En Yo también les tengo miedo, en vez de repetir el caos vertiginoso de su pasado, K4 decide pegar un volantazo: baja el volumen de la furia para exponer algo más blando, más riesgoso, casi vulnerable. Después del tríptico de EPs K1-K2-K3 y del estallido punk que lo puso en el radar, el artista muta otra vez y entra en un registro que mezcla melancolía, pop torcido y una oscuridad menos explosiva pero más profunda. El resultado es un disco que late distinto: introspectivo, ansioso, lleno de frases que parecen escritas en noches donde nadie duerme. Es K4 sin máscara, pero no por eso más dócil. Solo más humano.
Después de años construyendo personajes, distorsiones y criaturas electrónicas, la pregunta empezó a perseguirlo en silencio: ¿qué pasa cuando ya no queda nada detrás del disfraz? “En algún momento me voy a tener que mostrar como soy”, recuerda. Y ese pensamiento, que parecía simple, se convirtió en su mayor vértigo. Entre sesiones de terapia, dudas identitarias y la necesidad casi física de entender su propia voz, terminó aceptando que esa exposición era inevitable: “Para mí era el mayor desafío. Muchísimo más difícil que hacer lo que venía haciendo antes”.
De ese salto nace Yo también les tengo miedo, un disco crudo, preciso, que se mueve entre lo íntimo y lo colectivo con una desnudez emocional que él mismo reconoce como inédita. “Siento que dio lugar a una obra recontra concisa, que transmite un montón de cosas y muchísimo más transparente”, dice, como si todavía se sorprendiera de la claridad con la que terminó sonando lo que alguna vez fue pura incertidumbre.
Entre la melancolía devastada de “Mabel”, el piano desarmado de “Piedra marplatense” y el empuje final de “Seguí no pares”, K4 convierte su miedo en materia prima: un pulso que atraviesa lo íntimo, lo político y lo generacional. Es su disco más extraño y más claro a la vez, una prueba de que incluso cuando se suaviza, sigue siendo un animal combativo buscando otra forma de morder. La emoción aparece una y otra vez cuando habla de estas canciones. “Piedra marplatense” es el ejemplo más evidente: piano, voz y una fragilidad que jamás había mostrado. “Lloré un montón escuchándolo, y haciéndolo también. Para mí era inimaginable que exista un tema así, siendo de donde vengo”, confiesa. Es una escena que resume todo el gesto: un artista que antes se ocultaba detrás del ruido ahora permitiéndose quebrarse frente a un micrófono.
Pero la vulnerabilidad no le pertenece solo a esa canción. Hay destellos que lo atraviesan incluso cuando no los busca. “Lo que pasa en el final de ‘Plaza’ me flashea siempre. Cada vez que lo escucho me pega distinto. Me emociona un montón”, cuenta. También menciona el cierre de “Sigan llamando”, ese estallido que mezcla bronca, catarsis y un temblor interno que no se termina de explicar. “Te da esa mezcla entre ganas de romper algo y de llorar”, dice, casi riéndose de lo contradictorio.
K4 habla de este disco como alguien que aún está intentando descifrarlo. Lo escucha y se sorprende. Lo revisita y lo conmueve. No parece un autor mirando su obra terminada, sino alguien que sigue dentro del proceso, respirando con cada canción. Lo más llamativo de esta nueva etapa de K4 es que no proviene de un estallido visual ni de una criatura salida del laboratorio —como aquel alien que presentó en K3 (2021)— sino de algo mucho más simple y peligroso: mostrarse como es. Él mismo reconoce que, aunque resulte paradójico, transformarse en un monstruo le resultaba más cómodo que exponerse sin disfraces. “Era una zona de confort. Me daba más tranquilidad mostrarme así que hacer lo que estoy haciendo hoy”, admite. Lo vulnerable, para él, siempre fue el verdadero abismo.
La resignificación del título Yo también les tengo miedo nace justamente ahí, en ese contraste. K4 recuerda una anécdota que parece escrita para explicar su presente: “Una amiga fue a ese show donde yo estaba de alien y se tuvo que ir a su casa del miedo que le dio”. Ese episodio, que en otro momento habría funcionado como un triunfo estético, hoy se convirtió en un espejo. Porque si antes él provocaba miedo desde un personaje, ahora reconoce el suyo propio. “Yo también le tengo miedo a la gente… a reconocer mi sensibilidad y lo que me pasa”, dice. Y en esa frase se condensa la operación emocional del disco: un artista que deja de escudarse detrás de lo extraño para admitir que lo cotidiano también asusta.
El proceso que habilitó ese cambio no fue inmediato. La distancia entre el alien del laboratorio y el artista que se muestra en streams donde empezó a revelar quién era sin personajes de por medio, marcó un punto de inflexión. “Fue abrir una puerta: mostrarme a mí en mi casa, mostrarme como soy yo”. Ese corrimiento del artificio es lo que ahora define la identidad del álbum: un K4 que ya no vive únicamente en mundos inventados, sino que reconoce el vértigo real de habitar este. “La realidad que estamos viviendo es atroz y hostil”, dice, casi como una declaración política involuntaria. “Son un montón de cosas juntas que definen el título del disco”.

Hacer Yo también les tengo miedo llevó tiempo. Más de dos años, para ser precisos. Algunas canciones datan de 2020 o 2021, y el punto de partida fue casi un gesto curatorial: elegir entre maquetas viejas aquello que todavía tenía sentido emocional. “Si tengo que decir qué es lo más trascendental del disco, es cómo lo hicimos”, afirma. Y ahí aparece la bisagra que redefine su camino.
En sus primeros años K4 se encargaba absolutamente de todo: composición, grabación, mezcla, mastering, arte de tapa, distribución. El músico, el ingeniero, el diseñador y el manager convivían en una sola persona, encerrada frente a una computadora. “Llegó un punto en el que estaba asqueado del mouse y del teclado”, dice sin rodeos. Esa saturación no era solo técnica: era creativa. Necesitaba otra forma de existir dentro de la música, otra manera de volver a emocionarse con el proceso. “El mouse y el teclado son una gran limitación cuando hay tantas cosas… la búsqueda era encontrar esas cosas”.
Ahí nació la idea que terminaría reconfigurando todo: armar una banda. Un trío de rock como punto de partida, como reactivo químico para un artista que necesitaba salir de la máquina y recuperar el tacto. La decisión no solo cambió el sonido del disco, sino también su identidad. Porque Yo también les tengo miedo no es un álbum producido en soledad: es un trabajo colectivo, una sala compartida, una conversación. Una forma nueva de ser K4.
K4 armó su disco como quien proyecta una pequeña revolución: “Hice un PowerPoint donde describo exactamente cómo quiero que sea todo el proceso del disco”, cuenta. Ese archivo dejó de ser una simple carpeta de ideas para convertirse en la estrategia que presentó a la banda y al sello: objetivos, metodología y pasos concretos para reconectar con la música. “Necesitaba salir de la computadora y encontrar cómo volver a conectar con los temas, de qué forma era la mejor para potenciarlos”, dice, y la decisión guía cada escena del disco.
El plan era nítido. Primera etapa: “Armar una pseudo banda e interpretar los temas”. Los objetivos resumían la ambición emocional y técnica: crear un espacio para la experimentación, potenciar y revivir maquetas, descubrir arreglos y nuevas identidades para las canciones, y recuperar el entusiasmo por hacer música. Para materializarlo, programaron jornadas largas en salas —“la idea era tener la mayor cantidad de tiempo posible, sin importar si sonaba bien o mal”— y funcionar con pistas como base, tocando encima hasta que cada tema encontrara su forma. “Poníamos las pistas y empezábamos a tocar arriba. Cada uno iba viendo crecer cosas… y cuando llegábamos a la mejor versión que creíamos de cada uno de los temas, teníamos un Zoom y grabábamos. 1,2,3… va”, recuerda.
Lo que vino después fue el famoso “Momento PC”: curar y consolidar las ideas surgidas en la sala para pasar a la preproducción y, finalmente, a la grabación en estudio profesional. En esa segunda fase se sumaron colaboradores clave y se confirmó la naturaleza colectiva del proyecto. Dillom aterrizó como productor al cien por ciento; La Piba Berreta aportó sintetizadores al mejor estilo Lxs Rusxs Hijxs de Putx; Fraxu tomó parte en guitarras y sintetizadores; y Alfonsina Ustarroz entró como segunda guitarra, aunque su aporte terminó siendo central.
El equipo lo completaron músicos que ya existían en su universo sonoro: Momo Zamana en el bajo —Momo venía de Las Olas, banda de rock psicodélico instrumental que K4 describe como “una de las cosas más increíbles que escuché”— y Pablo Potenzoni en batería, cuya llegada tiene una escena casi cinematográfica. K4 cuenta que, años atrás, había armado una batería con elementos caseros (bombo legüero, chapas, un balde) y subió historias tocando hits con esa percusión improvisada. Uno de esos videos intentó reproducir “Adelita” de Todos Tus Muertos; al investigar quién había grabado la batería original, encontró a Pablo, lo etiquetó y se armó la conexión. “Es imposible tocar esto”, exclama, y repite la admiración por el músico que regresó de Europa tras años fuera de escena. Esa cadena de encuentros resume la lógica del álbum: concatenar obsesiones personales con afectos y talento colectivo.
El proceso fue deliberadamente experimental y horizontal. “Entre todos íbamos opinando y probando distintas cosas”, dice K4. Esa libertad produjo resultados tan sorpresivos como decisivos. En suma, lo que empezó como un archivo PPT y unas maquetas terminó en un laboratorio de prácticas antiguas: tocar en una sala, escuchar, corregir, volver a tocar y permitir que la obra mutara con aportes verdaderos. “Para mí fue un sueño. Fue el protagonista de lo que fue todo el disco”, repite.
La palabra experimentación se queda demasiado corta para explicar la cantidad de mutaciones que atravesó K4 en su carrera. Pero lo cierto es que esta vez el salto fue distinto: no solo cambió las formas, también se dejó cambiar a sí mismo. “Siento que fue experimentar muchísimo más de todo lo que había hecho antes”, dice, casi como si recién ahora entendiera el verdadero peso de esa palabra. Y cuando vuelve sobre “Piedra marplatense” —su señal más visible de esa transformación— lo resume así: “Para mí fue la mayor experimentación y el mayor desafío”. No solo porque el tema terminó siendo algo completamente ajeno a su imaginario previo, sino por el modo en que se construyó: abriendo la puerta a otras mentes que convergieron en el sonido descorazonado del piano y su voz.
Esa apertura, admite, no existía antes. Había una autodefensa creativa, un purismo heredado que lo llevaba a terminar una canción en un día y no volver a tocarla nunca más. Este álbum lo obligó a desarmar ese mecanismo. “Aprendí que existe la posibilidad de mejorar y potenciar cambiando lo que era el origen de las canciones y que eso no es algo malo”, dice. Amasar, dejar reposar, volver con otros oídos: un proceso casi opuesto a su método anterior. Y, sin embargo, uno que ahora siente propio: “A partir de hoy lo voy a poder aplicar yo mismo”.
Lo curioso es que, a pesar de toda esa búsqueda colectiva, las referencias explícitas fueron pocas. Los temas ya estaban compuestos; lo que aparecía eran intuiciones, desvíos, puertas entreabiertas. Virus sobrevolando “3090”. Voces raras que nacían de los productores y que él tuvo que aprender a escuchar sin miedo. “A mí me costaba bastante, pero ellos venían con las refes más directas”, admite. Y después estaban esas conexiones secretas que surgieron recién al final, cuando todo estaba terminado: descubrir que el estribillo de “Plaza”—esas risas que se deshacen en delay—tenían un eco inesperado en un tema punk que encontró por casualidad. O la coincidencia insólita con “Danza ondulante” de Delirios Krónicos, una banda peruana que terminó entrando en su vida vía su propio padre. “Fue muy loco… lo que me genera ese tema es lo que me genera ‘3090’”.
Lo que queda claro es que este disco fue una desprogramación. Un volver a empezar sin borrar lo anterior, pero animándose a hacer algo que él mismo creía imposible. Y ahí está lo verdaderamente filoso: K4 no solo cambió su manera de hacer música, cambió su manera de escucharse a sí mismo.
Yo también les tengo miedo formó parte de los 50 mejores discos de 2025 según Indie Hoy y está disponible en plataformas (YouTube, Spotify, Tidal).









