Johnny Marr tenía poco más de veinte años cuando su guitarra se convirtió en una de las señas de identidad de The Smiths. Lo extraordinario es todo lo que ocurrió después. Cuatro décadas más tarde, su nombre atraviesa distintas épocas de la música británica sin haber quedado atrapado en ninguna: construyó una carrera marcada por el movimiento, la curiosidad y una resistencia persistente a convertirse únicamente en custodio de su propio pasado. A los 62 años, Marr parece mucho más interesado en ampliar esa historia que en convertirla en un monumento.
El nacido en Mánchester empezó a trabajar en The Age of Everything, el disco que salió a comienzos de mes, sin saber exactamente qué quería decir con él. Es una incertidumbre que reconoce como parte habitual de su proceso: las canciones aparecen primero y recién cuando un álbum comienza a adquirir forma descubre qué preocupaciones las conectan. Esta vez, al mirar el conjunto, encontró una respuesta en la sensación de saturación que atraviesa la vida contemporánea.
"Demasiadas redes sociales, demasiados estímulos, todo es hiper, hiper, hiper. La política es una locura. Yo no hago música política, pero parece que el mundo está en un momento en el que todo el mundo vive al límite y tiene que lidiar con muchísimas cosas. Cuando terminé el disco me di cuenta de que no estaba cantando sobre mis propios sentimientos, sino sobre el mundo", cuenta Johnny Marr en conversación con Indie Hoy.
Canciones como “Fire With Fire”, “It’s Time” y “Just Once More” terminan canalizando esa percepción desde un lugar que Marr describe más cercano al desafío que a la resignación. Esa catarsis también atraviesa a la propia banda: después de doce años tocando con la misma formación, Marr siente que el álbum captura con especial precisión aquello que construyeron juntos a lo largo de su carrera solista.
"Intento no hacer discos en los que simplemente me esté quejando o siendo negativo. Hay una sensación de plantarse frente a la negatividad. Cuando empecé el disco no sabía que iba a cantar sobre eso, pero cuando lo terminé pensé: 'Ah, OK, sí, había bastantes cosas que necesitaba sacar'. También siento que es la mejor representación de mí junto a estos músicos. Esto es lo que vengo haciendo desde 2013. Quizás después vaya hacia otro lado. No lo sé".
Esa idea termina encontrando una forma concreta en el título del álbum, que apareció fuera del estudio, durante una conversación nocturna con una amiga sobre cultura: una frase pronunciada casi al pasar interrumpe inmediatamente la escucha de Marr y activa un reflejo desarrollado durante décadas de composición.
"En un momento dijo: 'Estamos viviendo en la era de todo'. Ella siguió hablando, pero cuando sos compositor siempre estás como una antena, alerta y buscando ideas para una canción, una fotografía o un video. Esa frase se me quedó en la cabeza. Ni siquiera tuve que anotarla en el teléfono porque era muy potente. Pensé: 'Mierda, ese es un buen título para mi álbum'".

Más de una década separa The Age of Everything de The Messenger, el disco con el que en 2013 inauguró formalmente esta etapa de su carrera. Marr reconoce avances concretos en la velocidad con la que escribe y graba y, especialmente, en una voz fortalecida por años de conciertos.
Cuando intenta identificar una transformación radical en su manera de componer, sin embargo, la respuesta resulta menos evidente: "Creo que ahora todo suena más enfocado. Pero, ¿sabés qué? Quizás mi forma de escribir no sea tan diferente. Quizás no haya cambiado tanto, si te soy sincero. Y eso está bien para mí".
El método elegido para el nuevo álbum llevó las canciones fuera del estudio antes de que estuvieran terminadas. Durante una serie de conciertos en Norteamérica y Europa, Marr decidió probar frente al público buena parte del material mientras todavía trabajaba sobre las letras, las estructuras y los arreglos. Algunas decisiones llegaron incluso sobre el escenario, donde indicaba a sus compañeros cuándo repetir una sección o cambiar un acorde.
"Es algo bastante inusual hoy porque, con la tecnología, la mayoría de los discos empiezan escribiéndose en una laptop. Pero si estás en una banda de rock, es bueno asegurarte de que los tempos sean los correctos, de que estés cantando en la tonalidad adecuada y de que todos los arreglos sean sólidos. A muchas bandas tampoco les gusta que aparezcan versiones de sus canciones en YouTube antes de lanzarlas. A mí eso no me importa. Lo que sea que haga que el disco sea mejor".
“Ophelia”, “Spin” y “All In A Life” fueron algunas de las canciones que atravesaron ese proceso. Cuando finalmente llega el momento de registrarlas, la experimentación frente al público ya ha cumplido su propósito: Marr y los otros tres músicos pueden entrar juntos a una habitación y tocar.
"Éramos los cuatro juntos: uno, dos, tres, cuatro, y grabábamos. Realmente lo hicimos como solíamos grabar en los años 80, como una verdadera banda indie. Eso definitivamente es diferente a The Messenger".
Hay otra distancia entre ambos extremos de su discografía solista que resulta menos evidente en el sonido. En sus primeros trabajos, Marr evitaba deliberadamente convertirse en el protagonista de sus letras. La mirada podía detenerse en otras personas, la arquitectura, la sociedad o la cultura, siempre que el compositor permaneciera fuera de cuadro. Canciones nuevas como “Beyond The Rain” y “All In A Life” empiezan a romper esa regla.
“Cuando empecé, no quería cantar sobre mí mismo. Solo quería cantar sobre otras personas, sobre edificios, sobre la sociedad y la cultura, pero no sobre Johnny. Con el paso del tiempo me di cuenta de que ahora soy un poco más valiente y canto un poco más sobre mí mismo”.

Después de más de cuatro décadas entrando y saliendo de estudios, bandas y proyectos, la experiencia podría haber convertido la grabación en un territorio conocido para Johnny Marr. Sin embargo, una de las cosas que todavía lo empuja a hacer música es justamente la posibilidad contraria: encontrarse frente a algo que todavía no sabe cómo hacer.
Con The Age of Everything terminado, esa necesidad de volver a ponerse en una situación desconocida ocupa buena parte de sus pensamientos: "Ahora que terminé este disco, lo que realmente me entusiasma es hacer las cosas de una manera nueva. Durante años todo el mundo me preguntaba: '¿Cuándo vas a hacer tu propio disco?'. Y ahora que llegué al quinto, la gente quiere saber si voy a volver a hacer colaboraciones o algo diferente. Me gusta mucho la idea de hacer cosas inesperadas".
Las canciones se construyen
La incertidumbre también ocupa un lugar central cuando Marr habla de escribir letras. Para él, una canción exige encontrar un equilibrio entre aquello que las palabras significan y la manera en que se comportan al encontrarse con una melodía. La escritura queda así sometida a reglas diferentes de las de un texto pensado únicamente para ser leído.
"Una letra no puede ser simplemente poesía. Tiene que sonar bien cuando sale de la boca del cantante y, a veces, tiene que potenciar la música y acompañar lo que la música te hace sentir. En 'In and Out of Love', por ejemplo, la música es muy dramática y emocional, y la letra habla sobre una ruptura. Si cantara sobre el gobierno o sobre mi perro, simplemente no funcionaría".
En otras canciones, una repetición puede resultar más efectiva que una imagen elaborada. Marr utiliza "Easy Money" como ejemplo: el título reaparece una y otra vez porque eso es lo que la composición necesita. Detrás de esas elecciones reconoce una dimensión del oficio que desconfía de la idea de que la expresión emocional, por sí misma, alcance para construir una buena canción.
"Hay algo de artesano en todo esto. Tenés que construir la canción. A veces la gente piensa que simplemente podés volcar tus sentimientos y que eso va a hacer que una canción sea buena. Pero no es así. A veces tiene que haber una historia, a veces tiene que haber algo de misterio. Por eso siento que las letras son como todo un océano misterioso. Es increíble".
The Queen is Dead, cuatro décadas después
Ese oficio del que habla Marr se había formado mucho antes de que comenzara a firmar discos con su propio nombre. Para 1986, The Smiths ya había publicado dos discos y mantenía un ritmo de trabajo difícil de imaginar hoy: álbumes, singles, lados B y giras se acumulaban en apenas tres años de carrera. The Queen Is Dead, su tercer álbum, apareció en medio de esa aceleración y terminó ocupando un lugar particular dentro de una trayectoria que se cerraría apenas un año después. Allí quedaron “Bigmouth Strikes Again”, “I Know It’s Over”, “There Is a Light That Never Goes Out” y una canción homónima que mostraba una versión especialmente feroz de la banda.
Marr todavía conserva recuerdos precisos de aquellas sesiones. The Smiths llegaba a The Queen Is Dead convertido en una banda mucho más grande que la que apenas unos años antes había empezado a abrirse camino desde Mánchester, pero sus integrantes seguían siendo extraordinariamente jóvenes. Marr tenía apenas 21 o 22 años y ya cargaba con las expectativas que acompañaban a uno de los grupos británicos más importantes de su generación. Todo parecía suceder al mismo tiempo y a una velocidad difícil de procesar: mientras las canciones seguían apareciendo, alrededor de la banda se acumulaban presiones, decisiones y conflictos. En medio de ese vértigo, ellos entraron al estudio con una certeza mucho más sencilla: querían estar exactamente ahí.
"Había mucho en juego, pero no teníamos miedo. En The Smiths siempre estábamos muy entusiasmados con lo que hacíamos. Ninguno quería estar haciendo otra cosa. También estaban pasando muchas cosas complicadas. La grabación tuvo que detenerse por un problema legal con nuestra discográfica. La banda había hecho una estupidez: habíamos firmado con otra compañía. Fue una locura".
Durante las sesiones, el grupo encontró una manera extrema de mantener esas interferencias a distancia. Instalados en una casa en el campo, redujeron durante meses el contacto con el exterior a un círculo mínimo alrededor de la banda. Incluso cuando los problemas legales obligaron a detener temporalmente la grabación, Marr siguió componiendo dentro de aquella burbuja.
“Creo que durante unos tres meses no hablé con nadie que no fuera de la banda o mi novia. Solo hablaba con los miembros de la banda, el ingeniero y mis roadies. Estábamos metidos en nuestro propio universo. Y eso es algo muy bueno cuando estás haciendo arte. Muy, muy bueno. Pero no es particularmente bueno para vos. No es saludable ni psicológica ni físicamente”.

Cuatro décadas después, hay canciones de aquella etapa que todavía despiertan en Marr una satisfacción particular, especialmente por la sensación de singularidad que encontraba en The Smiths cuando apenas superaba los veinte años. "Siempre sentí un enorme orgullo por la banda. Me alegra mucho que hayamos hecho 'Bigmouth Strikes Again' porque era una canción realmente potente, muy cool, y nadie más sonaba así. Eso era lo mío. Sé que otras bandas empezaron a recibir la influencia de The Smiths, podía percibirlo en algunas de ellas, pero nadie sonaba realmente como lo que nosotros estábamos haciendo".
"También diría 'The Queen Is Dead'. Nadie sonaba así. En aquella época, y quizás también ahora, cuando la gente piensa en The Smiths piensa en 'Heaven Knows I’m Miserable Now' y 'This Charming Man', en ese sonido medio caprichoso, cool, de pop, de indie pop. Pero 'The Queen Is Dead' suena como un huracán. No suena como una débil bandita inglesa. Rockea de la puta madre. Eso me encanta".
Electronic: un capítulo decisivo después de The Smiths
Durante buena parte de los años que siguieron a The Smiths, esa curiosidad llevó a Marr a desplazarse constantemente entre proyectos y colaboradores: Electronic, Modest Mouse, The Cribs, Beck y Hans Zimmer fueron algunos de los destinos de un recorrido que luego convivió con una discografía firmada con su propio nombre. Más recientemente, esa inquietud volvió a aparecer en trabajos con Franz Ferdinand y Gorillaz.
Sin embargo, uno de los capítulos decisivos después del final de The Smiths fue Electronic. Junto a Bernard Sumner, Marr se encontró inmerso en un momento de transformación de la música británica, en el que las fronteras entre el rock, la electrónica y la cultura de club comenzaban a volverse cada vez más permeables.
"Estábamos haciendo un nuevo tipo de música. Y no solamente Electronic: Happy Mondays estaba haciendo un nuevo tipo de música, S’Express estaba haciendo un nuevo tipo de música, también Massive Attack y 808 State. Electronic formaba parte de todo eso que estaba surgiendo en el Reino Unido a principios de los 90, con samplers, elementos de electro y todas esas cosas. Era realmente muy emocionante porque yo todavía tenía 24 o 25 años. Seguía siendo muy joven".
La escala que alcanzó el proyecto terminó de confirmar que aquella experimentación podía convivir con el éxito. “Getting Away With It” entró en los rankings y Electronic llegó a presentarse frente a decenas de miles de personas. Marr resume uno de esos recuerdos con su habitual economía de palabras: "Dodger Stadium, 70.000 personas. Estuvo bastante bien".
Décadas más tarde, parte de aquella curiosidad terminó convertida en referencia para músicos que crecieron escuchándolo. Marr recibe ese reconocimiento con cierta incredulidad, sobre todo porque su manera de tocar la guitarra nunca surgió de la búsqueda consciente de un estilo que pudiera distinguirlo.
"Solo puedo sentirme realmente privilegiado y no lo doy por sentado. Me halaga muchísimo y me siento muy, muy honrado. Pero no tengo ni idea de cómo terminó sucediendo. La manera en la que aprendí a tocar y a componer fue un poco por accidente, equivocándome y dejando que las cosas surgieran naturalmente. Nunca pensé: 'Una buena manera de tocar la guitarra sería hacerlo de esta forma'. Simplemente fui aprendiendo sobre la marcha".
Desde libros hasta ropa: un estado de curiosidad permanente
Antes de desarrollar una voz propia, hubo discos sobre los que tocaba durante la adolescencia y amigos de los que aprendía pequeños recursos. Esa forma de absorber estímulos nunca quedó limitada a la música. La biblioteca personal de Marr permite pasar de los ensayos de Joan Didion a William Burroughs, H. G. Wells, H. P. Lovecraft y Aldous Huxley; de Cioran y Schopenhauer al pop art de Jasper Johns, David Hockney, Robert Rauschenberg, Ed Ruscha y Pauline Boty. También aparecen Tracey Emin, Merce Cunningham, Man Ray y Marcel Duchamp.
"Intento aprender todo lo que puedo sobre ese tipo de artistas. Supongo que todos estaban bastante conectados con la cultura pop. Y la cultura es algo hermoso que no deberíamos dar por sentado. Muchas veces vivimos como peces dentro de una pecera: caminamos por la calle, nos subimos al colectivo o entramos al subte y vemos arte gráfico, algunas cosas increíbles, pero la gente no les presta atención. O escuchamos determinada música utilizada en una película y tampoco le prestamos atención. Yo siempre fui consciente de esas cosas desde que era chico".
Esa atención también se extiende a territorios aparentemente alejados de una discografía: "Por ejemplo, hay una compañía del Reino Unido con la que estoy trabajando actualmente que se llama Maharishi. Hacen ropa increíble, realmente muy cool, y existen desde principios de los 90. Y después está toda la cultura callejera clásica, la cultura japonesa de la indumentaria, todo eso. También la cultura rave, la ropa rave. Es genial. Me encanta todo".
Quizás esa curiosidad permanente explique mejor que cualquier etiqueta la amplitud de la trayectoria de Marr. Conecta etapas, proyectos e intereses que podrían parecer distantes entre sí. The Smiths ocupa inevitablemente un lugar central en esa historia, pero nunca consiguió clausurarla. The Age of Everything se suma ahora a un recorrido que permanece abierto, mientras Marr continúa entendiendo la cultura como algo vivo: un territorio que merece ser observado antes de que aquello que nos rodea se vuelva paisaje.
Johnny Marr se presentará el jueves 26 de noviembre en C Art Media (Av. Corrientes 6271, CABA), las entradas se encuentran agotadas. The Age of Everything está disponible en plataformas (Spotify, Tidal, Apple Music).





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