Hay una penumbra muy específica que solo Nacho Vegas sabe proyectar. No es la oscuridad total del nihilismo, sino esa luz de bombilla desnuda en una cocina a las tres de la mañana, donde las cuentas no cierran y las botellas ya no tienen qué ofrecer. A sus 51 años, el asturiano sigue siendo el cronista oficial de nuestras derrotas más íntimas, transformando el desamor y la precariedad en himnos de una belleza casi insoportable.

Desde que dejó atrás el ruido de Manta Ray para acercarse a la tradición de Leonard Cohen y Nick Cave, su obra se volvió una exploración constante de la herida. Pero a no equivocarse: el Nacho de 2026 no es el mismo que se hundía en los abismos de Actos inexplicables (2001). Hay una madurez política y colectiva que ahora tiñe sus versos, recordándonos que lo que nos duele en el pecho a menudo tiene su origen en el mundo que nos rodea. 

Su estilo literario se mantiene intacto: esa capacidad para mezclar lo sórdido con lo tierno en una misma estrofa. En sus canciones, un desahucio suena a tragedia griega y un abandono amoroso tiene la solemnidad de un funeral de Estado. Es esa mezcla de tradición asturiana, folk anglosajón y realismo sucio lo que lo mantiene como una figura de culto, capaz de llenar teatros con gente que busca, en el fondo, que alguien les diga que está bien estar roto.

En Vidas semipreciosas, su nuevo trabajo, esa lógica se vuelve todavía más visible. El disco propone una idea tan simple como potente: reivindicar lo imperfecto. Sus canciones encuentran belleza en lo irregular, en lo mestizo, en lo que existe sin pedir validación. Y desde ahí, Vegas vuelve a hacer lo que mejor sabe: mirar el mundo sin anestesia y transformarlo en relato.

Vidas semipreciosas

¿Cómo nace la idea de Vidas semipreciosas y qué te llevó a ese título?
Fue un disco que fue surgiendo a medida que lo íbamos haciendo. Hay una canción que se llama "Piedras semipreciosas", una de las primeras que compuse y también de las primeras que grabamos. Y en ese momento, hablando con la banda, me di cuenta de que esa categorización que existe en la joyería —piedras preciosas y semipreciosas— es un poco extraña. El prefijo “semi” no se utiliza con adjetivos que impliquen una valoración subjetiva. No decimos que alguien es “semisimpático” o que algo es “semibonito”.

Sin embargo, por alguna razón, eso sí ocurre en la joyería. Las piedras preciosas son apenas cuatro: el diamante, el zafiro, la esmeralda y el rubí. Son piedras especialmente duras, puras, escasas y carísimas. Vendrían a ser una élite. En cambio, las piedras semipreciosas son muchísimas más, más de trescientas. Son más blandas, más tiernas, más mestizas. Te podés encontrar un cuarzo con una beta de malaquita, cruzado por obsidiana o aventurina. Y además tienen nombres maravillosos.  Entonces empecé a pensar en eso como una analogía con nuestras vidas y con cómo funciona el mundo. Me interesaba reivindicar la “semipreciosura”: la imperfección de esas piedras, que también es la imperfección de nuestras vidas.

También la idea de lo interdependientes que somos como seres humanos, de cuánto nos necesitamos. Por eso necesitamos tejer redes de solidaridad, de apoyo, redes afectivas. Por eso necesitamos comunicar cosas, compartir emociones y sentimientos —por ejemplo, a través de la música—, porque es una forma de empoderarnos colectivamente. Y también de hacerlo frente a esas élites que concentran el poder, que nos gobiernan y que muchas veces hacen del mundo un lugar más hostil y más feo de lo que podría ser. Entonces, de alguna manera, creo que tenemos que intentar tender hacia esa semipreciosura.

Nacho Vegas - Mi pequeña bestia

¿Qué viste en “Mi pequeña bestia” para elegirla como una de las cartas de presentación del álbum?
Habían salido dos adelantos antes, pero esa canción terminó siendo un poco el focus track. La verdad es que eso lo decido solo hasta cierto punto, porque lo hablo también con mis compañeras en la oficina de la banda. Yo a veces elijo muy mal mis propios singles: en ocasiones se me cruzan los cables y quiero dejar fuera de los discos canciones que después terminan siendo especialmente importantes. Así que esta vez me dejé aconsejar por mi equipo. 

Y es una canción un poco diferente dentro de lo que suele ser mi repertorio, un poco más luminosa. Lo cierto es que, cuando la compuse, a mí me remitía a algo mucho más íntimo, a la chanson, a nombres como Georges Moustaki, que es un artista que me encanta. Me parecía que la melodía iba hacia ese tipo de canción. Pero también tenía muy claro el arreglo de cuerdas con el que se abre. Y entonces, hablando con los compañeros de la banda, apareció la idea de llevarla a un sitio un poco distinto: algo más italiano, más de festival de San Remo. Y de ahí surgió una canción un poco más luminosa, pero con una letra que tiene sus claroscuros. Yo creo que sí, que es una de las piedras semipreciosas importantes del disco.

Nacho Vegas. Foto: Gentileza de prensa

El disco incluye interludios que amplían el relato. ¿Podés contarnos un poco más sobre esas voces que aparecen dentro del recorrido del disco?
Cuando estaba componiendo las canciones de este disco, durante los últimos dos o tres años, hubo algo que fue muy importante en la ciudad en la que vivo, Xixón, en Asturias: el caso de Les 6 de la Suiza. Eran seis compañeras sindicalistas que, por defender a una trabajadora que había denunciado acoso laboral e iniciar una serie de movilizaciones, terminaron envueltas en un proceso judicial tremendo.

Hubo toda una serie de maniobras por parte de un juez fascista que tenemos en Asturias, que es una desgracia para la ciudad, y se armó un montaje judicial que acabó llevando a la cárcel a las cinco compañeras sindicalistas y a la trabajadora. Se les dio la vuelta al caso, se las acusó a ellas de coacciones, y al final estamos hablando de un caso clarísimo de represión del Estado a través de un montaje judicial.

A mí me tocó muy de cerca, porque fue algo muy presente en la ciudad. Hubo muchas movilizaciones. Se formó un grupo que se llamó Sofitu —que significa “apoyo” en asturiano— del que yo formé parte, ayudando en lo que pude. También hubo un colectivo que se llamó Arte por las 6, que organizó distintas manifestaciones creativas en apoyo a Les 6 de la Suiza. Hubo conciertos en los que participé. Entonces era algo que, de forma natural, terminó colándose en el disco. Tenía que estar ahí.

Tenían que estar sus voces. Tenía que haber una canción que hablara de ese caso. Pero también me di cuenta de que no era un caso único dentro del Estado español. Al mismo tiempo estaban, por ejemplo, Los 6 de Zaragoza: seis chavales que, por manifestarse pacíficamente frente a la extrema derecha —frente al partido que acá funciona como referencia de esa extrema derecha— acabaron también siendo víctimas de otro montaje, en este caso policial. Hubo el testimonio de un policía, se armó una causa y finalmente los acusados terminaron siendo ellos. Cuatro fueron a la cárcel; dos, por ser menores, se libraron. Algunos ya salieron, otros todavía siguen cumpliendo condena. Y otra vez hablamos de un caso clarísimo de represión por parte del Estado español.

También pensé en otros casos, como el de Adur, un chaval que fue utilizado como chivo expiatorio. No quiero contar todo el caso porque sería larguísimo, pero básicamente, por una pelea en la que ni siquiera estaba implicado, acabó pagando con años de cárcel. Y también en Anna Gabriel, que para mí es una referente política dentro de la izquierda internacionalista, y que se vio obligada al exilio por una acusación de rebelión. Son todas expresiones de lo mismo: momentos en los que el Estado saca su cara más siniestra y represiva.

Entonces me di cuenta de que esos interludios podían funcionar como pequeñas piedrecitas en el camino, pequeños hitos que fueran desembocando en la canción dedicada a Les 6 de la Suiza, y que ese fuera uno de los recorridos que transita el disco. Un recorrido que luego se cruza con otros más íntimos, más emocionales; aunque, en realidad, esto también tiene una dimensión emocional. De hecho, una de las voces de las compañeras de la Suiza, en la canción "Seis pardales", dice una frase que me encanta: “el amor no es un adorno, es una herramienta de lucha”. Y me parece que esa frase también resume muy bien una de las premisas del disco.

Seis pardales

¿Recordás cuándo empezaste a pensar la música como un espacio también político?
Creo que viene de bastante atrás. Recuerdo que, con 13 años, me hice muy fan de The Housemartins, un grupo de Inglaterra que sacó solo dos discos, pero que tenía un pop maravilloso, muy influenciado por el pop vocal de los 60 y por Motown. Y, al mismo tiempo, en sus letras —y también en su sentido del humor— había una carga muy fuerte de marxismo, de denuncia política, de conciencia de clase. Eso fue importante para mí, porque me hizo darme cuenta de que esas dos cosas podían convivir: el pop más luminoso, el humor, y al mismo tiempo canciones con un contenido político muy claro.

Después hubo otros grupos británicos de la época con un carácter muy marcado, anti Margaret Thatcher, anti monarquía… En aquel momento éramos muy anglófilos, la verdad. Pero también mirábamos a Estados Unidos, a toda la escena de Washington, con Fugazi a la cabeza, que tenían esa actitud tan rebelde y una forma de hacer música completamente autogestionada. Todo eso me hizo ver que se podían mezclar emociones y sentimientos con compromiso político. Y creo que eso también venía de antes, de la educación que recibí en casa y de lo que fuimos viviendo en nuestro país.

¿Cómo dialoga Vidas semipreciosas con el momento en el que fue escrito a diferencia de otros discos?
Cada disco es diferente. Suena a tópico, pero es verdad: los discos pertenecen a un tiempo y a un lugar, al momento en el que nacen las canciones. A mí siempre me cuesta valorar un disco en el presente. Necesito que pase el tiempo para poder mirarlo con cierta perspectiva crítica. Pero ahora mismo sí veo una diferencia clara con el anterior, Mundos inmóviles derrumbándose. Ese era un disco muy atravesado por la pandemia. Aunque no era algo que yo quisiera poner en primer plano, se terminó colando inevitablemente. Y no solo por lo sanitario o por la cantidad de muertes, sino por el impacto emocional que tuvo todo eso. Creo que todos recibimos un golpe fuerte, en mayor o menor medida, y durante un tiempo ni siquiera sabíamos bien qué nos había pasado. Eso hizo que fuera un disco muy confesional, muy recogido, muy hacia adentro. Porque mirar hacia afuera en ese momento era, inevitablemente, hablar de la pandemia, y yo no quería hacer un disco sobre eso.

En cambio, cuando empecé a escribir Vidas semipreciosas, estábamos en otro escenario. Y tenía ganas de hacer un disco más abierto, de abrir las ventanas, de dejar entrar otros estímulos. Lo que pasa es que ese “afuera” tampoco es un lugar tranquilo. Es un mundo que tiene una parte muy espeluznante. Estamos viviendo un auge del fascismo en toda Europa, y también en otros lugares, como en Argentina con Javier Milei.

En el disco hay una canción, "Los asombros", que habla justamente de eso: de la importancia de preservar la capacidad de asombro. De que las cosas nos sigan afectando, nos sigan doliendo, pero también nos sigan acariciando. Es una forma de constatar que seguimos vivos. Creo que es importante no anestesiarnos. Asombrarnos ante lo que pasa en nuestras vidas y en el mundo. Pero ese asombro implica dos cosas: maravillarse ante lo bello y, al mismo tiempo, estremecerse ante lo horrible. Y ahí creo que la música también puede funcionar como altavoz. Puede acompañar ciertas luchas colectivas que intentan hacer de este mundo un lugar más habitable, y también enfrentarse a discursos de odio: discursos excluyentes, LGTBfóbicos, xenófobos, racistas, que forman parte de este avance del fascismo que, por desgracia, intenta normalizarse. Creo que todo eso es lo que, de alguna manera, atravesó la composición de este disco.

Nacho Vegas - Los asombros

¿Cómo nace una letra en tu caso: desde una chispa inicial o desde un trabajo más paciente?
La escritura automática no me funciona. Sí que suele haber una chispa inicial, algo que puede ser el germen de una canción: un verso, una estrofa, una idea que te abre la puerta. Pero después hay mucho trabajo de corrección. Llega un momento en el que sentís que la canción ya no da más, y eso es algo un poco mágico, difícil de explicar. A veces escribís canciones con estructuras que podrían seguir indefinidamente, como los romances, sin un estribillo claro, y pensás: esto podría tener 25 estrofas y durar 18 minutos… pero no puede ser. Y es la propia canción la que te va diciendo cómo tiene que sintetizarse. El lenguaje de la canción es más elíptico que el de la narrativa, entonces uno va jugando con eso, con lo que permiten el ritmo y la armonía.

Yo soy más de dejar que la letra guíe. Hay compañeros que priorizan la melodía y hacen que la letra se adapte a ella, pero para mí letra y música son indisociables: cobran vida juntas cuando se interpretan. Aun así, en mi caso, suele ser la letra la que va marcando el camino y la que le da forma a la canción. Es lo que más tiempo me lleva.

Leo mucho, sí, y hay influencias claras de eso. Pero también te das cuenta de que la poesía aparece en lugares insospechados. En frases que escuchás en la barra de un bar, haciendo la compra, en cualquier lado. Hace poco acompañé a una amiga a un taller de escritura que daba ella, y contaba algo muy bonito: una poeta gallega recordaba cómo su abuela —una mujer que no sabía leer ni escribir— le daba una receta y le decía: “tenés que pochar la cebolla hasta que pierda el orgullo”. Para ella, ese era el punto exacto de cocción. Y esa frase está llena de poesía. De alguien que probablemente nunca leyó poesía. Entonces hay que estar atento. Esto lo decía Mary Oliver, que es una influencia en el disco. En un poema que se llama "Instrucciones para vivir la vida", dice tres cosas: prestar atención, asombrarse y contarlo. Si prestás atención, en cualquier esquina podés encontrar algo de poesía, algo luminoso, algo maravilloso. Y también algo espeluznante. Pero cosas que, al menos, te confirmen que estás vivo… y que pueden ser el germen de una canción.

Nacho Vegas se presentará el viernes 1 de mayo a las 21 h en Teatro Vorterix (Av. Federico Lacroze 3455, CABA). Entradas disponibles a través de AllAccess, 2x1 con Comunidad Indie Hoy. Escuchá Vidas semipreciosas en plataformas (Spotify, Tidal).

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