Hay grupos que parecen seguir el pulso de su tiempo, y otros que logran reconfigurarlo. Primal Scream pertenece a esa segunda especie. Cada uno de sus discos encierra una búsqueda distinta, pero todos comparten la misma energía: un impulso de transformación que convierte la historia del rock británico en un territorio abierto, mutable, cargado de deseo.

¿Pero cómo describir a Primal Scream? Un animal mutante, mitad guitarra, mitad sintetizador. Una banda que cada tanto parece explotar y volver a nacer en otro cuerpo. En ellos hay góspel, ruido blanco, funk, rave, psicodelia y poesía de guerrilla. Todo al servicio de una energía que nunca se apaga: la de un grupo que aprendió a hacer política con ritmo y espiritualidad con distorsión. Escucharlos es como mirar un mural que se mueve, que cambia de forma a medida que la música avanza.

Tras Sonic Flower Groove (1987) y su álbum homónimo de 1989, el grupo de Bobby Gillespie redefinió el horizonte del rock con Screamadelica (1991). Allí, las guitarras se funden con beats electrónicos, el góspel se vuelve lisérgico y la psicodelia encuentra un cuerpo que baila. La música nace de una comunión entre lo espiritual y lo físico, entre la noche y la redención. Screamadelica suena como un ritual: un disco que transforma la pista de baile en un templo donde el alma vibra a 120 bpm.

Primal Scream - Loaded (Official Video)

En esa alquimia se condensa una idea que sigue viva décadas después: la posibilidad de un rock expandido y permeable. La banda encuentra en el groove una forma de comunión política y emocional, una resistencia contra el cinismo. Más de treinta años después, Screamadelica sigue siendo una piedra angular del rock británico. Cuando se le pregunta por su legado, Bobby no duda: “Escucho a artistas enormes como Lorde o Kevin Parker, de Tame Impala, hablar del disco. Me alegra que la gente joven todavía lo valore. Es lindo ver que sigue vivo, que aún conecta con nuevas generaciones”.

En conversación con Indie Hoy, Bobby Gillespie suena tranquilo. A pocos días de volver a la Argentina con Primal Scream como uno de los headliners del Music Wins, reflexiona con el tono cálido de quien ya vivió varias vidas sobre un escenario. “Estamos muy felices por regresar. Todavía no sé cuánto tiempo vamos a tocar, en los festivales a veces te dan menos minutos. Pero vamos a incluir varias canciones del nuevo disco Come Ahead y algunas de las clásicas de la banda. Va a ser una buena selección”, anticipa.

Después del trip lisérgico de Screamadelica y el espíritu eléctrico de Give Out But Don’t Give Up (1994), la banda siguió empujando los límites del sonido. En Vanishing Point (1997) abrazaron la oscuridad y el caos con una impronta más experimental. Cuando llega XTRMNTR (2000), esa energía se vuelve pura arenga. La música se endurece, los beats golpean con rabia, las guitarras rugen como sirenas industriales. En su densidad, hay un grito colectivo, una furia que nace del desencanto. Pero esa furia también celebra: porque en su tempestad vibra una fe radical en la posibilidad del cambio.

Primal Scream, Screamadelica
Primal Scream interpretando Screamadelica en 2011 - Foto: Bobo Boom

Si Screamadelica capturó el costado luminoso del éxtasis y la libertad, XTRMNTR fue su reflejo político y feroz. “Ese disco lo hicimos hacia fines de los noventa”, recuerda Bobby. “Siempre fui una persona política, más cerca de la izquierda, desconfiado del poder, del gobierno y de las grandes corporaciones. Mi manera de pensar viene del sindicalismo, de la política de clase”. En ese tiempo, él y sus amigos estaban leyendo sobre la cultura de las drogas en el Reino Unido y sobre movimientos revolucionarios como el Partido Pantera Negra en Estados Unidos. “Estudiábamos cómo los guetos negros fueron destruidos desde adentro. Muchos líderes fueron asesinados, y luego inundaron esos barrios con drogas: la mafia y la CIA trabajando juntas. La idea era dividir a la comunidad, mantenerla adicta, fuera de combate. Porque si estás drogado, no vas a salir a protestar".

Gillespie vio un espejo en su propia escena. “Nosotros también estábamos cayendo en eso. Pensábamos que éramos rebeldes, pero en realidad estábamos neutralizados. Nos creíamos revolucionarios, pero estábamos paralizados. Conocí músicos y cineastas brillantes que se perdieron en la cocaína o el crack y nunca más crearon nada”. De esa observación nació XTRMNTR: una descarga de ruido, furia y lucidez ante una generación desangelada. “Las drogas estaban por todos lados, mientras que el país estaba deprimido, económica y espiritualmente. La industria se había derrumbado, no había futuro para los jóvenes. Entendía por qué muchos recurrían a las drogas como refugio o anestesia, pero también pensé que quizás las autoridades lo permitían porque una población drogada es más fácil de controlar”.

Cuando se le menciona la idea —tan común en la derecha argentina— de que el arte y la política deberían estar separados, Bobby responde sin dudar: “No creo que el arte pueda estar por encima de los derechos humanos. Decir que no deben mezclarse es una idea cómoda, y suele venir de gente que vive bien, que no necesita luchar”. Luego amplía: “Si mirás la historia del arte, la literatura o la pintura, siempre fueron actividades de las clases altas, porque sólo ellos tenían el tiempo y el dinero. Los trabajadores se levantaban a las seis para ir a la fábrica o a la obra. No tenían tiempo para escribir o pintar. Entonces, las reglas del arte las impusieron los ricos, y claro, no quieren creatividad crítica dentro del sistema, porque eso cuestiona sus privilegios. El arte verdaderamente político les incomoda. Por eso, cuando el arte se separa de la política, se convierte en parte del sistema que oprime”.

Pasaron los años y, con ellos, una seguidilla de discos que mostraron a Primal Scream en constante mutación. Después del estallido político y sonoro de XTRMNTR, la banda se internó en terrenos más densos y oscuros con Evil Heat (2002), antes de girar bruscamente hacia un rock más clásico y despojado en Riot City Blues (2006). Con Beautiful Future (2008), volvieron a jugar con el eclecticismo, entre la psicodelia y el pop moderno, y en More Light (2013) encontraron una nueva profundidad y un tono más introspectivo. 

Primal Scream en Buenos Aires en 2018 - Foto: Matías Casal

Cuando recuerda More Light, el músico se detiene y su tono se suaviza. “Lo grabamos entre 2010 y 2012. En ese momento yo vivía en Los Ángeles, trabajando también en cosas de cine. Andrew [Innes, guitarrista] y yo viajábamos para grabar allá, y también hicimos muchas sesiones en Londres. Fue un proceso inspirador, muy libre, muy divertido”. Años más tarde, Chaosmosis (2016) consolidó su faceta más luminosa y melódica, mientras que Utopian Ashes (2021), el disco que Gillespie grabó junto a Jehnny Beth, de Savages, reveló su costado más emocional y cinematográfico.

Hoy, con Come Ahead (2024), Primal Scream vuelve a transmitir la ambición de un grupo que nunca dejó de moverse, ni de buscar el fuego en medio del ruido. Gillespie explica que se trata de un disco donde el soul y el rock conviven con una naturalidad que parece inevitable en Primal Scream. “Tiene una gran banda detrás: guitarras, teclados, batería, un saxofonista, coristas de góspel. Es una mezcla entre rock and roll y soul, con groove, con movimiento… muy lleno de vida”. El álbum parece recuperar esa pulsión espiritual que siempre atravesó a la banda, una necesidad de que la música se sienta también en el cuerpo.

Primal Scream - Innocent Money (Official Video)

En el proceso volvió a trabajar con David Holmes, un viejo amigo y colaborador que ya había producido XTRMNTR y More Light. “David siempre nos empuja a explorar. Hace unos años me dijo: ‘Hagamos otro disco, tengo muchas ideas’. Y así fue. Volvimos a trabajar juntos y salió Come Ahead”. La conexión entre ambos parece más la de dos cómplices que la de un artista y su productor: un diálogo entre intuiciones que se sostiene desde hace décadas.

La última vez que la banda pasó por Buenos Aires fue hace más de siete años, una noche en Groove del 2018. Bobby no recuerda con exactitud el año, pero sí la energía del público. “Fue en un teatro muy lindo. El público argentino es increíble: muy apasionado, muy físico. Cantaban ‘Olé, olé, olé’ y fue genial”, dice entre risas imitando el agite levantando sus manos hacia el techo. En su voz se percibe algo de esa conexión que se da pocas veces, una mezcla entre comunión y vértigo que solo puede existir en el vivo.

A esta altura de su carrera, Bobby sigue componiendo con la misma urgencia de los inicios. “Tengo unas dieciocho canciones nuevas”, cuenta, casi con sorpresa. “No puedo evitarlo: la música sigue viniendo a mi cabeza. Es mi manera de mantenerme vivo, de expresarme. Vivo del arte, y eso es un privilegio. Antes, sólo los ricos podían hacerlo. Yo tengo la suerte de poder ganarme la vida creando, y eso me hace sentir muy afortunado”.

Primal Scream se presentará el domingo 2 de noviembre en el Festival Music Wins en Mandarine Park (Av. Costanera Norte y Sarmiento, CABA). Entradas disponibles a través de Venti, 25% de descuento para socios de la Comunidad Indie Hoy.

Compartir
Exit mobile version