamos jugar con los sintetizadores que tenía en el estudio, pero no los sabíamos usar. Entonces era un espacio muy creativo: le describíamos un sonido de manera medio acuática, medio metalosa, con imágenes, y él nos ayudaba a buscarlo”.
Esa colaboración podía convertir una indicación convencional en una solución completamente distinta. Cuando la canción “La vida de alguien más” parecía pedir un walking bass, Quezada propuso trasladar esa función a dos sintetizadores; hacia el final de “Outro”, otras máquinas terminan construyendo un polirritmo. Muchas de aquellas decisiones sobrevivieron incluso a los instrumentos originales: la banda tuvo que encontrar después la manera de reconstruirlas para llevar las canciones al escenario.
Obrigaggi (2023) cambió radicalmente el paisaje. Su antecesor parecía pertenecer al concreto y a las máquinas; el tercer disco de Diles Que No Me Maten encontró otro tipo de imaginario, más abierto y orgánico. La diferencia puede escucharse incluso antes de conocer las circunstancias de su grabación: hay una relación distinta con el espacio, los silencios y el tiempo que las canciones necesitan para desarrollarse.
“Con Obrigaggi lo que teníamos era mucho tiempo y queríamos conseguir mucha calma, y saber qué podíamos hacer nosotros solos. Conseguí una casa que renta el Teatro Lúcido en Xalapa, Veracruz, junto a un río. Es una locura de casa, no tiene ángulos rectos, es como una serpiente, como un pulpo. Le llaman la Casa Pulpo. Les dije: ‘¿Me prestan su casa y nosotros les hacemos un concierto gratis?’. Me dijeron que sí y nos la prestaron diez días”.
La estadía convirtió la rutina de grabación en una experiencia comunitaria. Con Mateo Sánchez Galán en la producción y dos autos cargados de equipos prestados por amigos, los integrantes podían repartirse entre las habitaciones, comenzar una toma temprano, continuar componiendo en otro espacio o volver sobre una canción durante la noche. Jonás encuentra la mejor síntesis de aquella experiencia al compararla con el universo tecnológico que había rodeado al álbum anterior.
“Unos tocaban mientras otros componían en otra habitación, y afuera estaba el pasto y más allá el río. Tenía por completo otra energía que estar en el estudio de Hugo, en medio de Ciudad de México, lleno de sintetizadores. Era: ‘Acá no hay equipo, pero hay bosque’”.

Después de cuatro discos, la palabra “experimental” podría parecer una descripción cómoda para Diles Que No Me Maten. Sin embargo, su recorrido también vuelve problemática esa categoría. “Cada vez es más difícil porque conocemos más estructuras. La experimentación te lleva a lugares que no conocías, pero eso no necesariamente quiere decir que sean nuevos: alguien más ya los conocía”, explica Jonás.
“Entonces la experimentación es esa sensación de haber llegado a algo por vos mismo. Te enamorás porque llegaste y lo conociste sin nombre, y vos le ponés el nombre porque no sabés qué es. Ahora sabemos cada vez más, así que encontrar esos lugares, encontrar esa inocencia, es cada vez más difícil. Pero cuando sucede es muy bello porque te devuelve a esa pureza, a ese adolescente o a ese niño”.
Diles Que No Me Maten se presentará los días 19 y 20 de agosto a las 20 h en Club Cultural Bula (Bulnes 998, CABA). Entradas disponibles únicamente para la función del 19 a través de AlPogo, 20% de descuento con Comunidad Indie Hoy.













